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- Autor, Daniel Pardo
- Título del autor, Corresponsal de BBC Mundo en México
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En 1982, México adquirió con la mediación de Estados Unidos 12 aviones de combate supersónicos Northrop F-5, en medio de desfiles y celebraciones. Actualmente quedan nueve de esos cazas, y solo tres, según afirmó el general Román Carmona Landa el año pasado, están en condiciones operativas.
México está a punto de cumplir cinco décadas sin comprar un avión supersónico. Tres cazas para un país con 130 millones de habitantes. Esa proporción no se observa en otros países similares de América Latina: Brasil cuenta con 47; Chile, 46; Argentina, 24; y Colombia, 22.
Durante los últimos 50 años, México se ubicó entre los países de la región que menos invirtieron en Defensa y reclutaron menos militares, según datos oficiales. Tiene 2,7 efectivos —incluida la Guardia Nacional— por cada 1,000 habitantes, cifra inferior a la de Chile (5,8), Brasil (3,5) y Colombia (8,2). Es uno de los pocos ejércitos sin tanques de guerra pesados. Su puntuación en el Global Military Index, un centro de inteligencia militar, es la menor entre estos países.
Aunque en los últimos siete años el tamaño y las funciones del ejército mexicano han cambiado, en febrero, cuando una unidad especial abatió al narcotraficante conocido como «El Mencho», las Fuerzas de Seguridad no lograron controlar una oleada criminal que paralizó 20 estados mediante bloqueos, incendios y enfrentamientos armados.
El golpe más significativo del ejército en décadas evidenció también sus limitaciones para controlar todo el extenso territorio mexicano.
La presidenta Claudia Sheinbaum centró sus declaraciones en la fortaleza del ejército en vez de los retos: «México posee Fuerzas Armadas extraordinarias, integradas por hombres y mujeres bien preparados, altamente profesionales, con gran visión y patriotismo», dijo en ese momento.
Posteriormente añadió: «Son la garantía de que México decidirá su futuro con independencia».
Sin embargo, el destino de México no está plenamente en manos propias, no solo por la agenda del presidente estadounidense Donald Trump, calificada por muchos como neocolonialista, sino porque históricamente el vecino del norte ha influido en las decisiones estratégicas del gobierno mexicano.
En 1981, por ejemplo, antes de adquirir los F-5, México intentó comprar 24 cazas Kfir a Israel, pero Estados Unidos vetó la operación alegando que el motor era de origen estadounidense y que, según la administración de Jimmy Carter, eso «alteraría el equilibrio militar regional».
Si bien no es un ejército débil, el mexicano es al menos producto de un sistema político atípico, nacionalista y transaccional, que se desarrolló en función de la vecindad con la principal potencia militar mundial.

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Atados al pasado revolucionario
«México no cuenta con enemigos en su entorno inmediato», explica Raúl Benítez-Manaut, politólogo experto en Seguridad.
«Estados Unidos es demasiado grande y Guatemala demasiado pequeño; ninguno representa una amenaza externa real, por lo que nunca hubo incentivo para construir una capacidad letal convencional», afirma refiriéndose a los países vecinos.
Según él, el 90% del armamento militar mexicano proviene de Estados Unidos. Y Washington, asegura, siempre ha influido en qué armas debe o no tener su vecino del sur.
David Saucedo, consultor de seguridad, añade: «Históricamente, diferentes gobiernos prefirieron un ejército débil para evitar golpes de Estado como los de otros países latinoamericanos».
«Siempre existió, y aún existe, una política de respaldarlos por un lado y restringirlos por otro».
Sin embargo, esa letalidad limitada no ha impedido que el ejército tenga un rol clave en la vida social y política mexicna: es la institución con mayor aceptación en encuestas, pertenecer a la Marina es uno de los objetivos más valorados por padres y madres; y en las calles, diariamente se ven organilleros con uniformes militares que, con admiración, entonan cantos patrióticos.
En gran medida, este simbolismo proviene de la Revolución, el proceso bélico de 1910 a 1917 que luego, durante los años 20 y 30, sentó las bases del México moderno bajo ideales de nacionalismo, libertad y justicia social.
«El ejército conformado junto con el Estado moderno tras la Revolución no tuvo como principal objetivo la defensa, sino el control político y la consolidación del régimen que gobernó por 70 años», señala Erubiel Tirado, abogado e investigador en el tema.

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Desde entonces, con altibajos en su presencia, la población mexicana ha asumido algo poco común respecto a otros países: que los militares actúen, como la policía, en tareas de seguridad ciudadana.
En un siglo surgieron nuevas unidades, reformas; las mujeres ganaron mayor protagonismo y, aunque se han registrado violaciones a derechos humanos durante la persecución del comunismo y la guerra contra el narcotráfico, esos principios se incorporaron a la doctrina institucional.
Sin embargo, los manuales de 1930 siguen siendo estudiados porque se considera que los principios nacionales permanecen vigentes. Mucho del legado revolucionario persiste, así como la contradicción entre la limitada letalidad y el rol sociopolítico destacado.
Joel Trujillo, antropólogo que ha investigado a las Fuerzas Armadas mediante entrevistas a militares, propone una expresión paradójica para definir al ejército: «No es ni nuevo ni viejo, sino todo lo contrario. Es a la vez anacrónico y moderno, y ninguna de las dos cosas».
Luego detalla: «Existen al menos dos ejércitos: unos soldados poco profesionalizados, entrenados en 120 días, que afirman haber ‘quedado en el piedróico’; y otro grupo de oficiales de alto rango, graduados en las mejores academias, con experiencia internacional, que se capacitan continuamente, emplean manuales recientes e influyen en tendencias europeas».
En el ejército mexicano existe una desigualdad tan marcada como la que permea en la sociedad.
Las violaciones a derechos humanos, según la mayoría de especialistas, se atribuyen más al desgaste y presión sobre la tropa que a la malicia o corrupción, aunque esta última también está presente.
Los oficiales mexicanos suelen cubrirse la cara con pasamontañas durante patrullajes. Aunque puede parecer una actitud intimidatoria, según declaraciones oficiales en distintos casos, es una medida para proteger su identidad ante amenazas del narcotráfico, que podría localizarlos y perseguirlos individualmente.
Por ello, surge la pregunta: ¿está este ejército mexicano —ni antiguo ni moderno, ni fuerte ni débil— capacitado para enfrentar una nueva guerra contra el narcotráfico?

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El narcotráfico, la guerra contemporánea
En 2006, el presidente Felipe Calderón, junto con Estados Unidos, implementó la estrategia más agresiva contra el narcotráfico. Se desplegaron fuerzas en Michoacán, uno de los estados más afectados. Se incrementó el presupuesto en Defensa. Se adquirieron aviones Hércules, helicópteros Cougar, equipos de espionaje y vehículos blindados, aunque no cazas supersónicos ni tanques.
La seguridad ciudadana se militarizó aún más, y como resultado hubo un aumento del 200% en homicidios, una crisis de derechos humanos, la aparición de grupos paramilitares, así como corrupción y fragmentación de los cárteles, lo que impulsó conflictos internos.
«Los militares asumieron el riesgo y también las muertes, mientras la clase política, donde siempre estuvo el problema, evitó cualquier reforma o investigación», señala Benítez-Manaut.
Andrés Manuel López Obrador (AMLO) asumió el poder en 2018 con un enfoque diferente: mientras se abordaban las causas de la violencia, como la pobreza o la exclusión, planteó negociar con los cárteles para contener la violencia, bajo la premisa pragmática de que su existencia es irreversible. Esta política fue conocida como «abrazos, no balazos».
El resultado fue similar al anterior: los homicidios continuaron aumentando y los carteles se expandieron, diversificaron y fortalecieron.
Con AMLO, los militares comenzaron a gestionar grandes obras de infraestructura estatal, como aeropuertos, carreteras y puertos, aprovechando su disciplina y capacidad organizativa.
En 2024, el gasto militar creció un 39%, aunque la mayoría de esos fondos, según Saucedo, «no se destinó a armamento ni reclutamiento, sino a infraestructura».
Ese mismo año asumió Claudia Sheinbaum, aliada de AMLO, y en enero de 2025 llegó Donald Trump con la intención clara de presionar a México en diversos ámbitos: migración, drogas, seguridad y comercio.
Sheinbaum, aunque mantiene el principio obradorista de «atender las causas de la violencia», modificó la estrategia: designó al expolicía Omar García Harfuch como responsable de Seguridad, fortaleció a la Guardia Nacional —una policía militar controvertida creada por AMLO— y centró su apuesta en la inteligencia, que con la ayuda de EE.UU. facilitó la captura de «El Mencho».
Se prevé que entre 2026 y 2027 aumente, por primera vez en siete años, el presupuesto destinado a equipamiento militar.

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La posibilidad de ganarle al narco
No obstante, los expertos consultados mantienen posturas escépticas.
Erubiel Tirado, por ejemplo, señala que para reducir la violencia es necesario reformar también a los militares: «En los 90, con la transición hacia una democracia multipartidista, hubo reformas en muchos ámbitos, pero no en el militar; antes estaban al servicio de la agenda presidencial, pero ahora responden a poderes políticos locales».
Añade que «no rinden cuentas a nadie, mantienen privilegios históricos y nunca profesionalizaron sus secciones policiales o de investigación».
«Llevamos 25 años viéndolos como la solución al crimen organizado, cuando en realidad son parte del problema», concluye Tirado.
Benítez-Manaut, por su lado, opina: «Más que falta de fuerza, el ejército carece de inteligencia civil, judicial y financiera para rastrear redes de corrupción, lavado y economía informal».
«Sheinbaum ha avanzado en ese aspecto, pero todavía no toca la estructura fundamental, la narcopolítica, y sin romper esa alianza la guerra contra las drogas está condenada al fracaso».
México no tiene un ejército diseñado para la guerra porque no enfrenta amenazas bélicas. Pero la guerra contra el narcotráfico regresó, y alguien tendrá que librarla.

