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- Autor, Elizabeth Anne Brown
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Desde las hormigas bala hasta las avispas guerreras y las pequeñas medusas, muchos son los candidatos al título de la picadura más dolorosa. Para determinar cuál es la más intensa, algunos expertos aventureros han dedicado gran parte de sus vidas a experimentar estas heridas en carne propia.
¿Resulta preferible recibir un puñetazo de Mike Tyson o que te apliquen un martillo neumático en la zona lumbar? Esa es la sensación aproximada de dos de las picaduras más intensas del planeta. En cuanto a cuál es la peor, todo depende del criterio individual.
Los animales que pican —ya sean insectos que revolotean en el jardín o extrañas criaturas marinas— liberan una mezcla química defensiva que incluye neurotoxinas y compuestos inflamatorios, usados para protegerse o capturar a sus presas.
Mientras que los animales que muerden (como arañas y serpientes) inoculan veneno a través de sus colmillos, en el caso de los que pican, es el extremo opuesto de su cuerpo el que debe evitarse.
Hemos consultado con especialistas para conocer las picaduras más dolorosas en el reino animal, dejando de lado el factor de mortalidad. Esta es su clasificación.
Insectos punzantes: avispas, hormigas y abejas (¡ay, ay, ay!)
El pionero en la práctica de «permitirse ser picado intencionalmente» fue Justin Schmidt, un entomólogo de Arizona que creó una escala de dolor por picadura que lleva su nombre. Se expuso a las picaduras de al menos 96 especies, entre abejas, avispas, avispones y hormigas.
Schmidt clasificó estas picaduras en cuatro categorías según el nivel de dolor, acompañándolas con descripciones muy expresivas y casi poéticas sobre las sensaciones particulares de cada una (afortunadamente, Schmidt era un científico con inclinaciones literarias).
En el primer nivel se agrupan las molestias menores. Por ejemplo, la picadura de una abeja anthophorini se describe como «casi placentera, similar a que un amante te mordiera con suavidad el lóbulo de la oreja».
El nivel 2 incluye a algunos ejemplares contundentes, como la avispa melífera: «Picante y ardiente. Es como si un hisopo impregnado de salsa habanero se te introdujera en la nariz». También está la agresiva avispa negra Polybia, que compara con «un ritual fallido y satánico; la lámpara de gas de una iglesia antigua que explota en tu rostro al encenderla».
Las siete especies señaladas en el nivel 3 supusieron para Schmidt una tortura real, como la hormiga de terciopelo de Klug, descrita así: «Una explosión persistente, gritarás como un loco. Es como si aceite caliente de freidora te cayera sobre toda la mano».
Solo tres especies alcanzaron el nivel 4 en la escala de Schmidt.
El primero en este nivel fue la hormiga bala, un artrópodo de unos 2,5 cm proveniente de las selvas de Centro y Sudamérica, apodada la «hormiga de las 24 horas» debido a la duración del dolor. Su picadura provoca «dolor puro, intenso y brillante. Como caminar sobre brasas con un clavo de tres pulgadas incrustado en el talón».
Después aparece la avispa caza tarántulas, una avispa de unos 77 milímetros cuyo rango geográfico es casi global. Schmidt la describió como «cegadora, feroz y sorprendentemente eléctrica. Es como si un secador de pelo encendido se cayera en tu baño de burbujas», señalando que esta sensación dura solo unos minutos.
Finalmente, la avispa guerrera (Synoeca septentrionalis), especie colonial originaria de Centro y Sudamérica: «Es tortura. Es como estar encadenado dentro del flujo de un volcán activo. ¿Por qué inicié esta lista?».

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Schmidt falleció en 2023 debido a complicaciones del Parkinson. Quien parece destinado a heredar su legado es Coyote Peterson, una figura de YouTube que se ha expuesto a las picaduras de especies que Schmidt nunca llegó a evaluar.
La carencia de formación científica formal de Peterson se compensa con su voluntad de sacrificar su antebrazo izquierdo para educar y entretener a millones de seguidores que lo ven retorcerse, sudar y gritar en su canal, Brave Wilderness.
Peterson ha utilizado la escala de dolor de Schmidt como referencia para «crear la versión cinematográfica» del libro de Schmidt publicado en 2016, Sting of the Wild, según sus propias palabras.
«Respetemos la escala del 1 al 4, pero vamos a explorar qué otros nivel 4 pueden existir», propone.
Tras recorrer el mundo para sentir las picaduras de 30 especies, Peterson añade dos más a la categoría nivel 4: el avispón gigante japonés, conocido mediáticamente desde 2020 como el «avispón asesino», y la avispa verdugo (executioner wasp).
«El avispón gigante japonés fue, sin duda, el impacto más fuerte, semejante a recibir un puñetazo directo de Mike Tyson», relata Peterson. «Quedé paralizado. Fue instantáneo y explosivo». Esta especie originaria de Asia tuvo una breve pero notable presencia en el noroeste del Pacífico estadounidense entre 2019 y 2024.
Sin embargo, la avispa verdugo (Polistes carnifex) es para Peterson la campeona indiscutible. «El dolor persistió quizá durante unas 12 horas», afirma, si bien fueron las consecuencias posteriores del veneno las que realmente lo afectaron —de forma literal—.
«Su veneno contenía propiedades necróticas que dejaron un agujero similar a una cicatriz de viruela, un hoyo en mi antebrazo. Es la única picadura que literalmente consumió tejido, y aún conservo una marca, similar a una quemadura de cigarrillo».
Los científicos todavía no han desvelado la composición exacta del veneno de la avispa verdugo, aunque algunos de sus parientes emplean enzimas que dañan tejidos al estimular la respuesta inmune.
Medusas: más punzantes que gelatinosas
No obstante, los insectos no son los únicos maestros en el arte del aguijonazo.
Las medusas poseen pequeñas células en forma de arpón llamadas nematocistos, capaces de inyectar venenos sumamente dolorosos.
Un leve contacto con la medusa Irukandji —que pueden medir solo como un dedal, pero cuyas largas extremidades alcanzan hasta un metro— puede desencadenar un síndrome que recuerda a la tortura medieval.
La picadura en sí misma suele pasar desapercibida. La mayoría de afectados ni siquiera se percata de ella, explica Lisa-ann Gershwin, especialista en medusas que durante su doctorado en la Universidad James Cook, Queensland, Australia, clasificó y nombró a 14 de las 16 especies de Irukandji.
De hecho, la aparición tardía de síntomas impidió durante décadas que los médicos identificaran la causa del sufrimiento de bañistas en verano.
El misterio se resolvió cuando Jack Barnes, médico local, pasó cuatro años investigando y finalmente cerró el caso en 1961 al picarse voluntariamente a sí mismo, a su hijo de diez años y a un socorrista.

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Gershwin ha realizado entrevistas a más de 50 personas diagnosticadas con el síndrome de Irukandji y ha revisado al menos cien informes históricos relacionados.
Aunque pocas picaduras derivan en este síndrome extremadamente doloroso, y la experiencia puede variar mucho, explica Gershwin, un caso típico sigue el siguiente patrón:
Pasados unos 20 minutos, el primer signo es sensación de agotamiento o indisposición general, seguida rápidamente por un dolor que se asemeja a un martillo neumático golpeando la zona renal, dolor que puede mantenerse hasta por 12 horas. Luego, se suceden síntomas como sudoración abundante, que empapa las sábanas repetidamente, y vómitos constantes durante hasta 24 horas.
Y eso es «solo el comienzo» antes del estallido completo del síndrome de Irukandji, aclara Gershwin.
La experta señala que las víctimas enfrentan «oleadas continuas de un dolor insoportable», con calambres y espasmos que avanzan por el cuerpo y que «van redefiniendo el dolor» a medida que se intensifican.
Además, las medusas Irukandji introducen una dimensión adicional de sufrimiento: el dolor psicológico. Su característica distintiva es una abrumadora sensación de fatalidad, una convicción absoluta de muerte inminente, independientemente de la gravedad del resto de síntomas, enfatiza Gershwin.
«Algunos pacientes suplican a sus médicos que les pongan fin a la vida porque están convencidos de que van a morir y desean acabar con el sufrimiento», relata.
Gershwin admite que el conocimiento actual sobre la composición toxica del veneno y su mecanismo para inducir el síndrome es incompleto, aunque existen indicios.
El veneno contiene toxinas denominadas porinas, que perforan las membranas celulares, causando la muerte celular y un desorden bioquímico debido a la liberación súbita y masiva de moléculas reguladoras de funciones corporales.
Los investigadores que examinan el síndrome de Irukandji sospechan que este veneno también afecta a los canales de sodio en las neuronas, provocando una liberación excesiva de adrenalina, noradrenalina y dopamina; un proceso que probablemente contribuye tanto a los síntomas mentales como a los cardiovasculares.
A pesar de esta intensa experiencia de fatalidad, la mayoría de pacientes se recupera completamente. El tratamiento se basa principalmente en analgésicos potentes, como la morfina, para aliviar las dolorosas oleadas.

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Existen otros candidatos en la categoría de animales marinos punzantes, empezando por la cubomedusa australiana, reconocida como la medusa más letal del mundo.
Sus tentáculos pueden alcanzar hasta 3 metros y dejan largas marcas en la piel. Gershwin asegura: «Deja en la piel marcas que parecen latigazos, como si alguien te hubiera azotado con un cat-o’-nine-tails, un látigo medieval utilizado para tortura». «El dolor se compara con aceite hirviendo».
El gusano de fuego, un gusano marino que parece un ciempiés, se defiende con pelos urticantes: pequeñas espinas que se desprenden y quedan incrustadas en la piel de quien lo toque (algunos buceadores lo llaman «gusano de fibra de vidrio»).
Los expertos creen que tanto la estructura de esas espinas como el veneno que transportan contribuyen al dolor intenso y ardiente, que puede llegar a durar horas.
El pez piedra se camufla en rocas, arrecifes y pozas intermareales poco profundas. Bañistas inadvertidos a menudo pisan sus afiladas espinas dorsales, que inyectan un potente veneno de color azul hielo.
El dolor ardiente puede durar hasta 48 horas y se acompaña de una inflamación severa. Según la Universidad de Florida, el entumecimiento y el hormigueo pueden persistir varias semanas.
¿Cuál es realmente «el peor»?
Para definir un campeón absoluto en el terreno de las picaduras —comprendiendo tierra, aire y mar— sería necesario que alguien osado aceptase cruzar categorías y experimentase tanto la picadura más intensa de insecto como la más fuerte de una criatura marina. Peterson aclara que no será él quien lo haga.
Opina que las medusas son demasiado peligrosas, con un riesgo real de muerte, y señala que algunas especies son «extremadamente poco aconsejables de enfrentar».
Gershwin y Peterson coinciden en que sería imprudente exponerse intencionadamente a la picadura de una medusa Irukandji, pues algunas especies pueden causar reacciones potencialmente mortales como hemorragias cerebrales y fallos cardiovasculares.
Entonces, ¿cuándo se podrá identificar cuál es la picadura más dolorosa?
Probablemente solo se averigüe si un sobreviviente del síndrome de Irukandji acepta realizar una gira mundial del dolor para experimentar las picaduras de nivel 4 de Schmidt.
Suena a documental ideal para BBC Earth.
Este artículo fue publicado en BBC Future. Puede leerse el original en inglés aquí.

