Ana Ibáñez, neurocientífica: entrenamiento cerebral en octogenarios logra modificaciones neuroplásticas observables

Ingeniera química y piloto de helicóptero, ha dedicado más de 15 años a explorar la neurociencia aplicada a la vida cotidiana y ha creado su propio sistema de entrenamiento cerebral

Foto: La neurocientífica Ana Ibáñez posa para El Confidencial. (S. B.) EC EXCLUSIVO

Ana Ibáñez, destacada neurocientífica, es una de las referentes españolas más importantes en el campo del alto rendimiento y la salud mental. Como ingeniera química y piloto de helicóptero, ha dedicado más de 15 años a investigar la neurociencia aplicada a la vida diaria.

La especialista ha creado un método único para entrenar el cerebro dirigido no solo a futbolistas de la FIFA, equipos profesionales de alto rendimiento y ejecutivos del Ibex 35, sino también a niños y adultos, con el propósito de optimizar su vida y potenciar su cerebro en los centros MindStudio ubicados en Madrid, Barcelona y Valencia.

Ibáñez vuelve a las librerías con Neurociencia para la vida real (Planeta, 2026), un texto en el que pretende dar un avance adicional en la enseñanza de hábitos neuronales que evidencian la gran capacidad cerebral para modificar rutinas aprendidas que impactan nuestro bienestar. Su meta es lograr un mayor conocimiento de uno mismo para disminuir estrés, ansiedad, drama y pensamientos negativos, mejorar la concentración e incluso promover un mejor descanso. En las páginas del libro invita a hallar la calma necesaria para desactivar costumbres poco saludables y reprogramarlas.

'Neurociencia para la vida real' de Ana Ibáñez.

Para materializarlo, la neurocientífica presenta con gran empatía los diez pasos que completan la salud cerebral y destaca cómo esta está íntimamente conectada con la salud física. Es una obra que ayuda a enfrentar las exigencias de la vida, y cada capítulo incluye ejercicios muy sencillos de aplicar, sin importar la edad o la situación personal.

PREGUNTA. Has creado un entrenamiento cerebral que has utilizado con jugadores de la FIFA y ejecutivos del Ibex 35. ¿En qué consiste exactamente?

RESPUESTA. Se trata de un gimnasio para el cerebro. Mediante sensores y un electroencefalograma, se registra la actividad cerebral en tiempo real y se ejercitan diferentes áreas según las necesidades individuales: desde mejorar el sueño o alcanzar mayor calma hasta potenciar el rendimiento bajo presión. Puede aplicarse de manera general o con metas específicas de alto rendimiento, y está diseñado para niños y adultos.

P. Si el cerebro puede ser entrenado, ¿qué errores cometen quienes no lo ejercitan?

R. Esto surge por desconocer cómo opera nuestro cerebro. Aunque sea uno de los órganos esenciales, no sabemos gestionarlo ni comprenderlo bien. Esa es justamente una de las cosas que se pueden modificar, y de hecho ya está cambiando mucho. Por eso dedico gran parte de mi trabajo a divulgar neurociencia; porque no solo mediante ejercicios en un gimnasio cerebral se mejora, sino que conociendo mejor nuestro funcionamiento podemos establecer pautas que eviten caer en malos caminos.

Muchas veces, en áreas como el estrés, el estado de ánimo o la concentración, solo con unas cuantas pautas se logra romper un automatismo cerebral. Y si se abandona ese ciclo, se crean otras rutas neuronales que conducen a nuevos resultados.

P. Entonces, ¿podemos reprogramar el cerebro para ser más felices o reducir la ansiedad?

R. Lo fascinante, y algo que observo cada día desde la neurociencia, es que efectivamente se puede reprogramar el cerebro. Esto a veces sorprende: “¿En serio puedo modificar aspectos de mi personalidad, mi forma de vivir o de sentir?”. Muchas veces confundimos hábitos automatizados con la personalidad misma, ya que repetimos constantemente ciertos patrones y los asumimos como propios. En español, por suerte, existen los dos verbos “ser” y “estar”, y yo suelo referirme a estados cerebrales. Tú estás manifestando cierta forma, tu programación cerebral opera de una manera que produce ese resultado. Pero si modificamos la actividad cerebral, mejoramos la mezcla de frecuencias que tiene tu cerebro, disminuimos el estrés y aumentamos calma, concentración y calidad de sueño, entonces entras en otro estado. Ahí experimentarás pensamientos, reacciones y sentimientos distintos. Sigues siendo tú, pero cambia tu funcionamiento interno: se ha reprogramado.

Romper estas «autopistas» neurales automáticas para construir otras mejores y más eficientes es justamente el efecto del entrenamiento, y este proceso es continuo. Es curioso, pero incluso con personas de edad avanzada, como octogenarios, se observan cambios positivos. La neuroplasticidad, la capacidad cerebral de transformación, es tan poderosa que acompaña al ser humano toda la vida.

P. Respecto a esta capacidad para modificar la personalidad, ¿podrías dar un ejemplo concreto? Por ejemplo, alguien que dice: “Yo soy así, muy sincero, no puedo cambiar”. ¿Cómo trabajas con esa persona?

R. Primero realizamos una evaluación para conocer el estado actual y los objetivos del individuo. Luego definimos qué áreas necesita ejercitar y diseñamos su menú cerebral. Por ejemplo, si alguien vive bajo mucha presión o control, trabajamos los circuitos cerebrales involucrados para que perciba su entorno con menor amenaza y funcione de forma más tranquila y eficiente.

Cuando el cerebro se optimiza, la persona empieza a responder de otra manera: establece límites, prioriza mejor y deja de actuar desde el estrés. En definitiva, se trata de elegir qué incluir en ese menú mental y entrenarlo.

P. ¿Y cuál es el menú que eliges para ti?

R. Siempre privilegio la flexibilidad cerebral, ya que lo ideal es tener un cerebro capaz de adaptarse y realizar diversas funciones según la necesidad. Personalmente, trabajo mucho el equilibrio entre ambos hemisferios: el creativo, para generar ideas, y el analítico, para organizarlas y ejecutarlas. No basta con tener ideas, también es necesario ordenarlas, comenzar y concluirlas. Para mí, el balance entre creatividad y ejecución es fundamental en mi labor.

Ana Ibáñez: 'El problema no es el estrés puntual, sino la ansiedad, que aparece cuando el cerebro se queda atrapado en ese estado de alarma'. (S. B.)

P. ¿Cómo se traduce esto en la práctica?

R. Se concreta de forma muy particular. Por ejemplo, si tengo una conferencia dentro de dos días y no he tenido tiempo para prepararla, puedo realizar una sesión para estimular la creatividad, ordenar ideas y utilizar ambos hemisferios simultáneamente para expresar claramente lo que quiero comunicar.

En mi caso, no se trata solo de rendir mejor, sino de hacerlo sin estrés. El entrenamiento cerebral me ayuda a ser muy eficiente cuando es necesario, pero también a desconectar después. Esa es la clave: poder entregar mucho en el momento adecuado y luego descansar. El equilibrio entre esfuerzo y recuperación es esencial.

P. Considerando que ansiedad y estrés son males comunes hoy en día, ¿cómo entrenar el cerebro para evitarlo?

R. Existen dos vías. Una, directa: entrenar el cerebro para que deje de mantener frecuencias asociadas al estrés y aprenda a bajar el nivel de alerta. La otra está relacionada con el día a día, incorporando hábitos que contribuyan a calmar el sistema. Porque cierto grado de estrés es necesario: activa y facilita el desarrollo. El problema no es el estrés puntual, sino la ansiedad, que surge cuando el cerebro permanece atrapado en un estado constante de alarma.

Para reducir ese nivel, una de las formas más efectivas implica el cuerpo físico: moverse, hacer ejercicio, exponerse al sol, respirar adecuadamente, mirar al horizonte o realizar pausas breves durante el día. Son acciones simples que permiten al cerebro salir del estado de tensión permanente.

A menudo, al final del día nos damos cuenta: “No me he dado un momento para descansar”. Para evitarlo, yo uso una práctica personal que llamo “los 20 minutos de placer culpable al día”. Me aíslo durante 20 minutos, por ejemplo para leer.

P. ¿Ese “placer culpable” puede ser dedicar tiempo a hacer scroll en el móvil?

R. Si decides usar el móvil para relajarte, siempre estableciendo un límite temporal, “este tiempo lo dedico a desestresarme”, entonces es un placer culpable válido, siempre y cuando se limite el tiempo. Porque, finalmente, se trata de gestionar la energía: dejar algo que causa estrés y recuperarla en otra actividad.

El placer culpable es beneficioso si se establece un límite. El problema ocurre cuando se prolonga demasiado: la energía se drena y, al terminar, la sensación es de vacío o fatiga. Por eso, reservar 20 minutos para ese propósito es sano, pero dejarse absorber por el móvil durante mucho tiempo no lo es, pues desperdicia energía.

P. Pero dado que las redes sociales nos tienen atrapados, ¿cómo podemos recuperar la atención y evitar sentirnos tan dispersos?

R. Esa es la gran cuestión: cómo recuperar la capacidad de atención o sobrevivir a la constante llamada digital. No existe una solución mágica, pero sí una clave: la atención es limitada. Me gusta compararla con una linterna: aquello en lo que concentras la atención es lo que iluminamos, y por tanto, lo que existe para nosotros. Todo lo demás queda en penumbra. Por eso es crucial decidir qué queremos que esté presente en nuestra vida y dirigir hacia ello nuestra atención.

El problema es que entrenamos al cerebro para que salte continuamente entre estímulos, y luego exigimos concentración durante horas, para lo cual no está preparado. La solución está en reeducarlo: obligarse a sostener la atención en actividades, preferiblemente de interés, y dedicarlas tiempo sin interrupciones. Esto genera nuevas “autopistas” neuronales y recupera la capacidad de concentración.

P. Hablando de falta de atención, ¿qué opinas sobre el incremento de diagnósticos de TDAH? ¿Crees que hay más casos o un sobrediagnóstico?

R. Se confunden conceptos, porque parece que hay más casos, pero no es necesariamente que existan más personas con TDAH, sino que entrenamos de forma sostenida nuestra atención para que salte constantemente. Hay más personas con dificultades para concentrarse, y esto se debe a que no ejercitan la atención en su día a día, no a una incapacidad real.

En términos reales, «déficit de atención» indica escasez de atención, aunque en estos casos sucede lo contrario: esas mentes son muy sensibles, creativas y receptivas a mucha información. El problema no es déficit, sino un exceso de atención. La atención es como una linterna que ilumina el mundo, y ellos iluminan demasiados estímulos a la vez. Entonces, al centrarse en una situación concreta, están procesando mucha más información sensorial y se sienten abrumados, lo que dificulta la concentración.

Por ello, el término «déficit» no es del todo acertado. Se debe comprender estos cerebros, que reciben gran cantidad de información pero carecen de capacidad para gestionarla, lo que genera ansiedad y dificulta mantener la atención. Es vital ayudarles a que esa linterna se relaje y focalice menos estímulos.

P. En este mundo tan disperso, ¿cómo podemos descubrir nuestros talentos en medio de tanta distracción?

R. Muchas veces no reconocemos nuestros talentos porque son naturales y automáticos, aunque están presentes. Para identificarlos, propongo tres niveles de escucha: escucharse a uno mismo para detectar dónde se siente bien, recordar el pasado para identificar habilidades destacadas y preguntar a terceros qué destacarían de nosotros. Estas tres vías suelen revelar talentos olvidados o descuidados. Reconocerlos es importante porque conectar con el talento propio aporta seguridad, motivación y bienestar.

Ibáñez: 'Mucho de lo que nuestro cerebro necesita para estar bien es bajar revoluciones'. (S. B.)

P. Leyendo el libro y con lo que comentas, parece que nos falta tiempo para detenernos y reflexionar sobre nuestro entorno. ¿Consideras que necesitamos un espacio personal?

R. Gran parte de lo que el cerebro requiere para funcionar bien es desacelerar, disponer de tiempo para pensar, para la introspección y para mirarse a uno mismo desde la distancia, para sentirse bien no solo mentalmente sino también físicamente. Por eso, cuando mencioné antes el estrés, señalé que la mejor forma de mitigarlo es desde el plano físico, entrando en diferentes ritmos corporales.

Lo físico es la vía rápida hacia lo mental y cerebral. Por eso aconsejo buscar, y hacer agradable la búsqueda, esos espacios que uno ya conoce y que le son familiares. Curiosamente, lo que nos ayuda ya lo hemos experimentado y añoramos porque sabemos los beneficios que nos aporta.

Al final, la mejor receta es la que te ha funcionado antes. Tal vez para ti es sentarte un momento al sol y llamar a un amigo, y ese instante es una fuente de calma y felicidad. Si ese es tu caso, hazlo.

Para otros, puede ser bailar, pues al hacerlo se desconectan y encuentran serenidad. Para otros puede ser reflexionar, detenerse y sumergirse en un momento casi meditativo, o directamente meditar. Para cada persona es algo distinto, pero lo esencial es identificar aquello que ya conoces y que te calma, y no olvidarlo en la rutina diaria.

P. Dices que existen varias formas de calmar el cerebro. Si alguien quisiera comenzar mañana, ¿cuál sería el primer paso?

R. Si tuviera que escoger, mencionaría dos prácticas. La primera, trabajar con la vista: cerrar los ojos, mirar a lo lejos o moverlos lateralmente ayuda a incrementar las ondas cerebrales asociadas a la calma. La segunda, la respiración: exhalar más prolongadamente que la inhalación siempre induce relajación cerebral.

Más allá de eso, el equilibrio reside en saber cuándo calmarse y cuándo activarse. Un buen estado mental incluye no solo calma, sino también la habilidad para acelerar o frenar según la situación.

Para activarse, el cuerpo es fundamental: moverse, escuchar música, exponerse al sol, cuidar la alimentación y rodearse de personas con buena energía. Todo esto influye directamente en el funcionamiento cerebral.

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