Detalles sobre el conflicto bélico más antiguo registrado en el territorio que actualmente ocupa Irán

Mapa de: Ptolomeo, Claudio, Cosmographia, Ulm, Johann Reger, 1486. ​​Impreso del mismo libro que la edición de Ulm de 1482, con varias ilustraciones dibujadas a mano, como la Torre de Babel, Moisés con las Tablas de la Alianza en el Monte Sinaí.

Fuente de la imagen, Biblioteca Nacional de Israel

    • Autor, Edison Veiga
    • Título del autor, BBC News Brasil
  • 1 hora
  • Tiempo de lectura: 14 min

Arcos, flechas, lanzas, espadas de bronce y una coordinación táctica, con maniobras calculadas y acciones organizadas. Los conflictos, que en muchas ocasiones terminan en muerte, han estado presentes desde los orígenes de la humanidad, según señalan los especialistas.

Sin embargo, fue el inicio de lo que hoy se denomina civilización lo que introdujo la noción de combate organizado, con esfuerzos colectivos para vencer al grupo oponente.

Las guerras surgieron junto con la civilización, y los primeros enfrentamientos tuvieron lugar en la cuna de esta: la región conocida como la Luna Creciente Fértil, una extensa área en Medio Oriente que incluye Mesopotamia y sus alrededores.

En esta zona, los humanos aprendieron a dominar las técnicas de la agricultura y la ganadería, dando inicio a un estilo de vida sedentario que facilitó la creación de ciudades.

La organización bajo una autoridad centralizada implicaba considerar tanto estructuras defensivas como la adquisición de recursos: necesariamente más tierras y, preferentemente, con mejor acceso al agua.

Según una investigación del historiador británico John Baines, existen evidencias de que los conflictos entre ciudades ocurrieron con frecuencia alrededor del 3000 a.C. en el territorio que hoy en día abarca Irak e Irán.

En su obra "Guerra, ¿para qué sirve?", el historiador y arqueólogo británico Ian Morris sitúa la formación de los primeros ejércitos mínimamente organizados en ese período y lugar.

No obstante, como señaló el historiador británico John Keegan en su libro "Historia de la guerra", "la historia de la guerra comienza con la escritura".

"Marcamos la ‘historia’ a partir del instante en que el ser humano empezó a escribir o, más justamente, dejó rastros de lo que reconocemos como escritura".

Fueron los sumerios quienes registraron batallas relacionadas con lo que se considera, bajo estos parámetros, la primera guerra documentada en la historia de la humanidad.

Sumeria fue una civilización establecida en el sur de Mesopotamia entre la Edad del Cobre y la Edad del Bronce, es decir, desde el 3300 hasta el 1200 a.C.

Durante aproximadamente 250 años, entre el 2600 y el 2350 a.C., dos ciudades-estado sumerias -Lagash y Umma- protagonizaron un conflicto bélico, del cual se conserva documentación escrita.

En total, se han hallado 18 inscripciones, todas en tablillas de arcilla elaboradas por los gobernantes de Lagash.

Grabado en piedra caliza mostrando soldados organizados y cargando armas

Fuente de la imagen, Getty Images

El conflicto entre Umma y Lagash fue una lucha ordenada y sistemática entre dos estados, con evidencias documentales.

De acuerdo con la historiadora Katia Pozzer, profesora en la Universidad Federal de Rio Grande do Sul y coordinadora del Laboratorio de Estudios del Antiguo Oriente, no es posible establecer una fecha precisa para la primera guerra.

Sin embargo, afirma que "existe amplia documentación que demuestra que la guerra era una realidad constante en el mundo mesopotámico".

"En la cosmovisión mesopotámica, conocer el arte de la guerra era uno de los rasgos distintivos del mundo civilizado".

Estructura militar

Morris propone que los primeros ejércitos disciplinados, que estaban "preparados para pelear y eliminar al enemigo bajo órdenes" o incluso "para asaltar muros elevados a pesar de aceite hirviendo, lanzas de piedras y flechas", aparecieron junto con el establecimiento de gobiernos centralizados.

Este fenómeno tuvo lugar alrededor del 3300 a.C. en Medio Oriente. Desde entonces, los conflictos se comenzaron a resolver a través de enfrentamientos a campo abierto, incursiones organizadas y asedios.

Lagash y Umma quedaban separadas por unos 30 kilómetros. La disputa tenía un motivo claro: el dominio de una zona fértil en su frontera llamada Guedena.

Cuando Umma tomó ese territorio, adquirió el control sobre el suministro de agua que abastecía a Lagash.

Se intentó resolver el conflicto vía diplomática con la mediación de un rey que gobernaba toda la región sureña de Mesopotamia. La decisión favoreció a Lagash, pero sin la aceptación del gobernante de Umma, lo que solo sirvió para justificar un conflicto bélico.

"Fue una disputa territorial que escaló hasta convertirse en guerra", sintetiza el periodista Reinaldo José Lopes, autor del libro "Homo Ferox: Los orígenes de la violencia humana y qué hacer para vencerla".

"Las causas parecían ser principalmente económicas y territoriales, especialmente la lucha por las tierras agrícolas fértiles y los sistemas de riego, esenciales para la producción agrícola en una región que dependía del acceso al agua", señala el geógrafo y politólogo brasileño Gunther Rudzit, profesor de la Escola Superior de Propaganda e Marketing.

"El desenlace inmediato fue la victoria de Lagash y la imposición de condiciones a Umma, incluyendo tributos y delimitación de fronteras".

Pese a ello, la paz no se consolidó. Con el tiempo, el conflicto abarcó a otros pueblos vecinos, involucrando tropas del reino de Hamazi –actual Irán– y del reino de Uruk, la potencia regional dominante en ese tiempo.

Relieve de piedra de Sargón I de pie ante un árbol de la vida, siglos XXIV-XXIII a. C. Sargón I fue el fundador de la dinastía semítica acadia.

Fuente de la imagen, Getty Images

El penúltimo episodio de esta serie de batallas se dio con las victorias de Lugalzagesi, rey de Umma, quien después conquistó toda Mesopotamia. Su dominio fue finalmente destruido por Sargón de Acadia, quien en el último enfrentamiento derrotó a Lugalzagesi y fundó un imperio regional, sometiendo a ciudades como Umma y Lagash bajo su control.

"Parece haber sido el primer gobernante en emprender una guerra de gran escala con el propósito de expandir su territorio mediante la fuerza militar. Cambió el modelo de ciudades-estado para construir un imperio que ejercía dominio político sobre un vasto territorio formado por múltiples ciudades-estado", detalla Pozzer.

Conocido como Sargón el Grande (c. 2360 a.C.-2279 a.C.), su poder fue tal que, según Morris, contaba con un ejército permanente de 5.400 hombres.

"Los súbditos proveían alimentos, lana y armamento para que sus soldados pudieran entrenar permanentemente", comenta el arqueólogo.

Los ingredientes para la guerra

Keegan sostiene que hasta el período de conflicto sistemático entre Lagash y Umma, las guerras no eran comunes, principalmente por la baja densidad poblacional mundial.

Aunque la población global aumentó de 5 a 10 millones en el 10.000 a.C. a cerca de 100 millones para el 3.000 a.C., pocas regiones tenían alta concentración de habitantes.

"Los cazadores-recolectores necesitaban entre 2,5 y 10 kilómetros cuadrados por persona para subsistir, mientras que los agricultores podían mantenerse con áreas mucho menores", explica.

"En este contexto, con territorios amplios y recursos limitados, la necesidad de confrontación parecía baja. La tierra resultaba prácticamente accesible para cualquiera que quisiera desplazarse y talar una parte", argumenta Keegan.

Asimismo, la producción agropecuaria probablemente era tan reducida que planificar saqueos resultaba poco útil, salvo que se realizara "inmediatamente tras la cosecha".

Además, las limitaciones en transporte, falta de animales de tiro, caminos y contenedores dificultaban la eficacia de estas acciones.

En este contexto, el investigador considera que la región de la Luna Creciente Fértil fue la que mejor reunió las condiciones propicias para la evolución de la guerra.

"Durante los milenios en que el hombre aprendió a cultivar y a habitar tierras de Medio Oriente y Europa, esa área fue la única que produjo excedentes significativos expuestos a ataques por las rutas que facilitaban desplazamientos rápidos", explica.

Esta área corresponde a la llanura aluvial de los ríos Tigris y Éufrates, conocida por los antiguos historiadores como Sumeria.

Río Tigris en el fondo y flores violeta en primer plano

Fuente de la imagen, Getty Images

Victor Missiato, historiador e investigador del Instituto Mackenzie, señala que la complejidad para lograr estabilidad radica en que "es una región con enorme necesidad de recursos hídricos y terrestres, además de albergar una gran variedad de culturas y etnias".

"De los sumerios tenemos la primera evidencia confiable sobre la naturaleza de la guerra en los albores de la historia escrita y podemos comenzar a identificar las características de la guerra ‘civilizada’", concluye Keegan.

Esta habilidad no surgió de manera repentina.

Morris comenta que los primeros agricultores de cebada y trigo en las montañas del suroeste asiático, alrededor del 9500 a.C., eran "combatientes poco organizados y con tecnología limitada".

"Los restos arqueológicos encontrados en sus tumbas y asentamientos indican que peleaban de manera semejante a las sociedades agrícolas más simples observadas por los antropólogos del siglo XX", sostiene.

"Sus armas más letales consistían en espadas de piedra tallada".

Según Morris, eran enfrentamientos sin tácticas definidas, en los que atacaban y retrocedían según su ánimo.

"Rara vez prolongaban sus campañas más allá de unos pocos días, ya que pronto se agotaban sus provisiones", explica.

Su conclusión es que no eran pueblos violentos por naturaleza. Sus formaciones de batalla eran desordenadas y, cuando se unían para enfrentar a un enemigo común, formaban líneas irregulares con pocas docenas de hombres mal ubicados.

Los enfrentamientos podían durar horas o detenerse por razones diversas: la llegada de la noche, la hora de la comida, una herida o incluso la lluvia.

Keegan recuerda que cuando los humanos que dieron origen a la cultura sumeria se establecieron en la llanura aluvial de Irak, "se atrevieron a dejar la franja de lluvias al pie de las montañas cercanas –actuales Siria, Turquía e Irán– para experimentar con la agricultura cerealera y la ganadería en tierras despobladas".

"Mesopotamia, la tierra entre ríos, ofrecía ventajas significativas a los colonos", explica.

Para el 3000 a.C., las sociedades de irrigación sumerias ya se organizaban en ciudades-estado con un fundamento teocrático.

Los reyes-sacerdotes poseían el control derivado de la propiedad: una riqueza agrícola facilitada por riego natural.

Las cosechas eran abundantes para su época: por cada semilla sembrada, se obtenían 200 granos, generando excedentes.

Era una geografía privilegiada por el suministro constante de agua. Los ríos estacionales aseguraban la agricultura, mientras que las montañas al este y norte servían como refugio para la población, con valles que alimentaban los grandes ríos.

"Los efectos políticos de esta geografía son sencillos de explicar: las ciudades sumerias comenzaron a disputar muy pronto límites territoriales, derechos sobre el agua y pastoreo, siempre vulnerables a las fluctuaciones de las inundaciones.

"Los reyes sumerios también vieron cómo su autoridad era cuestionada por inmigrantes procedentes de las montañas, quienes fundaron sus propias ciudades", resume Keegan.

Panel de madera con incrustaciones de mosaico de concha, piedra caliza roja y lapislázuli mostrando gente y animales cargando bienes.

Fuente de la imagen, Getty Images

Según señala, entre el 3100 y el 2300 a.C., la guerra fue adquiriendo un rol cada vez más central en la vida sumeria.

Los primeros textos revelan un cambio significativo motivado por este contexto bélico: los reyes pasaron de ser sacerdotes a convertirse en guerreros. Esto queda evidenciado en la gradual sustitución de sus títulos, con la pérdida del prefijo "en", que indicaba "sacerdote", y la incorporación de "lugal", que significa "gran hombre".

Pozzer señala que la idea del rey en ese contexto era encarnar la devoción a las deidades, garantizar el abastecimiento alimenticio y asumir el rol heroico del combate.

"La motivación para la guerra era la búsqueda de territorios con mayores recursos, es decir, tierras con ríos y suelos fértiles", asegura Pozzer.

Simultáneamente, la sociedad sumeria perfeccionó sus técnicas metalúrgicas, desarrollando armas mejores. Las batallas también se volvieron más organizadas.

¿Cómo eran las batallas?

Los historiadores reconstruyen esos combates basándose en hipótesis derivadas del desarrollo tecnológico disponible para esas culturas en su tiempo, además de hallazgos arqueológicos con inscripciones y relieves. La información es limitada.

Morris señala que este es el reto de estudiar civilizaciones antiguas que construyeron monumentos colosales, gestionaron complejas redes comerciales y lograron altos estándares de vida, pero que permanecían mayormente analfabetas. La escritura entonces era escasa, breve y ocasional.

"Los ejércitos estaban compuestos por tropas permanentes encargadas de misiones vitales, como mantener orden, vigilar fronteras y escoltar no solo al séquito real sino también a caravanas comerciales de larga distancia", comenta Pozzer.

Según André Leonardo Chevitarese, historiador y profesor en la Universidad Federal de Río de Janeiro, las guerras antiguas ya tenían organización táctica con filas de soldados alineados.

Además de los ataques directos, se realizaban asedios que cortaban el suministro de agua y bloqueaban la entrada de alimentos al territorio enemigo.

Existieron ciertos acuerdos de conveniencia: Pozzer comenta que en la antigüedad en Medio Oriente se evitaban los enfrentamientos bélicos en épocas específicas del año.

"Consideraban las condiciones climáticas", afirma.

"Durante la temporada de inundaciones, el desplazamiento de tropas resultaba muy difícil, por lo que evitaban guerras en ese período. La población debía dedicarse a la agricultura".

Además, "las guerras antiguas ya incluían muchos elementos vigentes hoy, como infantería y caballería", apunta Missiato. "Los ejércitos estaban organizados".

"Desde la Antigüedad han existido divisiones tácticas, como la alternancia entre lanceros con escudos, arqueros y el desarrollo de asedios para abrir brechas en murallas", remarca Lopes.

Rudzit destaca la existencia de un liderazgo militar definido. Reyes, jefes tribales o comandantes organizaban las fuerzas, diseñaban campañas y coordinaban batallas.

En sociedades más complejas, como Mesopotamia, existían indicios claros de jerarquía, disciplina y especialización.

La evolución tecnológica armamentística es otro aspecto relevante.

Detalle del Estandarte de Ur, que muestra un carro de guerra sumerio.

Fuente de la imagen, Getty Images

Las primeras herramientas líticas fabricadas por los antecesores humanos, incluso en la prehistoria, eran tan primitivas que, según Keegan, "no servían como armas para cazar, mucho menos para la guerra".

Fue apenas a inicios del Neolítico, hace unos 10.000 años, cuando ocurrió lo que Keegan llama "una revolución armamentística". Surgieron cuatro "armas nuevas y poderosas": el arco, la honda, la daga y la maza.

Sin embargo, su efectividad y letalidad aumentaron con el dominio de los metales. Progresivamente, los soldados dependían no solo de arcos, flechas y lanzas, sino también de espadas, dagas y escudos.

"Las guerras impulsaron avances significativos en la siderurgia", recuerda Missiato.

Keegan indica que las evidencias arqueológicas sumerias del tercer milenio a.C. muestran representaciones de soldados con capas y faldas "probablemente reforzadas con piezas metálicas", prototipos de armadura, "aunque poco efectivas".

Las excavaciones también han sacado a la luz restos de cascos metálicos que probablemente se usaban sobre gorros de cuero.

"Estos cascos están hechos de cobre, el primer metal no precioso trabajado por el hombre", apunta.

"Su utilidad militar es limitada porque puede perforarse fácilmente y pierde filo rápido si se usa como arma".

Sin embargo, era cuestión de tiempo dominar la técnica de aleación cobre-estaño para fabricar bronce resistente.

"A fines del tercer milenio, esta técnica se había popularizado, y en Mesopotamia, los metalúrgicos desarrollaron la mayoría de métodos aún usados hoy, incluyendo fundición, moldeado, ensamblaje y soldadura", relata Keegan.

El hacha, por ejemplo, pertenece a este período.

"Las espadas aparecen en la Edad del Bronce [3300-1200 a.C.] y ganan popularidad con el uso de metales", explica Lopes.

Para él, la "gran revolución militar" también se da en esta época con la incorporación del caballo al combate.

Inicialmente, no se usaban para montar, sino para arrastrar carros de guerra: plataformas con conductor y un arquero que disparaba al enemigo.

"Eran devastadores y equivalían a los tanques de aquella época", señala Lopes.

Además, "el terror era un arma eficaz de guerra. Decapitar soldados enemigos era una práctica común", subraya Pozzer. "Un componente de terror psicológico".

Antes de Lagash y Umma

Destrucción de las murallas de Jericó. El relato bíblico de la destrucción de Jericó se encuentra en el Libro de Josué, Antiguo Testamento, datado alrededor del siglo XIII a.C. Ilustración basada en el lienzo original de Robert Leinweber.

Fuente de la imagen, Getty Images

Más allá de los registros escritos, ¿qué se consideraría guerra? ¿Qué la diferenciaría en épocas antiguas de un conflicto puntual o de un desacuerdo menor, aunque violento, entre grupos humanos?

"Existe mucha arbitrariedad en cómo definimos la guerra", comenta Lopes.

"En sentido estricto, es un conflicto letal con víctimas entre dos grupos, pero arbitrariamente solo se considera guerra si involucra enfrentamientos entre estados o dentro de estructuras estatales".

Para Rudzit, el concepto requiere un liderazgo identificado, preparación para el combate, uso sistemático de la fuerza y objetivos que exceden un incidente aislado, como conquistar territorio, controlar rutas comerciales, imponer tributos o afirmar autoridad política.

Missiato señala que para definir un conflicto como guerra debe implicar aspectos territoriales y políticos: la conquista de espacio y la dominación del adversario.

No obstante, arqueólogos constatan la existencia de violencia en asentamientos humanos mucho antes del primer registro escrito de guerra. Una evidencia son las fortificaciones: las primeras ciudades amuralladas conocidas.

Un ejemplo es Jericó, en el valle del río Jordán, en los actuales territorios palestinos.

En torno al 8000 a.C., sus habitantes construyeron una torre –descrita como "intimidante" por Morris– y la muralla de ciudad más antigua descubierta en cualquier lugar del mundo.

No hay consenso entre investigadores sobre si esta estructura cumplía funciones militares.

Keegan no tiene dudas: "Tras las excavaciones en Jericó [década del 50], quedó claro que al menos la guerra –¿para qué servirían murallas, torres y fosos si no fuera para defenderse de un enemigo armado, organizado y decidido?– preocupaba al hombre mucho antes del surgimiento del primer imperio fuerte", subraya.

Para él, esta es la muestra más impresionante, pues consiste en una muralla continua de tres metros de espesor en la base, cuatro metros de altura y unos 650 metros de perímetro.

El hecho de que sea de piedra y no de arcilla indica un "programa de trabajo intenso y coordinado". Para él, es "una verdadera fortaleza, a prueba de casi todo excepto un asedio largo".

Scroll al inicio