Sánchez intensifica su confrontación con el PP desde Bruselas y el Congreso con tono de «empatía»

Pedro Sánchez, este miércoles en el Congreso de los Diputados.

Pedro Sánchez centró su intervención en el Congreso en cuestionar la gestión del PP respecto a la guerra de Irak y en trazar un paralelismo entre Feijóo y Aznar.

Sánchez señaló a Feijóo como cómplice de una supuesta alianza con Trump y Netanyahu, relacionándolo con las actuales políticas internacionales.

El presidente defendió el pacifismo y la empatía durante su discurso, a la vez que arremetía contra la oposición y se burlaba de Feijóo.

Fue objeto de críticas por su postura contradictoria: se declara pacifista internacionalmente, pero mantiene conflictos internos y alianzas militares.

Ha sido la primera ocasión desde que asumió la Presidencia. El adversario principal no fue Feijóo. Tampoco Abascal. Ni siquiera el fascismo en su concepción más amplia. Este miércoles 25 de marzo de 2026, tras casi ocho años en el Gobierno, Pedro Sánchez dirigió sus críticas hacia otro objetivo.

Con fuego ininterrumpido durante trece minutos, disparó contra todos los historiadores del país. Trece minutos, en el Congreso o en la radio, se sienten eternos. Y Sánchez los usó para hablar del pasado. De sucesos ocurridos en 2003.

Con una gran aptitud de historiador. Interviniendo en su campo.

Resultó interesante. Un servicio público. Ahora que una nueva generación de cronistas jóvenes se ha incorporado, los veintiañeros pudieron asistir en la tribuna a una sesión sobre hechos previos a su nacimiento.

Quizá por la noche vieron la serie “Anatomía de un instante” y por la mañana comprendieron los detalles de la guerra de Irak.

El argumento del presidente –que vinculó con la era contemporánea sólo tras un cuarto de hora– resulta algo mefistofélico: Aznar involucró a España en la guerra de Irak alegando la existencia de armas nucleares inexistentes, lo que desencadenó un cataclismo mundial con consecuencias graves.

Es indudable.

Pero viene la segunda parte: Feijóo, que sería la versión sin bigote de Aznar, es hoy el defensor de Trump y Netanyahu, figuras de peso global responsables de diseñar esos bombardeos, y cómplice de la operación conjunta EEUU-Israel, que ya está causando un cataclismo semejante.

Un colaborador deslizó una broma: «¡Joder, Tellado, que hoy no está, tal vez se habrá ido a bombardear Teherán!».

“La Historia se repite. No como farsa, sino como tragedia”, afirmó el presidente señalando al grupo del PP. La Historia sigue en marcha, aún minúscula. No hay evidencia de que Feijóo actuaría igual que Aznar, pero la verdad dogmática ya está fijada.

El patriarca Feijóo intentó enfocar el debate en términos nacionales. Lo nacionalizó con insistencia, casi como un comunista. Repitió un lema con la esperanza de que saliera en los telediarios –“decimos no a la guerra y le decimos no a usted”–, aunque concedió cierta oportunidad a Sánchez al no ser tajante contra Trump ni Israel.

Es complicado, aunque posible y necesario, defender un enfoque liberal sobre la guerra en Oriente Próximo: oponiéndose al régimen iraní, se puede argumentar que bombardear sin criterio no es la solución debido a sus efectos inmediatos a nivel global.

Ni el régimen en Irán ha cambiado; y la situación es objetivamente peor en la mayoría de países involucrados de forma colateral.

Este tema incomoda a Feijóo por razones diplomáticas. En esencia, comparte con Sánchez la opinión sobre esta guerra –podemos intuirlo– y lo insinúa en sus intervenciones, pero la falta de claridad y contundencia es el combustible que requiere Sánchez para dotarlo del bigote y el puro de Aznar.

¿Qué dirá el presidente durante la campaña? ¿Que Feijóo forma parte de un triunvirato junto a Trump y Netanyahu para acabar con la vida de numerosos inocentes?

Sánchez disfrutó esta mañana porque es un político destinado al conflicto, incluso fratricida. Convertió su gran día, la oportunidad para mostrarse como una especie de Mark Carney madrileño, en un símbolo de confrontación.

Comenzó el día con un conjunto de medidas, esencialmente lo que proponía el Partido Popular: recortes fiscales principalmente. Pero fue en vano. Sánchez usó casi todo su tiempo para defender el pacifismo combatiendo parlamentariamente.

Esa contradicción le fue señalada por Feijóo: “No evita el conflicto ni dentro de casa”. En guerra con jueces, empresarios, ciudadanos no electores, medios, pero autoproclamado defensor del pacifismo global.

Sólo alguien con la elasticidad de Sánchez puede desempeñar semejantes papeles.

Sánchez habló de “empatía”, mientras se burlaba de Feijóo por un error geográfico al situar Huelva mal en el mapa; al mismo tiempo le lanzaba preguntas triviales –sin permitir responder– para presentarlo como un ignorante.

“¡Es cuestión de empatía!”, repetiría poco después.

“En este mundo incierto y carente de empatía… es un orgullo ser español”, concluyó el presidente en una de sus intervenciones, obteniendo la ovación de su bancada y la de Sumar; los dos grupos más permisivos con el nacionalismo independentista. Aquellos que promovieron la eliminación de la sedición y la reducción del delito de malversación.

Miraban atónitos los de Esquerra Republicana, Junts, el PNV y toda la cofradía separatista. En otra muestra de su elasticidad, proclamó la defensa de la soberanía y el derecho… pese a que ni siquiera logra que sus socios respeten las instituciones ni condenen el golpe a la Constitución.

Sánchez transita por Bruselas como el principal garante del orden internacional y las instituciones, mientras no ha intentado que sus socios respeten las normas y rechacen la alteración constitucional.

Y todo ello sin romper los acuerdos armamentísticos con Israel y Estados Unidos.

Pedro Sánchez conoce que la guerra será prolongada. Sabe que afectará a los españoles. Y sabe que Feijóo no logra definir un discurso internacional. Ha percibido la oportunidad. Sabe que no habrá una segunda.

Por eso ha ordenado que su ejército de asesores, el aparato de propaganda estatal, financiado con fondos públicos, impulse la campaña ansiada por unos pocos: replicar el modelo de 2003 que resultó costoso para Aznar.

Sin importar que Feijóo sea un opositor y no un presidente; sin importar que España continúa incrementando su gasto militar y sigue siendo un aliado operativo de Estados Unidos e Israel; sin importar que Feijóo, a diferencia de Aznar, aunque callado, no apoya ni participa en la operación de Trump.

Pero no es cuestión de lo que es, sino de la apariencia. Y este mediodía, en su escaño lleno de documentos arrancados del Amazonas y redactados en Moncloa, Sánchez parecía satisfecho.

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