Cien años de Sánchez-Albornoz: corrupción afecta al PSOE, se extraña la integridad de la izquierda republicana

Nicolás Sánchez Albornoz, historiador y protagonista de la mítica fuga de Cuelgamuros.

Nicolás Sánchez-Albornoz, historiador y último superviviente de la fuga de Cuelgamuros, celebra su centenario rodeado de homenajes y recuerdos de su intensa vida.

Desde pequeño vivió la Guerra Civil, padeció exilio en diversos países y fue perseguido por su lucha contra el franquismo, incluso logrando escapar de un campo de trabajos forzados.

Critica la carencia de integridad en la izquierda actual y destaca que la corrupción ha afectado al PSOE, evocando la ética característica de la izquierda republicana.

Apoya el derribo del Valle de los Caídos y considera que resignificar el monumento resulta prácticamente inviable.

No dejamos de fijarnos en sus piernas. Son las últimas. Las últimas piernas que se escaparon, literalmente, del Valle de los Caídos.

Las cubren unos vaqueros. Las sostiene un bastón con una cabeza de perro plateada. Y encabezan a uno de los historiadores más renombrados de la segunda mitad del siglo XX.

Nicolás Sánchez-Albornoz (1926-inmortal) mira al infinito…

–¡Oigan! ¿Para qué me ponen mirando al infinito si lo que me interesa está justo delante? ¿Han venido para que mire por la ventana?

Se queja don Nicolás, con humor pero también con algo de malicia, a las fotógrafas. Esa frase resume su forma de vivir que asegura longevidad: evitar pensar en lo lejano o abstracto; permanecer firmemente presente en la vida, en lo tangible.

–¡Esperen un momento! Déjenme abrochar la americana.

Surge entonces el Sánchez-Albornoz historiador, riguroso y académico. Su rutina resulta algo complicada porque, con sus cien años, se le ha llenado la agenda de reconocimientos. Recientemente le otorgaron la Gran Cruz de Alfonso X el Sabio y la de Isabel la Católica.

Aunque suele presentarse como el protagonista de una fuga, como el personaje de una película –Los años bárbaros, de Fernando Colomo–, es igualmente un historiador de renombre internacional. Fue el primer director del Instituto Cervantes.

Nieto de un senador durante la monarquía alfonsina e hijo de otro historiador, Claudio, quien fue ministro de Exteriores de la República. Lo que está ocurriendo ahora, en este piso junto al Retiro, parece un acto de magia negra.

¡Verdadera brujería! Cuando don Nicolás nacía… nuestros abuelos ni siquiera habían nacido. ¡Fue testigo del juramento de presidencia de Azaña en el Congreso! ¡Despertó el 20 de julio de 1936 con disparos en su habitación!

Tres cárceles y tres exilios. Su experiencia está recogida en el libro Cárceles y exilios (Anagrama, 2012). De pequeño, veía carteles de Gil Robles mientras iba al colegio en autobús.

Se exiliaron a Francia, pero con la llegada de los nazis volvió a España con sus abuelos. Fue encarcelado como opositor clandestino universitario. Volvió a exiliarse —escapó— otra vez a Francia. Luego se trasladó a Argentina, donde se encontró con otra dictadura. Finalmente, se exilió a Estados Unidos.

Lo de la fuga… ¿cómo no iba a inspirar una película? Dos mujeres, ambas «Bárbaras», esperándoles a su compañero y a él en El Escorial, adonde llegaron arriesgando el terreno en plena fuga. Un coche adornado con banderines de barras y estrellas. Un accidente. Un retraso. La frontera con Francia. Desorientados en la oscuridad. Un tobillo roto. La libertad.

Y aquí estamos, después de tanto tiempo, como si todo y nada hubiera pasado. Preguntando con cuidado para que don Nicolás no nos golpee con el bastón. Está encantado, pero admite que se le hace largo.

Se cuestiona para qué la entrevista, si ya lo ha plasmado en un libro. Por eso sus respuestas son breves, porque no quiere desprenderse del rigor como historiador y evita mencionar algo no verificable.

Tiene razón. Nos dedica su libro: «A mis ilustres pesados».

Feliz siglo, don Nicolás.

Un siglo completo.

¿Cómo ha celebrado?

Me han dado bastante la lata con varios homenajes.

¿Y en casa? Más allá de la pompa y ceremonia.

Vino la familia. Como otras ocasiones. Comimos, charlamos y brindamos.

Hombre, don Nicolás. Como otras veces…

Bueno, sí, brindamos, brindamos… Lo admito.

¿Qué prescripciones médicas no siguió para llegar hasta aquí?

Me ha gustado mucho caerme. De joven y mayor. Como me caí muchas veces cuando chico, supongo que mi cuerpo se acostumbró. Mis huesos deben tener buena resistencia.

Me falta un poco de equilibrio. Por eso uso este bastón [lo miramos de reojo; don Nicolás tiene tanto genio como humor]. Este tobillo izquierdo me lo he roto varias veces.

Cuando se cayó en la fuga de Cuelgamuros.

Sí, esa fue una caída. Estaba todo muy oscuro, no veía nada y me tropecé en una vieja trinchera de la guerra. Pero ya estábamos cerca. Poco a poco, llegamos a Francia.

Tres cárceles y tres exilios. Casi dos siglos si sumamos.

¡Ja! –ríe–. Así fue. Primero, durante la guerra, me exilié en Francia. Luego, tras la fuga, terminé en Argentina. Finalmente, en Estados Unidos.

Sánchez Albornoz es autor de Cárceles y exilios.

Usted estaba en el Congreso de los Diputados cuando Azaña juró como presidente de la República. Esto no es biología; es pura magia.

Tenía diez años. Mi padre era en mayo de 1936 vicepresidente de las Cortes. Consideró que era un momento histórico. Hizo arreglos para que mis hermanas y yo estuviéramos en el Parlamento.

Recuerdo asomarme por la ventana hacia la Carrera de San Jerónimo y ver a Azaña llegar seguido por el regimiento de Alabarderos.

Las actas y las crónicas de Wenceslao Fernández Flórez de aquel tiempo reflejan una gran tensión pero también talento entre los oradores.

Sí, es cierto. Había polarización, pero un alto nivel. Hoy abundan los analfabetos que, además, se muestran insolentes. La mala educación en el Parlamento me choca. Y resulta aburrido. Los debates me parecen tediosos. Casi siempre apago la tele.

En 1936, la violencia política afectaba también a los niños; la política estaba en todas partes.

En el colegio, algunos éramos republicanos y otros monárquicos. Lo mismo en el edificio donde vivíamos. Nos peleábamos, nos propinábamos puñetazos en la cara. Recuerdo una pelea con el hijo del conde de San Luis.

La derecha preparaba el golpe militar, coordinada, como luego supimos, con Mussolini. Ante la falta de razones y argumentos, optaron por la violencia.

Su padre, Claudio Sánchez-Albornoz, representaba un republicanismo liberal que ya no existe: alejado de la extrema derecha, pero también de la extrema izquierda. La guerra y la dictadura hicieron desaparecer esa visión para siempre.

El dilema entre monarquía y república se ha diluido bastante; supongo que hablaremos de ello luego. Mi padre era hijo de un diputado y senador bajo la monarquía. Su evolución nos ayuda a comprender el nacimiento del republicanismo en España.

En los años veinte, el Ejército se sentía fortalecido por las operaciones en el Rif. Alfonso XIII entregó el país a una dictadura militar. Las desigualdades, la tensión social y la falta de libertad fueron germen del republicanismo. Así se explica que mi familia, con cargos en la monarquía, abrazara la república.

Su abuelo, además de su padre, también se hizo republicano.

Sí, por inercia. Ya le digo: así se puede entender cómo era España. Cómo debía estar para que mi abuelo, con treinta años en cargos de la monarquía, aceptara la república. Creo que mi padre se hizo republicano durante la universidad.

Usted también fue un republicano activo y opositor clandestino universitario. ¿Sigue siéndolo? ¿Quieres una república o ese debate está superado?

Creo que ese debate apenas está presente hoy en la sociedad española. Tenemos un jefe del Estado que cumple la Constitución. No existen razones urgentes para plantear la discusión. La realidad social no es comparable a la de hace cien años. La gente puede pensar diferente, pero la monarquía no está cuestionada actualmente. Esa es mi opinión.

¿Extraña una izquierda liberal como la de su padre? Esa forma de entender la política ha desaparecido del Parlamento.

Exagera. Tiene menos presencia, pero no ha desaparecido.

¿Dónde está?

Algunos diputados socialistas son bastante liberales y menos ruidosos que otra izquierda más vocal.

Usted sufrió el franquismo en carne propia. ¿Es Vox la reencarnación del franquismo?

Hay que distinguir entre los dirigentes de Vox, que tienen ese aire franquista, y los jóvenes que los apoyan, que desconocen el franquismo. ¿Cómo pueden ser esos votantes nostálgicos si no habían nacido cuando murió Franco?

¿Qué ocurre con la izquierda? ¿Por qué, según las encuestas, no aspira a ganar ninguna elección?

Se percibe falta de inteligencia en sus dirigentes. Podemos surgió como un movimiento dinámico, reacción a graves problemas sociales. Compartía ese diagnóstico. Pero el partido tuvo líderes deplorables que no canalizaron bien esa reacción social.

¿Y el PSOE?

Supongo que la corrupción le pasa factura. Echo de menos la honradez típica de la izquierda republicana.

Julio Anguita me decía que era un error construir la Tercera República basándose en la Segunda, porque entonces no hubo alternancia pacífica entre izquierda y derecha. ¿Se idealiza demasiado la Segunda República hoy?

Probablemente. Cada época exige su fórmula política. No existen recetas universales.

Un momento de la entrevista.

Volvamos al 19 de julio de 1936, al golpe que desencadenó la guerra civil. Usted se despertó con disparos en su habitación.

Así es. En Madrid, el Cuartel de la Montaña, frente a nuestra casa en la calle Ferraz, se sublevó. Mi padre había sido nombrado embajador en Lisboa y estaba allí con mis hermanas. Yo me había quedado en Madrid porque estaba enfermo. El levantamiento ocurrió el 19 por la tarde y fue tomado por las fuerzas republicanas el 20 al amanecer.

Estaba en la cama cuando empezaron a entrar balas por la ventana, procedentes del Cuartel. Mi abuela Teresa se protegió sobre mí. Me trasladaron a otra habitación, al interior de la casa. Recuerdo el estruendo de las bombas. Fue un caos.

Parece que hubo bastante… caos.

Sacaron colchones de casa para atender a milicianos heridos. Las fuerzas republicanas usaron nuestro teléfono para comunicarse con el Ministerio de la Guerra.

Luego lo trasladaron en barco a Portugal.

Sí, me subieron al principal buque de la Marina portuguesa. Fue impactante. Imagínese, un niño de diez años recorriendo ese mundo en guerra dentro de un enorme barco, con marineros uniformados.

El dictador Salazar, de Portugal, apoyaba a Franco pero en su libro reconoce que le salvó la vida.

El “Gobierno de Burgos”, como se llamaba entonces, quería eliminar a embajadores fieles a la República. En Portugal, Salazar hacía cuanto podía para favorecer a Franco, pero mi padre, el embajador, era republicano.

Vivíamos casi encerrados en el palacio de la embajada en Lisboa. Mi padre no quería que saliéramos por miedo a que nos ocurriera algo. Entonces el Gobierno de Burgos envió un tirador para acabar con nosotros. Mi padre se lo contó personalmente.

¿Cómo que se lo dijo directamente?

Sí. El tirador visitó a mi padre y le advirtió que, si no dejaba la embajada, dispararía contra él y contra nosotros. Mi padre le replicó que se mantenía firme, leal a la República: “Tome la puerta y márchese”.

Cuando se fue, mi padre, con un gesto muy flamenco, salió a pasear por las plazas como diciendo: “Venga, si se atreve, dispáreme”.

Nicolás Sánchez Albornoz, durnte la entrevista con EL ESPAÑOL.

Y actuó el gobierno de Salazar.

Sí. Mi padre informó al Ministerio de Exteriores portugués, que ordenó a la Policía detener a ese hombre y expulsarlo por la frontera. La documentación está en el archivo nacional de la Torre de Pombo, en Lisboa.

Salazar, muy de derechas y franquista, no quiso que ocurriera un acto tan incivilizado, por decirlo de alguna manera. Apoyó a Franco, pero se negó a permitir que mataran a un diplomático en su propio país. Que maten a un diplomático en casa es una deshonra para cualquier presidente.

«El Gobierno de Franco envió un tirador a Lisboa para eliminarnos»

¿Cuándo y por qué se marcharon de Lisboa?

Salazar eligió la solución más… cómoda para él. Rompió relaciones diplomáticas con la República. Por ello, el embajador español, mi padre, tuvo que abandonar Portugal.

No podíamos volver a España, las fronteras ya estaban controladas por Franco. Partimos en un barco inglés y desembarcamos en Francia. Nos instalamos en Burdeos, donde mi padre era conocido y doctor honoris causa de la universidad.

¿Cómo explicaría a un joven de 15 o 16 años lo que fue la Guerra Civil?

Fue una guerra que nunca debió tener lugar. Las fuerzas reaccionarias intentaron un golpe de Estado que no logró porque la República resistió con militares leales y el apoyo popular.

Al fracasar el golpe, estalló la guerra civil. El bando franquista venció gracias al apoyo de Hitler y Mussolini. Sin ellos, Franco no habría llegado a la Península.

La República contó con apoyo también de la Unión Soviética y las Brigadas Internacionales, por lo que la guerra tuvo dimensión internacional.

Sí, aunque ese respaldo fue mucho menor.

¿Está de acuerdo con la tesis del republicano Chaves Nogales que dice que, independientemente del vencedor, habría dictadura?

No coincido con esa idea. La República tenía frontera con Francia y relaciones diplomáticas con Inglaterra. No habría permitido la instalación de un régimen comunista semejante al de la Unión Soviética.

Curiosa ironía: refugiados en Burdeos tuvieron que alojar a un nazi de la Legión Cóndor. ¿Cómo fue eso?

Sí. Ya llevábamos años en Francia. Cuando llegó la Ocupación, parte de la policía francesa, reticente a los alemanes, avisó a mi padre de que iban a detenerlo. Huyó rápidamente a la zona no ocupada.

Por esos días, los alemanes nos obligaron a alojar a un oficial de la Legión Cóndor. No era político, tenía normas de comportamiento y cortesía.

¿Sabía que eran republicanos exiliados?

Sí. Nosotros hablábamos alemán, lo que permitía conversar. Nos decía que había estado en España y que le gustaba mucho. Era una persona noble o al menos así se comportó con nosotros.

Nicolás Sánchez Albornoz, historiador y protagonista de la mítica fuga de Cuelgamuros.

Un tiempo después regresaron a España. Fue su primer retorno.

Mi padre no podía volver y se trasladó a Argentina. Entonces, nos envió a España a vivir con mis abuelos. Aunque mi abuelo había sido diputado durante la monarquía y anciano en la posguerra, le impusieron una multa millonaria por «apoyar» indirectamente la República a través de su hijo.

¿Cómo era ser joven inquieto cultural y literariamente en España a mediados de los cuarenta?

Se refiere a mi ingreso en la Universidad de Madrid. Antes tuve que examinarme de bachillerato por libre, pues no homologaban los estudios franceses. La universidad era gris, porque los profesores brillantes habían sido sustituidos por personas con méritos de guerra y similares.

Me sorprendió asistir a la clase que solía impartir mi padre y que él no estuviera. El sello de aquella universidad lo daban los curas; estaba llena de ellos. Y la Falange desfilaba con camisas azules y correajes.

Tras su trabajo en la oposición universitaria con la FUE, fue detenido en Barcelona. Vista desde hoy, la escena resulta ridícula y surrealista, casi como una comedia de Berlanga.

¿Verdad? Me dijeron que me llevarían a la Dirección General de Seguridad en sótanos de la Puerta del Sol, pero no había dinero para el traslado. Debía escoger entre un viaje de dos semanas o pagar el tren. Pagué el tren.

Así era esa España. Un cuartel enorme, todos mal pagados. En la DGS se torturaba no sólo por crueldad, sino también para ahorrar. Tener interrogadores preparados es mucho más caro que torturar.

«En la España franquista se torturaba no solo por crueldad, sino porque resultaba económico»

Es el último superviviente del campo de Cuelgamuros, el último preso político vivo obligado a esa obra.

Había trabajos duros. El mío no tanto. No tuve que poner ladrillos, pico, pala ni cargar materiales.

Trabajaba en oficina, con papeles. Era un joven universitario que sabía usar la máquina de escribir. Tuve buena suerte. Las condiciones de higiene y alimentación eran duras. Las chinches nos infestaban.

Ha dicho que fue una jugada maestra para el régimen y empresas.

Sí, porque el régimen cobraba por alquilarnos y las empresas obtenían mano de obra casi gratis. Los benedictinos inventaron la infamia llamada «redención de penas por trabajo». Una tergiversación del clero.

¡Y aún decían que nos pagaban! Recibíamos un monto miserable en una cartilla. Si no me hubiera fugado, habría gastado todo ese dinero solo por viajar de regreso a casa desde Cuelgamuros.

Hoy el debate está abierto sobre el futuro del Valle de los Caídos: ¿derribo o resignificación?

La resignificación me parece muy difícil, casi imposible. El derribo me parece la opción más lógica.

Es un monumento cuya arquitectura impide la resignificación. Además, hoy, si no se hace nada, se desplomará. ¿Debe dedicarse tanto dinero público a su mantenimiento? Si se abandonara, la naturaleza seguiría su curso.

¿No sería más difícil explicar en el futuro la dictadura nacionalcatólica y el trabajo de presos políticos si derriban Cuelgamuros?

Habla usted de poner paneles explicativos y tal. Para mí es más relevante que se publiquen libros y se produzcan documentales. Además, si sigue en pie, ¿qué garantías existen de que la resignificación sea duradera? Ahora que Vox llegará al Gobierno, ¿se resignificará o permitirá?

Cuente la fuga. ¿Cómo fue?

Me condenaron a seis años con 21 años. Pensé: «Saldré con 28, sin estudios ni experiencia laboral, con la mitad de la juventud perdida». No lo soportaba. Mi compañero Lamana y yo, en contacto con la FUE de París, organizamos la fuga.

La comunicación era posible porque el campo tenía un régimen particular.

Sí, no era un campo de concentración nazi. No tenía alambradas ni esas cosas. Estábamos vigilados por la Guardia Civil en campo abierto. Las familias podían venir los fines de semana. A través de la novia de mi compañero, manteníamos contacto con París.

Era un campo modesto, acorde a la España de entonces. Había muchos campos, pero sin dinero para cercarlos con alambre eléctrico. Se hacían recuentos periódicos. Lo estudiamos. Elegimos el momento.

Nicolás Sánchez Albornoz, durante la entrevista con EL ESPAÑOL.

Esas mujeres, junto a su amigo Paco Benet, les esperaron en El Escorial.

Nos escapamos con lo puesto. El Escorial es fácil de ubicar, visible casi desde cualquier parte de la montaña. Eran Paco Benet, hermano de Juan, el novelista; y dos jóvenes norteamericanas. Una era hermana de Norman Mailer, el escritor, quien facilitó el coche. La fuga estuvo bien planeada.

Llevábamos documentos falsos y ropa nueva, que nos habían proporcionado. Así podíamos pasar los controles de la Guardia Civil. Éramos dos jóvenes españoles haciendo turismo con dos jóvenes estadounidenses. El coche lucía banderines y todo.

¿Tuvieron tantos momentos cómicos como en la película?

No, pero la película no me molestó. De hecho, colaboré con el guion. Es una ficción basada en hechos reales. Me pareció adecuada. Pero no hubo escenas como el baño desnudos y demás.

¿Qué fue lo más angustioso?

Al final, cuando llegamos a la montaña en Cataluña, y debíamos cruzar a Francia a pie. Como llegamos tarde, el guía que debía acompañarnos se fue. El accidente demoró todo mucho.

Nos indicaron bajarnos en la undécima curva para estar cerca. Imagínese: contar curvas de noche… Nos equivocamos y terminamos perdidos. Tardamos tres días en hallar el camino. Caí en una trinchera, como mencioné, y me rompí el tobillo.

De pronto, apareció un hombre que hablaba francés. Lo abrazamos como nunca. Lo habíamos logrado.

¿Ha regresado a Cuelgamuros alguna vez?

No. Ni pienso hacerlo. No tengo nada que buscar allí.

Volvió del exilio junto a su padre en 1976. ¿Le convenció la Transición?

Me pareció insuficiente. Muchos esperábamos más. Se hizo lo que se pudo.

De lo que sucede hoy en el mundo, ¿qué le dolerá menos perderse?

Las guerras.

¿Qué es lo que más disfruta al tener cien años?

Resulta molesto tener que levantarse tantas veces por la noche para orinar. Pero, bueno, no lo llevo mal. Dentro de mis limitaciones, estoy bien. Tengo familia y amigos que me llaman y visitan.

Todos los días doy un paseo. Tengo suerte porque las aceras de abajo son muy anchas. Veo a niños, perros, a ancianos… Me divierto.

Con un siglo a sus espaldas, esta pregunta no resulta tópica. ¿Qué hace más feliz una vida?

Principalmente, la mera existencia. Y luego, sobre todo, el cariño. Estar rodeado de afecto.

Muchas gracias, don Nicolás. Esperamos no haber sido muy pesados.

Bueno, han sido bastante pesados. ¿Cuánto llevamos conversando?

Disculpe… La culpa es mía por haber abierto la puerta [se despide con otra carcajada y poniéndose de pie].

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