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- Autor, Edison Veiga
- Título del autor, De Eslovenia para BBC News Brasil
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Vivió hace 900 años y la historia le reservó un papel fundamental y pionero: fue la primera mujer en gobernar un reino en Europa.
Urraca I de León y Galicia (1080-1126), conocida como Urraca la Temeraria, dirigió esta región ibérica durante casi 17 años.
Siendo la hija mayor de Alfonso VI (1047-1109), era la heredera legítima del trono. Sin embargo, temeroso de la dificultad política que implicaba aceptar a una mujer como reina, el monarca intentó proclamar sucesor a un hijo ilegítimo, Sancho.
Nadie esperaba que Sancho muriera combatiendo en la batalla de Uclés en 1108, enfrentamiento entre cristianos y musulmanes. Tras esto, Alfonso anunció a la nobleza y al clero que su hija sería la única apta para heredar el trono tras su fallecimiento.
El nombre de Urraca fue aceptado entre los allegados del rey, con una condición: que, tras quedar viuda, contraería un nuevo matrimonio. En otras palabras, la nobleza toleraba a una mujer en el poder, pero bajo la tutela de un esposo.
Durante las negociaciones políticas, se acordó que Urraca se uniría en matrimonio con Alfonso I de Aragón (1073-1134).
Según la historiadora Adriana Zierer, aunque el derecho castellano no impedía «la sucesión femenina en ausencia de herederos varones», se consideraba que «ella debía gobernar bajo la autoridad de su esposo».
Afonso VI falleció antes de la boda y Urraca fue finalmente coronada reina. Fue la primera mujer que gobernó un reino europeo como soberana plena, no meramente como reina consorte.
En realidad, ella ejercía el poder real.
Emperatriz de toda Hispania
«Fue realmente una excepción notable para su época», comenta el historiador Glabuer Wisniewski, investigador adjunto en el Centro de Estudios Históricos Ibéricos de la Universidad de Saint Louis, EE.UU.
«El empeño que puso Urraca durante su reinado para fortalecer su autoridad moral y legal evidencia la constante oposición que enfrentó», añade.
Yolanda Alonso Rodríguez, investigadora en estudios medievales de la Universidad de Santiago de Compostela, destaca a Urraca como la primera mujer con «autoridad y control total en sus territorios».
Sin embargo, aclara que “existen grandes dificultades para identificar y recuperar este tipo de datos, ya que la historia ha omitido numerosos detalles sobre las mujeres en la Edad Media, tanto de clases bajas como altas”.
«Frecuentemente no tenían protagonismo en la narrativa masculina medieval, por eso fueron ignoradas en muchos textos y documentos», enfatiza Rodríguez.
La relevancia del Reino de León en ese periodo queda patente por el título del monarca: «emperador de toda Hispania».
Urraca heredó ese título: se la reconocía como «emperatriz de toda Hispania», según Zierer, profesora en la Universidad Federal de Maranhão y posdoctorada en el Grupo de Antropología Histórica de la Edad Media Occidental en la École des Hautes Études en Sciences Sociales (EHESS) en Francia.

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Aunque no mostraba intención de contraer un nuevo matrimonio, cumplió la voluntad de su padre y poco tiempo después formalizó su enlace con el noble aragonés.
Esta unión generó descontento social, incluso rebeliones. Se temía que el centro de poder se trasladara del Reino de León y Galicia al Reino de Aragón, debido al predominio masculino en el acuerdo.
Este resultado parecía contradecir la expectativa del padre de Urraca, que anticipaba no un cambio de poder, sino una ampliación del dominio leonés, como si Aragón se incorporara al reino a través del matrimonio.
Batallas, rebeliones y violencia doméstica
El ambiente político se tornó muy conflictivo. Los seguidores de ambas facciones chocaron y la legitimidad de Urraca fue impugnada nuevamente.
Según explica Zierer, las luchas territoriales entre Urraca y Alfonso desencadenaron una guerra civil.
Además, la relación entre ambos no mejoraba. Lo privado se volvió público cuando la reina acusó a su esposo de violencia doméstica, culminando en su separación en 1110.
«Las crónicas detallan que ella sufrió abusos físicos y verbales del rey aragonés», señala la historiadora Zierer.
Para entonces, su vínculo con el conde Gómez González ya era público. Él participó en las luchas para defender el Reino de León contra los partidarios de Aragón, y murió en la batalla de Candespina de 1111.
Posteriormente, Urraca tuvo como amante y guerrero al conde Pedro González de Lara, quien también asumió la paternidad de sus dos hijos previos.
No fue sino hasta finales de 1112 que la reina logró la anulación formal de su matrimonio con Alfonso de Aragón, con autorización papal.
En términos militares, recuperó casi todas las tierras heredadas de su padre —Asturias, León y Galicia— mientras que parte de Castilla quedó bajo el control de Alfonso, a pesar de su fuerte apoyo en esa región.
«A lo largo de su gobierno, Urraca enfrentó numerosos conflictos y múltiples campañas para conservar sus territorios», explica Zierer.
Generalmente, estos enfrentamientos fueron avivados por Alfonso I, quien durante mucho tiempo rehusó aceptar la anulación matrimonial, manteniendo la autoproclamación como «emperador de toda Hispania».
También se registraron batallas con motivos religiosos entre cristianos y musulmanes, además de revueltas populares.
Urraca falleció a los 46 años, el 8 de marzo de 1126, casi ocho siglos antes de que el 8M se convirtiera en un símbolo mundial de reivindicación femenina.

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Una mujer "rey"
Zierer analiza las percepciones medievales sobre Urraca según crónicas contemporáneas. En textos del siglo XII es presentada favorablemente como «hija y esposa», pero al llegar al trono se la tilda de «incestuosa y nefasta».
Esto refleja que, en esa época, «solo era ‘buena’ mientras desempeñaba el rol de esposa, sin protagonismo político», comenta Zierer.
En ocasiones, la reina también fue señalada de seductora y promiscua. Hay numerosas evidencias de que su posición de poder incomodaba a la élite masculina.
«Su imagen fue filtrada por siglos de crónicas hostiles y lecturas condicionadas por la resistencia hacia el poder femenino», explica a BBC News Brasil la historiadora Mary Del Priore, autora de obras como «Sobrevivientes y guerreras».
«No fue el hecho de gobernar lo que escandalizó, sino gobernar siendo mujer», destaca.
Del Priore indica que algunas crónicas la describen como «valiente y fuerte». «Incluso la apodaron ‘princesa varonil’», añade, señalando que «para reinar había que simbolizar una masculinidad».
Según la antropóloga Lídice Meyer, profesora en la Universidad Lusófona de Portugal y especialista en la mujer en la historia, Urraca fue inflexible en «mantener su posición como monarca plena» a pesar de las dificultades de «ejercer un cargo inédito».
«Fue la primera reina española en acuñar moneda con su rostro y nombre», cuenta Meyer. «Curiosamente, una de esas monedas de Toledo lleva inscrito RE».
Esta inscripción lleva ambigüedad, pues podría ser tanto la abreviatura de Rex («rey») como de Regina («reina»).
«Esta ambivalencia fue constante durante su reinado. En documentos a menudo figuraba como ‘rey’. Su mérito reside en ser la primera monarca plena de Europa», señala Meyer.
«Fue sin duda una monarca inteligente, que supo manejar con habilidad situaciones adversas», agrega Wisniewski.
Por su parte, Rodríguez destaca a la reina como una mujer «resuelta» y «fuerte».
«Urraca, más allá de ser esposa del rey, se convirtió en ‘el rey’ por derecho propio, encargándose de la administración del reino, pese a los intentos de su esposo por asumir el dominio y responsabilidad de las tierras leonesas y castellanas», sostiene Zierer.
La profesora subraya que «en todo momento» la reina «se preocupó por reafirmar su legitimidad y capacidad legal para gobernar».

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Rescate histórico
«Ella representa un ejemplo de la posible deconstrucción de la fragilidad atribuida al sexo femenino», afirma Zierer.
Añade que «reinó como mujer en un espacio dominado por hombres y distaba mucho de las mujeres sumisas que necesitaban protección, como suelen mostrarse en libros, juegos o series».
La investigadora resalta que la guerra marcó la mayor parte de su tiempo en el poder y «en lugar de refugiarse en sus castillos, mediante armas, pactos y legitimizaciones, Urraca se mantuvo gobernando, contrariando las expectativas de quienes la rodeaban».
Wisniewski remarca que el hecho de que entregara a su heredero «un reino con relativa paz interna», pese a un «ascenso complicado» y múltiples «cuestionamientos, por veces violentos, a su autoridad», muestra que Urraca poseía «una habilidad política excepcional».
«Podemos afirmar que la reina Urraca tiene mucho que enseñar sobre el rol femenino en el pasado y en la actualidad. Gobernó sin tutela masculina, mantuvo unido el reino y aseguró su sucesión para su hijo después de morir», comenta Zierer.
«También fue dueña de su cuerpo, pues tras obtener la anulación nunca volvió a casarse. Sin embargo, mantuvo relaciones amorosas y tuvo hijos».
«Rescatar a Urraca no implica convertirla en heroína feminista», advierte Del Priore. «El riesgo de anacronismo es real y debe evitarse», aconseja.
Afirma que Urraca no gobernaba en nombre de un programa de emancipación femenina, sino por su legitimidad dinástica y para preservar el reino.
La historiadora Maíra Rosin, de la Universidad Federal de São Paulo, reconoce en diálogo con BBC News Brasil que rescatar su historia ayuda a comprender «que el poder en la Edad Media no era exclusivamente masculino».
«No se trata de atribuirle un rol de ‘heroína’ en el sentido moderno, sino de complejizar la política europea al evidenciar que las mujeres formaban parte del entorno político», subraya Rosin.
Wisniewski resalta la relevancia histórica y simbólica de incluir a Urraca en la lista de monarcas europeos del siglo XII.
«Amplía nuestra comprensión sobre quién podía ejercer poder en la Edad Media y de qué manera», concluye.
Además, la biografía que se conoce la muestra como «una mujer sumamente enérgica y estratega destacada, que asumió la dirección de un reino en medio de complejas disputas dinásticas».

