La acumulación de grasa en el músculo cardíaco es una enfermedad que suele aparecer sin síntomas previos. Detectarla a tiempo es fundamental para prevenir episodios como el infarto de miocardio o el ictus.
Las estadísticas relacionadas con la incidencia de eventos cardíacos, como el ictus o el infarto de miocardio, demuestran que desde hace muchas décadas la salud cardiovascular exige una atención adecuada y continua, tanto por parte de las instituciones públicas, como de la comunidad científica y sanitaria, y también de la sociedad en general.
Así, conforme a datos preliminares del Instituto Nacional de Estadística (INE), las enfermedades del sistema circulatorio (que incluyen las cardiovasculares) constituyeron la segunda causa principal de mortalidad en 2024, solo por detrás del cáncer, representando un 26,1%.
Por lo tanto, identificar y tratar estas enfermedades se posiciona como una prioridad esencial en el ámbito de la salud pública. Una tarea compleja, sin duda, que se complica aún más considerando que muchas enfermedades cardiovasculares presentan síntomas demasiado tarde o son asintomáticas.
Una de estas patologías “silenciosas” debido a su progresión lenta es la esteatosis miocárdica, o acumulación de grasa en el corazón. En particular, esta grasa puede depositarse “en la pared de las arterias coronarias, reduciendo el flujo sanguíneo a medida que crece; y también en la parte externa de las paredes cardíacas (el epicardio), lo que genera inflamación y rigidez durante la contracción del corazón”, explica el doctor Diego Segura, vocal de la Asociación de Cardiología Clínica de la Sociedad Española de Cardiología (SEC).
Su detección temprana es complicada porque “inicialmente este depósito graso puede no manifestar síntomas”, señala el experto. No obstante, “a medida que la grasa se acumula en el corazón, pueden aparecer dolores centrados en el pecho durante esfuerzos por obstrucción arterial; o bien cansancio, dificultad para respirar con actividad física o hinchazón en las piernas si el acúmulo se sitúa en la parte externa del corazón”, detalla.
¿Qué provoca la acumulación de grasa en el corazón?
Reconocer los síntomas descritos por el cardiólogo es un paso, pero prevenir su aparición es otro reto distinto. Por ello, resulta clave entender y analizar las causas que originan la esteatosis miocárdica. Así, se puede establecer una estrategia terapéutica más precisa y eficaz.
Según el doctor, las causas se dividen entre factores genéticos y ambientales: “En primer lugar, existen condiciones genéticas que incrementan la acumulación de grasa en las arterias coronarias y en las paredes del corazón. Además, hay elementos externos como hábitos alimenticios inapropiados —por ejemplo, consumo excesivo de azúcares refinados o ultraprocesados—, hábitos nocivos como el alcohol o el tabaco, enfermedades como la diabetes o la obesidad, y un estilo de vida sedentario. Todos estos factores son determinantes en la acumulación grasa en el corazón y otros órganos”.
Sus efectos pueden alcanzar todo el organismo
Más allá de las graves consecuencias para el corazón, el doctor destaca que “este depósito perjudicial de grasa se extiende a nivel corporal”, afectando al funcionamiento general del organismo.
En lo que concierne específicamente al corazón, “puede desembocar en un infarto agudo de miocardio (cuando una o varias arterias coronarias se bloquean totalmente) o en insuficiencia cardíaca (problemas en la capacidad de bombeo sanguíneo)”, explica Segura. Sin embargo, “también está comprobado que esta grasa se acumula en otros órganos como el hígado o los riñones, provocando inflamación y disminuyendo su funcionamiento normal”, añade.
Por ello, aunque las complicaciones derivadas del exceso de grasa en el corazón “pueden poner en riesgo la vida, ocasionando un infarto o insuficiencia cardíaca”; no hay que pasar por alto que la acumulación grasa en otros órganos puede acarrear consecuencias graves para la salud global”, advierte el especialista.
La clave está en corregir los factores de riesgo
Frente a un panorama que parece preocupante y definitivo, el doctor ofrece una noticia alentadora: “Esta condición puede detenerse o incluso revertirse en muchos casos si cambiamos ‘las condiciones iniciales’, es decir, si suprimimos los factores predisponentes y adoptamos hábitos más saludables”.
Este enfoque representa el primer y quizás, el más relevante paso. De hecho, según el doctor, “existe respaldo científico que demuestra que combinar una dieta mediterránea, excluyendo ultraprocesados, con ejercicio físico adecuado que incluya entrenamiento de fuerza, reduce de forma significativa la grasa acumulada en el corazón y otros órganos”. Tal es así que “estas dos medidas constituyen el mejor tratamiento antiinflamatorio disponible para eliminar este exceso patológico de grasa”, subraya el cardiólogo.
Además, ampliando la perspectiva terapéutica, “es fundamental considerar y trabajar el entorno social de cada individuo, para garantizar que estos cambios de estilo de vida se mantengan a largo plazo”, enfatiza.
Finalmente, cuando dieta y ejercicio no sean suficientes, “se pueden incorporar algunos medicamentos que también han demostrado reducir la grasa en órganos como el corazón, aunque siempre deben ser evaluados de forma individual y bajo supervisión médica”, concluye el doctor.

