Tanto audaz como calculador, el primer ministro español se enfrenta a Trump mientras Madrid reactiva el movimiento ‘no a la guerra’. Sánchez apuesta por un momento al estilo Villepin que fortalezca su base progresista y lo consolide como líder de la izquierda. Sin embargo, su plan conlleva riesgos desde la seguridad hasta los negocios.
Pedro Sánchez tiene plena conciencia de su actuación.
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Al desafiar a Donald Trump y endurecer su confrontación con el presidente estadounidense, el primer ministro español afianza una estrategia doble.
Por un lado, busca reactivar y movilizar a su electorado progresista nacional, resucitando un movimiento «no a la guerra» que tuvo gran resonancia entre los votantes españoles durante la invasión liderada por EE.UU. en Irak en 2003. Sánchez también aspira a un momento similar al de Dominique de Villepin: un aviso claro sobre una guerra injustificada con consecuencias catastróficas.
En este caso, el foco está en Irán.
Con esta postura, pretende consolidar su imagen como uno de los líderes socialistas progresistas más firmes en un contexto político mundial que se desplaza hacia la derecha bajo la influencia del MAGA, en un momento en que partidos de izquierda en Europa pierden terreno electoral y dificultad para articular una voz internacional común.
Aunque su táctica es arriesgada y audaz, podría dejar a España aislada diplomáticamente respecto al consenso europeo y desatar una guerra comercial que afectaría a las empresas españolas en Estados Unidos. Además, podría exacerbar tensiones dentro de la OTAN, donde Madrid mantiene una línea estratégica relativamente independiente. La colaboración en inteligencia resulta fundamental y podría verse comprometida con posibles consecuencias para la seguridad nacional si EE.UU. decide instrumentalizarla.
A pesar de ello, Sánchez no pretende reducir su apuesta.
«En 2003, algunos líderes irresponsables nos arrastraron a una guerra ilegal en Oriente Medio que solo trajo inseguridad y sufrimiento,» declaró Sánchez el miércoles.
«No a la violación del derecho internacional. No a la ilusión de resolver los problemas mundiales con bombas. No a repetir errores pasados. No a la guerra.»
Un enfrentamiento coreografiado con precisión
Su campaña contra la intervención estadounidense-israelí en Irán surge después de que Trump amenazara con imponer un embargo comercial a España al negarse Madrid a permitir que Washington utilice sus bases militares para atacar Irán desde su territorio.
España exigió que cualquier operación desde las bases que alberga en Rota y Morón se limite a ayuda humanitaria y que las acciones cumplan estrictamente el derecho internacional. Esta postura llevó a la retirada de aeronaves estadounidenses de dichas bases, según datos de radar.
Desde la Casa Blanca el martes, Trump calificó a España como un aliado «hostil» y «terrible», amenazando con un embargo comercial mientras el canciller alemán Friedrich Merz—en visita a Washington—guardaba silencio. En este contexto, España estimó que era momento de confrontar al líder mundial y empezó a preparar su respuesta.
Fuentes cercanas al gobierno español indicaron por la tarde que, si Washington decide romper unilateralmente las relaciones comerciales, deberá hacerlo «cumpliendo la ley internacional, los términos comerciales UE-EE.UU. y respetando a las empresas privadas.»
A las 20:00 horas, la oficina del primer ministro informó a la prensa que Sánchez emitiría una “declaración institucional” a las 9 de la mañana siguiente, un comunicado reservado para ocasiones solemnes. El anuncio se divulgó justo antes de los informativos nocturnos.
Casi nada quedó al azar, reflejo de la estrategia comunicativa cuidadosamente manejada por Sánchez, considerada efectiva pero también oportunista.
Según personas vinculadas al Palacio de la Moncloa, descartar esta postura nunca fue una opción.
Madrid dejó claro que debía responder con contundencia, subrayando la soberanía española, la coherencia de su política exterior desde Ucrania hasta Gaza y la posición de Sánchez como el único líder europeo que desafía a Trump.
Y el primer ministro español cumplió con creces.
«Nuestra posición puede resumirse en cuatro palabras: no a la guerra,» afirmó, añadiendo que «hace 23 años otra administración estadounidense nos sumergió en un conflicto en Oriente Medio.»
«Nos prometieron que destruirían armas de destrucción masiva, exportarían democracia y garantizarían la seguridad global. La realidad fue opuesta. Se disparó el terrorismo, surgió una grave crisis migratoria en el Mediterráneo y aumentaron los costes energéticos.»
Desde la perspectiva política del gobierno español, los europeos están cansados de ceder ante Trump, ya sea en disputas arancelarias o en compromisos de defensa, como la meta del 5% de gasto, gran parte destinado a armamento estadounidense.
En consecuencia, un candidato dispuesto a defender los intereses europeos y enfrentar a Trump podría obtener ventaja electoral significativa. El gobierno español no ha ocultado sus posturas, asumiendo el riesgo de antagonizar al magnate inmobiliario desde su retorno a la Casa Blanca el año pasado.
El verano pasado, Madrid rechazó la meta del 5%, argumentando que provocaría compras desordenadas de armas, en lugar de adquisiciones conjuntas europeas, y planteó que el desempeño en la OTAN debe medir capacidades.
El mensaje es claro: España es aliada, pero también soberana.
Resonancias de Villepin y el fantasma de las Azores
Para esta última maniobra, Sánchez se inspiró en dos momentos decisivos posteriores a la operación estadounidense en Irak de 2003, bajo el presidente George W. Bush.
El primero fue un discurso contundente en febrero de ese año del exministro francés Dominique de Villepin, quien advirtió ante el Consejo de Seguridad de la ONU —del cual Francia es miembro permanente— sobre una invasión que podría tener consecuencias nefastas.
De Villepin se opuso firmemente a Estados Unidos, rechazó las acciones militares y cuestionó los informes de inteligencia que vinculaban al-Qaeda con el régimen de Saddam Hussein y la existencia de armas de destrucción masiva.
El tiempo le dio la razón a Villepin.
La guerra de Irak tiene especial relevancia para la opinión pública española porque, en ese entonces, el ex primer ministro José María Aznar junto con el británico Tony Blair apoyaron a la administración Bush en su ofensiva.
En la prensa española, los tres líderes fueron apodados “Trío de las Azores,” nombre que se popularizó debido a una fotografía tomada en el archipiélago portugués de las Azores. El respaldo español a la guerra generó un masivo movimiento de protesta bajo la consigna “No a la guerra.”
Más de 20 años después, Sánchez busca revivirlo, con la esperanza de activar a su base, aumentar su perfil internacional y —al igual que Villepin— justificar sus decisiones.
El primer ministro enfrenta una campaña electoral difícil, con los próximos comicios previstos para 2027. No obstante, en Madrid circulan especulaciones sobre un posible adelanto electoral si las circunstancias son favorables y logra consolidar su coalición progresista.
Pero para adelantar las elecciones, requiere una justificación sólida; de lo contrario, podría ser visto como demasiado cínico para resultar aceptable. Sánchez es percibido por gran parte del electorado como carente de brújula moral.
El conflicto en Oriente Medio —y su postura firme frente a Donald Trump, que la oposición critica por aislar a España en la Unión Europea, la OTAN y la alianza occidental— podrían ofrecer ese motivo.
El primer ministro empleó esa carta en 2023, cuando presentó un adelanto electoral como un referéndum sobre sus políticas. Aunque los conservadores obtuvieron la mayor parte de los votos, el sistema parlamentario permitió a Sánchez formar una coalición mayoritaria y mantenerse en el poder.
Un enfrentamiento largamente gestado
En muchos aspectos, la relación tensa entre Estados Unidos bajo Trump y el gobierno español no sorprende. Ambos han chocado en temas que van desde la migración hasta valores sociales, asumiendo el papel de opuestos políticos.
Para Sánchez —figura profundamente polarizadora, que niega irregularidades en múltiples causas judiciales que involucran a su familia— la arena internacional representa un refugio político, como sucede con muchos líderes enfrentados domésticamente. Su estrategia promueve activamente su perfil global.
Se espera la realización en Barcelona, en abril próximo, de una conferencia internacional con voces de izquierda que debatirá temas como democracia, oligarquías tecnológicas y movimientos reaccionarios, según una fuente cercana al organizador. La intención es crear un foro capaz de rivalizar con CPAC, la mayor reunión conservadora, pero orientado hacia los progresistas.
Mientras tanto, en España crece la convicción de que más voces europeas se sumarán a esta postura conforme se prolongue la guerra. «Muchos temen enfrentar a EE. UU., pero nuestras palabras reflejan lo que piensa un amplio sector en Europa,» comentó un diplomático español.
El miércoles, el presidente francés Emmanuel Macron llamó a Sánchez para expresar su apoyo ante las amenazas comerciales de Trump. El presidente del Consejo Europeo, Antonio Costa, y la presidenta de la Comisión, Ursula von der Leyen, hicieron lo mismo.
No obstante, sus movimientos de poder no han pasado desapercibidos para los críticos, quienes sostienen que Madrid juega una carta delicada al antagonizar a Estados Unidos por beneficio político, mientras la UE busca un acuerdo justo de paz para Ucrania. Dado que la garantía de seguridad estadounidense es vital para que Kyiv no sea atacada de nuevo por Rusia, y la contribución de EE.UU. en la OTAN sigue siendo esencial para la estabilidad europea, dichas tensiones implican riesgos considerables.
«Lo hace por política interna y sabe que la UE lo respaldará porque siempre prevalece la solidaridad. Pero, ¿realmente es necesario?» cuestionó un diplomático de otro país europeo.
Para Madrid, no solo es necesario, es indispensable.

