Fernando Ónega fue una personalidad fundamental durante la Transición, autor de discursos emblemáticos como los de Adolfo Suárez.
Ónega colaboró estrechamente con Suárez, tomando parte en decisiones clave tales como la amnistía de 1977 y la defensa del derecho de asociación política.
Su trayectoria periodística se extendió desde la redacción de Arriba hasta la dirección de informativos en la Ser, la Cope y Onda Cero.
Fue reconocido por su ironía, proximidad y su habilidad para relatar la complejidad de la Transición española con sinceridad y humor.
Esto le ocurría en varias ocasiones durante los últimos años. Se sentaba en su despacho en Madrid y tenía la impresión de que al otro lado del tabique estaba la cocina de la casa del pueblo.
No se trataba de un sueño, sino de una especie de ensoñación. Al entrecerrar los ojos, estando despierto, esa cocina aparecía con claridad, donde sus padres y hermanos se resguardaban del frío.
En esa ensoñación coexistían las personas a quienes amaba, todos ellos niños: sus hijos —Sonsoles, Cristina y Fernando— y su hermano. Así lo vivía, nos relató en su despacho hace poco, descansando un momento en sus recuerdos y navegando entre la vertiginosidad del presente.
Solíamos visitar a Fernando Ónega como si fuésemos los niños de Oliver Twist, con boina, para ver si nos concedía alguna clave de la Transición. Fernando es hoy un mito, ha fallecido, pero era alguien poco dado a la mitología. Narraba aquellos años con la crudeza que les correspondía.
Cuando llegó Adolfo Suárez a Moncloa, no halló la épica, sino un palacio en ruinas donde los ingenieros agrónomos, sus antiguos ocupantes, organizaban «fiestas con señoritas de cobro».
–¿Orgías?
–Sí, orgías, llámenlo como quieran. Oiga, yo no estuve, eso fue antes, ¿eh?
Recordamos ahora esa casa del pueblo en Lugo, donde Fernando llegó conduciendo desde Madrid durante el fin de semana de las fiestas patronales. Tenía poco más de veinte años. Un guardia civil lo esperaba en la puerta.
–¿Fernando Ónega?
–Sí, soy yo —pensó entonces: «Joder, ¿qué habré hecho? ¿Qué habré escrito?».
–El presidente Suárez desea que le redacte un discurso.
–¿Sobre qué? ¿Habrá recibido algunas indicaciones, pautas?
–No lo sé, algo sobre una amnistía. Me pidieron que le transmitiera eso, que escribiera «cosas de una amnistía».
Era el año 1977 y Suárez trabajaba ya en la amnistía que sería la piedra angular de la Transición. Fernando llevaba casi dos años redactando para Suárez, a quien había fichado para diseñar el discurso en defensa del «derecho de asociación política». Entonces, Suárez no era presidente, sino ministro secretario general del Movimiento.
En el membrete de las cartas sólo figuraba «ministro secretario general». Había eliminado el término «Movimiento» antes de hacerlo realmente, porque intuía que el viento soplaba en esa dirección. Esa era la inteligencia pragmática de Suárez, y Fernando Ónega, que lo conocía a fondo, expresaba sus ideas con palabras.
La sintonía era tan profunda —nos contó— que una vez estuvo a punto de sufrir un accidente porque, aunque las voces eran muy diferentes, cuando Suárez habló en la radio le pareció que era su propia voz.
Un desconcierto similar al que, según relató Fernando, tuvo Suárez el día en que una mujer en un mitin lo agarró literalmente por las partes íntimas para medir su tamaño, a Suárez, no a Fernando.
Curioso, Fernando. Suárez fue, lejos de las recientes difamaciones, una víctima de agresión sexual, no un agresor.
Al principio, Torcuato Fernández-Miranda, arquitecto de la Transición y también ministro de Franco, intentó fichar a Ónega. Sin embargo, aquello no funcionó y se armó un buen lío. Fernando tenía una regla: jamás hablar mal de nadie, y menos de los fallecidos.
Era crítico con el poder y con las personas vivas, pero prefería guardar silencio, con el micrófono encendido o apagado, sobre las debilidades ajenas. Por eso, no quería hablar de Torcuato, aunque finalmente cedió porque tampoco perjudicaba mucho a Torcuato.
Fernández-Miranda quiso usar a Ónega como globo sonda. Quería que, bajo su firma, difundiera sus ideas en la prensa. Fernando comenzó a escribir, hasta que la censura intervino.
Lo llamaron a un despacho. Le dijeron que se había vuelto loco, que arriesgaba todo y que cómo se atrevía a escribir tales cosas. Fernando, un joven entonces, se defendió señalando: «¡Pero si son las ideas del ministro Fernández-Miranda!». Las autoridades, desconfiando, lo verificaron con don Torcuato, quien se enfadó.
Suárez percibió el talento de Fernando y lo reclutó. Fue en la época del derecho de asociación política. Antes, encargó ese discurso a cinco personas sin resultado. Entonces dijo: «Oigan, pidámosle a ese chiquillo del Arriba, lo hará bien».
Siempre hubo personas que utilizaban el pasado de Fernando en Arriba para tacharlo de fascista. Él evitaba responder, pero sabemos que le afectaba. Tenía una foto con Franco en una recepción oficial, que tiró porque aparecía con la cabeza baja.
En esa redacción se podía blasfemar contra Dios, pero no contra Franco. Una vez, un teletipo se atasca y Fernando suelta sin pensar: «Me cago en Franco». Sus compañeros lo rechazaron durante meses.
Comentó la Formación del Espíritu Nacional, un adoctrinamiento más sutil que en otras dictaduras pero eficaz. Al obtener una beca en un colegio mayor, seguías bajo esa formación. Los únicos que respiraban libertad eran los hijos de familias acomodadas, que estudiaban en el extranjero.
Fernando Ónega fue un reformista que buscó libertad y vivió el cambio con naturalidad, sin verlo como un choque entre dos almas. No hubo ruptura.
La mejor imagen de la Transición, que refleja su complejidad y milagro, es esta: Fernando, con menos de treinta años, saliendo de la redacción de Arriba con el encargo del ministro secretario general del Movimiento para redactar un discurso a favor de la libertad, fundamentado en ideas, entre ellas, de la revista comunista Triunfo.
Así fue literalmente. Compró esa revista en un quiosco de la calle Alcalá. Todo resultaba extraño, extremadamente raro, pero natural. Muchos ministros de la UCD coinciden: hoy es mucho más difícil defender el reformismo que entonces.
Fernando Ónega no era tan mayor como para contar tantas experiencias —las vivió muy joven— ni tampoco estaba tan mayor para no seguir viviendo. Se encontraba bien, con un riñón trasplantado que le regaló su esposa, con 78 años, la cifra de la Constitución, y todavía le aguardaban años agradables: los de los nietos, los homenajes y algún libro más.
Durante los últimos meses intentamos persuadirlo —y casi lo logramos— para que publicara un pequeño libro con los discursos que preparó para Suárez, acompañado por un prólogo explicativo lleno de anécdotas como introducción.
Por si algún editor lee esto: ese sería el mejor homenaje. Para Ónega, para la Transición y para los lectores.
Fernando representaba toda España, todas las Españas. Dirigió los informativos de la Ser y de la Cope. Finalmente halló su lugar natural en el centro, como director general de Onda Cero.
Su libro «Mis años con Adolfo Suárez» (Plaza & Janés) es un testimonio crudo y vertiginoso de la Transición, con una calidad literaria destacada. Él mismo nos decía que le impresionaba, tantos años después, que Suárez lo hubiera escogido para tareas tan importantes. Más tarde sería nombrado director general de Prensa.
Un colaborador del presidente, ya con Suárez fallecido, le explicó: «¿Sabes qué era lo que más le gustaba de ti entonces? Tu ingenuidad». Esa ingenuidad periodística que, poco después de llegar a Moncloa, llevó a Fernando a dimitir.
Fue el día que le obligaron a informar que un ministro estaba enfermo cuando no era así.
Ónega permaneció un año en el puesto. Fue un año intenso, en el que desaparecieron «todas las estructuras represivas del franquismo, incluido el Tribunal del Orden Público». Suárez, Ónega, Torcuato, el Rey y otros lucharon contra el TOP.
Fernando Ónega (Lugo, 1947) fue el autor de los discursos más importantes de la época crucial. «Puedo prometer y prometo». «Vamos a elevar a la categoría política de normal lo que a nivel de la calle es simplemente normal».
Pero Fernando Ónega —no contribuyamos a la mitología que él rechazaba— también era un hombre divertido; irónico y ameno. Un joven que, queriendo imitar a Emilio Romero, se compró unas gafas muy llamativas, con gruesa montura negra y cristales que se oscurecían al sol. «Fuimos los primeros pastagafas».
–Te quedaban genial.
–Cabrones.
–De verdad, te daban un toque…
–Cabrones.
Ha salido el sol en Madrid, en Galicia y casi en todos lados. A contraluz, en esos cristales que se oscurecen, podemos ver a Fernando, sentado para siempre en la cocina de la casa del pueblo.

