El Mediterráneo español se ha consolidado como un motor económico fundamental para el país, pero también como un espacio donde crece el debate sobre la saturación, la vivienda y la pérdida de identidad
El turismo se ha posicionado como uno de los pilares clave de la economía española. España finalizó 2025 con cifras sin precedentes, acogiendo a 96,8 millones de turistas internacionales y alcanzando un gasto histórico de 134.712 millones de euros. Como líder mundial, según datos del Instituto Nacional de Estadística (INE), este sector representa más del 12% del PIB y del empleo, con Cataluña, Canarias y Baleares como destinos prioritarios. Esto refleja que el país ha logrado recuperarse después del desplome de 2020 provocado por la pandemia, un hecho palpable sobre todo en la costa mediterránea durante la alta temporada turística.
Durante los meses de verano, las playas del Mediterráneo se ven abarrotadas de visitantes, aunque estos comienzan a llegar con los primeros rayos de sol. Por eso es complicado hallar un espacio libre para poner la toalla en las costas de Benidorm o Puerto Banús y disfrutar del sol.
Desde hace años, en numerosos pueblos y ciudades se ha multiplicado el número de apartamentos turísticos, junto con la construcción de hoteles y rascacielos frente al mar. En algunos casos, esto ha provocado una pérdida parcial de su identidad; sin embargo, aún existen localidades costeras del Mediterráneo donde el turismo masivo no ha eliminado su carácter propio.
Entre Castellón y Almería permanecen pueblos que se han mantenido al margen de las grandes expansiones urbanísticas y donde el turismo convive con residentes permanentes.
Alcocéber (Castellón), la costa valenciana sin rascacielos
Alcocéber, perteneciente al municipio de Alcalá de Chivert en Castellón, contrasta con la idea común de una costa valenciana llena de torres de apartamentos. En esta localidad no hay un perfil urbano vertical ni paseos marítimos interminables bordeados por bloques de veinte pisos. El entorno es bajo y las playas, amplias y abiertas, están compuestas tanto por calas íntimas como por arenales orientados a familias.
La proximidad a la Sierra de Irta, un parque natural que limita la expansión urbana, ha resultado decisiva para frenar el crecimiento desmedido. El destino se caracteriza por un turismo tranquilo, estrechamente vinculado a segundas residencias familiares y menos dependiente de la rotación frecuente de plataformas de alquiler. En agosto hay animación, aunque sin sensación de agobio.
Villaricos (Almería), puerto pesquero y ritmo lento
Ubicado en el extremo oriental de Almería, Villaricos conserva una característica que se ha perdido en otros tramos del litoral: la identidad de pueblo. Su pequeño puerto, las embarcaciones amarradas y las terrazas con vistas al mar forman una escena más propia de la vida diaria que de una atracción turística masiva.
Los edificios mantienen una altura moderada y el trazado urbano sigue siendo reconocible. Los domingos, el mercadillo atrae tanto a residentes como a visitantes de la región, y la gastronomía se centra en productos locales. A pesar de su cercanía a lugares más conocidos, esta pedanía sigue siendo un espacio tranquilo ideal para desconectar.
Calella de Palafrugell (Girona), el Mediterráneo que varía con el calendario
Calella de Palafrugell evidencia cómo la estación cambia todo el panorama. En verano, sus calas y casas blancas son un imán para turistas nacionales e internacionales. Fuera de temporada, el pueblo recupera una serenidad que permite comprender por qué fue refugio de pescadores y artistas durante décadas.
Las embarcaciones varadas en la arena, el camino de ronda y las fachadas encaladas preservan una estética coherente, alejándose del urbanismo agresivo. La presión inmobiliaria existe, como en gran parte de la Costa Brava, pero el tamaño y las protecciones del entorno han impedido que se reproduzcan grandes bloques frente al mar.
La Azohía (Murcia), sin paseo marítimo extensivo
A pocos kilómetros de Cartagena, La Azohía es un lugar donde el entorno predomina sobre la especulación. No hay hoteles de gran tamaño ni paseos marítimos interminables. Predominan viviendas bajas, muchas utilizadas como segundas residencias, y una actividad vinculada al buceo y la pesca.
La ausencia de promociones inmobiliarias masivas ha permitido conservar un equilibrio frágil pero evidente: playas donde aún se puede hallar espacio incluso en temporada alta y un ambiente que no se reduce al ocio turístico. El ritmo es más pausado, sosegado, y el ambiente resulta muy familiar.
El Mediterráneo español no es homogéneo. Junto a los iconos del turismo masivo, existen enclaves que han crecido de forma más mesurada, ya sea por limitaciones geográficas, normativas urbanísticas o simplemente por falta de presión inversora. Son pueblos que aún permiten experimentar el verano sin saturación, aunque la duda sobre cuánto tiempo podrán mantenerse al margen del modelo dominante sigue vigente.
El turismo constituye uno de los principales motores de la economía española. España cerró 2025 con cifras históricas, acogiendo a 96,8 millones de turistas internacionales y registrando un gasto récord de 134.712 millones de euros. Según el Instituto Nacional de Estadística (INE), como líder mundial, el sector representa más del 12% del PIB y del empleo, con Cataluña, Canarias y Baleares como principales destinos. Esto indica que el país se ha recuperado tras el desplome sufrido en 2020 debido a la pandemia, algo especialmente visible en la costa mediterránea durante la temporada alta de turismo masivo.

