Cirujano extranjero realizando actividades profesionales en Praga, la ciudad natal de Kafka

La capital representa un destino esencial: su gastronomía, sus habitantes, su historia… constituyen un atractivo para una escapada de fin de semana. El escritor sufrió tuberculosis y, ante la ausencia de antibióticos eficaces, tuvo que recurrir a reposo, aire fresco y estancias en sanatorios

Foto: Iglesia de San Nicolás en Old Town, Praga. (R.H.E.)

La sabiduría popular afirma que lo único que se lleva uno a la tumba es lo amado y vivido. Sin embargo, añadiría también lo experimentado en los viajes, y no como un tercer aspecto. Viajar constituye una vivencia hermosa que permite descubrir otras formas de pensar, disfrutar, vivir y amar. Partiendo de esta convicción, cada vez más firmemente asentada con los años, la Santa y yo tomamos la maleta y nos desplazamos unos días a Praga. Se trata de un destino altamente recomendable en todos los sentidos: una ciudad con profunda historia, una capital con edificios imponentes; gente amable, precios accesibles y, no menos importante, una gastronomía rica acompañada de excelente cerveza.

En efecto, Praga ofrece dos características gastronómicas significativas que podrían, si no se consumen con mesura, afectar la salud cardiovascular del visitante. Para mí, las figuras principales son el codillo y la cerveza. El codillo de cerdo corresponde a la parte de la pata que conecta dos huesos (el codo) y resulta sencillamente exquisito. Su intenso sabor aromático se debe a la abundancia de grasa. En la preparación, la pieza se cuece por varias horas según algunas recetas. Este plato tradicional se presenta como un trozo grande de carne asada o ahumada, con una piel crujiente característica que cubre una carne tierna y jugosa que se desprende del hueso con apenas un toque del cuchillo. Indudablemente, se hace la boca agua solo de imaginarlo.

La otra especialidad gastronómica es la cerveza. La República Checa cuenta con una extensa tradición cervecera en todas las antiguas regiones que ahora integran el país. Las cervezas más producidas y consumidas son del tipo pilsner de baja fermentación, lo que las dota de un sabor ligero y refrescante, ideal para maridar sin sensación de pesadez. Los checos lideran el consumo de cerveza per cápita a nivel mundial. Esto no resulta sorprendente al probar sus destacadas cervezas, práctica a la que la Santa y yo nos entregamos con entusiasmo durante el viaje. Aunque no sea lo más adecuado para la salud cardiovascular, mantuvimos la intención de no excedernos y con la esperanza de compensar a nuestro regreso.

Tal como nos informó el atento recepcionista del hotel, Praga es una ciudad entregada a Kafka. Cualquier visitante de esta capital checa se percata de que su presencia se manifiesta en múltiples rincones: estatuas, placas, homenajes, museos o referencias culturales. En el barrio judío, cerca de la Sinagoga Española, se encuentra la estatua de Franz Kafka del artista Jaroslav Róna, instalada en diciembre de 2003. Representa al escritor bohemio sentado sobre los hombros de una figura sin cabeza, inspirada en el relato de 1912 «Descripción de una lucha», una de sus primeras obras experimentales publicadas póstumamente. Relata, en primera persona y con un estilo onírico y surrealista, un paseo nocturno entre el protagonista y un conocido.

Estatua de Franz Kafka del artista Jaroslav Róna instalada en la calle Vězeňská del barrio judío de Praga en diciembre de 2003. (R.H.E.)

La Cabeza de Franz Kafka constituye otra obra visible para los visitantes. Nos alojábamos cerca, así que esta estructura cinética nos saludaba al salir y regresar por la noche tras nuestras exploraciones. La escultura articulada varía su color y posición periódicamente. Se trata de un monumento llamativo, con un toque moderno que armoniza con los edificios adyacentes. Fue instalada en 2014 cerca de una caja de ahorros donde trabajó el escritor y siempre atrae a turistas que se fotografían a su alrededor, especialmente cuando cambia de orientación.

Al avanzar por la ciudad entre la neblina, descubres casi sin buscarlo varias casas donde residió el autor de La metamorfosis. Inicialmente uno puede pensar que se trate de un reclamo turístico promovido por el concejal de turismo local (¿realmente vivió en tantas casas?). Pero no. En realidad, residió en un piso del Palacio Schönborn, donde hoy se ubica la embajada americana (como señala una placa en la puerta), y también en el número 22 del Callejón del Oro, junto al castillo de Praga, esta última la vivienda más emblemática vinculada al autor. Allí escribió algunas de sus obras más destacadas y padeció gran parte de su enfermedad. Se puede visitar, aunque es una casa pequeña y no destinada al gran número de curiosos que la recorren con cámaras. Solo un vistazo desde el umbral permite imaginarlo escribiendo intensamente en su interior.

Cuenta con un museo dedicado. Aunque inicialmente dudé en visitarlo, a pesar de que Kafka es uno de mis referentes, por la información disponible en redes que sugería un lugar más turístico que serio; un edificio modesto centrado en unos pocos documentos y fotografías. Consulté al recepcionista esa mañana y respondió con un encogimiento de hombros educado (usted decide). Recordé que no se puede esperar que alguien en un hotel internacional adapte sus respuestas turísticas al gusto particular de cada huésped.

El museo de Kafka

No recuerdo exactamente cuándo, caminando por la ciudad, nos topamos con el museo. Praga tiene esa cualidad: es una ciudad compacta, acogedora y fácil de recorrer, en la que puedes perderte y reencontrarte tantas veces como desees. Lo que ya has visto gusta ser revisitado y lo nuevo se explora sin dilación. La arquitectura refleja una historia milenaria, combinando armoniosamente estilos románico, gótico, renacentista, barroco y modernista. Monumentos destacados como el Castillo de Praga, la Catedral de San Vito y el Puente de Carlos evidencian su riqueza artística y cultural.

Finalmente, decidimos visitar el museo. Aunque no fue una residencia de Kafka ni exhibe sus objetos personales, ni muestra su escritorio o las plumas con que escribió, encontré la organización del museo destacable. Presenta una importante colección de documentos, cartas y manuscritos, en un ambiente sombrío que sumerge al visitante en el mundo existencialista, absurdo, burocrático y sufriente que experimentó (y quiso plasmar) el autor, mediante fotografías inéditas, primeras ediciones y proyecciones audiovisuales.

Franz Kafka fue un escritor excepcional que cumplió con los requisitos para alcanzar la posteridad: dominaba su arte, murió joven y su obra estuvo rodeada de una leyenda (pidió a su amigo Max Brod destruir sin leer sus manuscritos, cartas y diarios). Además, el término “kafkiano” se emplea para describir situaciones y conceptos que él reflejó en su narrativa (como Dante y lo “dantesco”). Lo kafkiano evoca entornos donde la burocracia domina al individuo, a menudo en contextos surrealistas que generan desorientación e impotencia. Los elementos kafkianos han trascendido y se aplican hoy a sucesos cotidianos complejos, extraños o ilógicos. Este término forma parte de nuestro vocabulario diario.

A través de sus textos originales exhibidos en grandes vitrinas, y mediante su filosofía y cosmovisión plasmadas en sus escritos, el visitante obtiene una noción de la personalidad de Kafka, de sus relaciones conflictivas con varias mujeres con quienes compartió su vida, y de su enfermedad, que deterioró su salud física hasta su desaparición.

Franz Kafka padeció tuberculosis, una enfermedad infecciosa causada por la bacteria Mycobacterium tuberculosis. En su época (inicios del siglo XX) no existían antibióticos efectivos, de modo que el tratamiento se basaba en reposo, aire puro y estancias en sanatorios, como describe Thomas Mann en La montaña mágica, donde los pacientes recibían aire frío de la montaña, sentados en sus chaise longue en terrazas particulares, envueltos en mantas estratégicamente colocadas sobre sus cuerpos debilitados. Kafka fue diagnosticado en 1917, a los 34 años. Desde entonces su salud fue frágil, con mejorías y recaídas. Visitó numerosos sanatorios con resultados variables y un empeoramiento progresivo acorde con la evolución natural de la enfermedad que conocemos bien hoy.

Kafka siguió trabajando enfermo, incluso estando debilitado por una inflamación laríngea que le impedía alimentarse. Quienes lo acompañaban describen aquella escena como un “espectáculo macabro”. Kafka, comprometido vegetariano, corregía las galeradas de sus últimos escritos mientras comentaba a sus allegados que “era fácil para los vegetarianos comer su propia carne”.

Tras la muerte de Kafka en junio de 1924, Max Brod reunió todos los papeles del escritor que se encontraban en el hospital donde habían ingresado y en la habitación familiar en Praga. Brod ignoró las instrucciones de Kafka: “Sabía que yo no cumpliría esas órdenes. El mundo merecía sus papeles. Si quisiera destruirlos verdaderamente, se lo habría pedido a otro”, explicó su amigo. La literatura mundial agradece su incumplimiento de la última voluntad del autor.

Informe médico sobre el estado de salud de Kafka, fechado el 25 de agosto de 1921, firmado por el Dr. Strebinger, del sanatorio de Tatranské-Matliary. (R.H.E.)

La mañana de la partida amaneció muy fría, con una nevada intensa. “No hay motivo para alarmarse; están preparados para esto”, pensé, como cualquier viajero proveniente del Mediterráneo. Aun así, dudaba razonablemente si estábamos presenciando el inicio de una supernevada que impidiera la salida del avión. A la Santa y a mí nos restaban aún algunas horas en la ciudad de Kafka. Desayunamos en el emblemático Café Louvre, recomendado por nuestro amable conserje. Fundado en 1902 y situado en la Avenida Nacional, es un café histórico de estilo francés que fue punto de encuentro para intelectuales y artistas, entre ellos Franz Kafka y, según se cuenta, Albert Einstein. Cerrado en 1948 por el partido comunista, reabrió en 1992 conservando su encanto de la belle époque con sus paredes rosas y molduras rococó.

La carta es variada y con cierto aire pretencioso, muy al estilo francés. Optamos por la sencillez típica de turistas entregados y elegimos un desayuno típico checo que, servido en grandes bandejas plateadas (presuntamente de la época), no resulta nada espectacular. Es correcto; allí se viene a disfrutar de un ambiente de otro tiempo, no a saciar el apetito con abundancia (¿Cuántos eventos habrán ocurrido entre estas paredes a lo largo de los años? ¿Cuántas reuniones nazis? ¿Cuántas intrigas soviéticas?). El local es hermoso y la atención, impecable.

El servicio de caballeros posee un detalle espectacular desconocido por mí: un dispensador de colonias de marca. Se introducen las coronas indicadas, se acerca el cuello a un orificio que está bajo el frasco elegido (expuestos detrás de cristal, todos dentro de la máquina dispensadora) y recibes una generosa ráfaga de perfume que impregna el aroma deseado. Sin coronas, no pude usarlo, pero sí fotografiarlo. Justo cuando iba a encuadrar, la gran puerta de vidrio esmerilado que separa del salón se abrió y entró otro cliente. Me sonrojé y cancelé la operación. “Pensará que soy un turista despistado”, pensé, aunque eso mismo era. Su expresión de sorpresa ante verme al lado de la máquina reveló que había notado mi timidez, lo que me hizo salir apresuradamente, presa de la culpa del extraño en terreno ajeno.

Praga, la ciudad de Kafka

Al salir del hotel rumbo al aeropuerto, comenté al amable recepcionista que tenía razón, aunque no era que Praga estuviera volcada con Kafka, sino que Praga es, más bien, la ciudad de Kafka. Está presente en cada rincón, en cada esquina. Es un orgullo de la ciudad que se percibe y respira en librerías y restaurantes. Aunque no imagino a Franz degustando un codillo debido a su vegetarianismo, sí puedo imaginarlo tomando una cerveza con su padre tras un baño en la piscina, como él mismo narró en alguna carta.

Ya en el avión, despegamos. La aeronave atravesó la densa niebla sin dificultad y nos devolvió al tedio de nuestras tareas diarias, las que nos permiten solvencia económica y nos facilitan viajes. Viajar para romper la rutina de vez en cuando y luego volver para reponer recursos, así sucesivamente en un ciclo kafkiano que denominamos vida, rutina, supervivencia, existencia (dependiendo del ánimo). Porque viajar es, en definitiva, de lo poco que uno se puede llevar a la tumba.

Visiten Praga. Que se mejoren.

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