Pedro Sánchez fortalece su plan político de cara a 2027, apoyándose en Gabriel Rufián y varios grupos nacionalistas e independentistas.
La intervención de Sánchez en el Congreso estuvo dominada por discusiones sobre la amnistía, las fallas ferroviarias y el uso simbólico de los pinganillos para escuchar a los portavoces catalanes.
Gabriel Rufián surge como un actor principal a la izquierda del PSOE, relegando a Yolanda Díaz y forjando alianzas para futuras investiduras.
El choque entre Sánchez y Feijóo se agrava, con denuncias mutuas, mientras se configura una dinámica de bloques entre el Gobierno y la derecha, en la que Vox gana protagonismo.
Resulta más rápido leer Ulises de Joyce que desenredar el cable de los pinganillos en el Congreso. Por eso, cuando aparece Sánchez, compareciendo dos meses después, intentando hacerlo, uno siente una cercanía propia del socialismo.
Ahí estaba el presidente, sentado en su escaño, desenrollando el cable que lo aprieta, conectando la clavija; y resultaba inevitable percibirlo cercano, casi como un compañero de sauna. Al acabar, compartíamos la amnistía, los indultos e incluso la supresión del delito de sedición.
Después llegó el momento culminante, el instante apocalíptico. Bolaños se acercó para susurrarle al oído, pero él seguía atado al pinganillo. Decía el ministro de Justicia, pero lo crucial era escuchar –y comprender– a Miriam Nogueras, la representante de Carles Puigdemont. Que la Justicia no frene la voluntad del exiliado.
Esos breves segundos se reprodujeron en varios puntos durante la mañana. Resultó especialmente significativa la escena donde Sánchez, tras finalizar Nogueras su discurso en la tribuna, permaneció cabizbajo, atento, escuchando la voz del traductor como si fuera la voz divina.
Según Cioran, los españoles nos hacemos preguntas sobre España que el resto de la humanidad reserva para la religión. El problema es que Sánchez no se las formula a sí mismo; se las dirige a Puigdemont.
El regreso al Congreso trajo una comparecencia ómnibus, donde cabían todo tipo de temas: trenes, asuntos internacionales, acoso, Covid… y hasta sucesos anteriores a nuestra propia existencia. El «ómnibus» es la fórmula de Sánchez: todo incluido. O nosotros o el fascismo. Sin opción a debatir o legislar sobre puntos específicos, que es precisamente lo que en la escuela aprendimos como democracia.
Sánchez representa una unidad de destino a nivel universal.
Ese pequeño pinganillo, aparentemente insignificante en medio de tanta disputa, era el hilo invisible que explicaba –y justificaba– todo. No importaba lo que dijera el padre Feijóo, ni lo que expusiera Sánchez. Si la amnistía para Puigdemont se cristaliza, y ya hay presión de la Fiscalía y de la Abogacía del Estado al Supremo, la oportunidad estará abierta.
Mientras tanto, todo lo que ocurría era evanescente. Muy vergonzoso, pero evanescente.
Las cuatro horas de debate pueden resumirse así: Sánchez insinuó que la tragedia de Adamuz fue inevitable, que el mantenimiento de infraestructuras es excelente, que sus políticas –y las de Puente– son efectivas y que, bueno, algo más sí se puede hacer: mejorarán protocolos y supervisión en las vías.
El padre Feijóo, molesto por las burlas de Sánchez referidas a sus lapsus en la campaña aragonesa, lanzó una avalancha de datos y lo acusó de «jugar a la ruleta rusa con nuestra seguridad».
Todo ello envuelto –por ambas partes– en una gran cantidad de datos imposibles de verificar inmediatamente.
Sin embargo, como mencionamos, lo más importante de la sesión fue el pinganillo y ciertos detalles que enumeramos a continuación.
El pinganillo resulta indispensable para llegar a las elecciones generales de 2027. «No es un problema de trenes. Esto es un caos. No funcionan las políticas sociales, las de vivienda ni la economía productiva. Solo vemos propaganda que pagamos todos». Esa fue la frase más clara de la mañana… y la pronunció Nogueras. Aunque lo dijo, es usual como una cláusula de precio. El derecho a la autodeterminación puede disolver cualquier caos.
En ese camino –que Sánchez no duda en alcanzar–, es preciso fortalecer a la izquierda del PSOE con algo capaz de obtener varios escaños en 2027 para investir a Sánchez. Y ese algo, Moncloa ya lo decidió, es Gabriel Rufián, que viste traje y corbata, y ha pasado de buscar la fragmentación territorial a articular la izquierda española.
Rufián es brillante. En dos años, ha leído las obras completas de Ortega y Gasset. No todo podía ser Ortega Smith.
Otro dato registrado: para elevar a Rufián, es necesario enterrar a Yolanda Díaz. Yolanda y Rufián siempre tuvieron fricciones. En parte, porque Rufián y Pablo Iglesias siempre mantuvieron buena relación. Así, cuando Rufián subía a su escaño, Ernest Urtasun, ministro vinculado a Yolanda, le saludaba con una palmada fraternal en la espalda.
Un beso de Judas. Los pesos pesados de Sumar –donde Urtasun es uno de los más destacados– abrazarán a Rufián en su momento. Queda consignado.
Pero en esta Transición interna de la izquierda, este viaje de Rufián hacia la UCD de lo que queda junto al PSOE, también fue necesario un gesto recíproco. El afecto de Rufián por Sánchez, y no solo al revés. Rufián se entregó completamente. Dejó de lado críticas duras al Gobierno y creó el mejor discurso posible sobre Óscar Puente.
Como si estuviera en la coctelería de Chicote, mezcló las tragedias de la Dana y Adamuz, presentando a Puente como un general De Gaulle frente a Carlos Mazón. En la bancada socialista, carente de liderazgos, no podían creerlo. Rompieron en aplausos con ojos como vidrios a punto de estallar.
Finalmente, Rufián cerró con un lema brillante: «Prefiero ser adjunto de Patxi López que siervo de Ayuso«. Ahí se encontraba la gran coalición. Por un lado Sánchez, por otro Rufián. Después, todos Junts.
El mayor enigma del sanchismo es, en esencia, la elasticidad de sus seguidores. Cómo es posible aplaudir a un político que sube a la tribuna sin saber qué va a decir. Los aficionados del Madrid son un millón de veces más críticos con su equipo que los diputados socialistas con Sánchez.
Otro detalle a consignar: Patxi López estuvo nervioso, hablando por teléfono varios minutos antes de comenzar, dando vueltas sobre sí mismo. Como el Gobierno con sus ideas sobre Bildu, sedición, malversación, Podemos, insomnio, cierre del Ministerio de Defensa, noción de nación, tantas cosas, y Patxi girando. Todos girando. Pero siempre aplaudiendo en la misma dirección.
La caja negra del PSOE es muy pequeña y cabe en el puño de Sánchez. Es la caja de Smint que lleva María Jesús Montero al escaño en cada sesión, y de la que luego él se alimenta. Nadie más puede abrirla mientras él esté presente. Cuando se marche, si llega ese momento, será tarde. Y no quedará nada. A la izquierda, a sus aplaudidores, solo les quedará la mayor de sus pesadillas, que es en realidad la pesadilla compartida con Feijóo: la extrema derecha en el poder.
Sánchez llegó con un discurso escrito de decenas de páginas. No quiso responder por separado a cada interviniente para que, mientras hablaban los demás, el gabinete le pudiera redactar otro texto aún más largo. Se notó que el segundo fue preparado en menos tiempo. Porque al intentar incluir en un solo discurso el cambio climático, fascismo, machismo, Ayuso, Vox y la Dana, surgieron errores de coherencia.
Hablaba Sánchez de la extrema derecha y, de repente, lanzó: «Y ha habido ocho borrascas en los últimos días». O cuando añadió: «Quieren desinformar a la información».
Lo más destacado, otro indicio de cara al futuro, fue que Sánchez ya no comparó a Feijóo con Vox. Afirmó que es igual que Abascal, Alvise y Vito Quiles. Algo que denota bastante miopía, pero que Feijóo insiste en permitir con fichajes inexplicables, como el de Quiles cerrando la campaña en Aragón.
Si Feijóo, además de Sánchez, fomenta el crecimiento de Vox; Abascal ya no será la tercera fuerza, sino la segunda.
Sánchez no reconoce la dimensión espacio-temporal. Culpa a Feijóo del 11-M, del Metro de Valencia, del accidente de Angrois y de muchos sucesos más. Sánchez, como el rubio americano, es defensor acérrimo de la «realidad alternativa». El Partido Comunista de España es un partido que luchó y creyó en la libertad, no como Vox ahora ni Franco antes. ¡Lo dijo!
El Partido Comunista defendió la libertad en la Transición, pero dio un golpe a la República y promovió checas y soviets en la retaguardia. ¡Veremos si Sánchez habla mejor del PCE que Carrillo! Lo relevante no es la mixtificación, sino la dinámica de bloques que subyace: la batalla definitiva, con Sánchez, Rufián y los independentismos a un lado; Feijóo y la extrema derecha al otro. Ese es el partido que se jugará en 2027.
Este miércoles 11 de febrero, todas las piezas quedaron encajadas. Como dijo el presidente, si se colocan las vías del AVE en línea recta, se puede unir el Polo Norte con el Polo Sur. Y si se traza su discurso en línea recta –¡lo que costó!– se puede juntar a Sánchez con Rufián, Puigdemont y todos los nacionalismos. De nuevo.

