
Fuente de la imagen, American Institute of Physics
Información del artículo
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- Autor, Dalia Ventura
- Título del autor, BBC News Mundo
- 8 febrero 2026
- Tiempo de lectura: 11 min
“Respetado señor”, comenzaba una carta que recibió Albert Einstein, ya laureado con el Nobel y muy reconocido, un día de junio de 1924.
El mensaje procedía de la Universidad de Daca, ubicada en la India británica, en una región periférica al epicentro científico mundial, donde el conocimiento establecido se estaba revolucionando.
“Me he tomado la libertad de enviarle el artículo adjunto para su evaluación y opinión. Estoy ansioso por conocer su juicio. Si considera que el trabajo merece difusión, le agradecería que gestionara su publicación en Zeitschrift für Physik”.
La revista alemana Zeitschrift für Physik, por entonces, era una de las publicaciones más destacadas en física teórica y experimental a nivel mundial.
¿Quién fue el remitente de esa carta y qué lo llevó a hacer esa petición?
Se describía como “un completo desconocido” para Einstein, sin embargo expresaba: “No tengo duda en hacerle esta solicitud, ya que todos somos sus discípulos”.
Además, explicaba que no era su primera comunicación: “No sé si recuerda que desde Calcuta alguien le pidió permiso para traducir sus trabajos sobre relatividad al inglés. Usted aceptó esa petición. El libro fue publicado. Yo fui quien tradujo esos trabajos”.
Y firmaba con: “Atentamente, S. N. Bose”.
Adjunto enviaba un artículo que ya había remitido para publicación en la prestigiosa Philosophical Magazine de la Real Sociedad británica, pero que fue descartado.
Por suerte, no se rindió: fue necesario el ingenio y la visión de Einstein para reconocer la relevancia de aquel estudio.
El físico y matemático Satyendra Nath Bose descubrió la solución a un problema que ni siquiera Einstein pudo resolver por sí mismo.
En apenas ocho días, el maestro de la relatividad tenía el artículo traducido al alemán y listo para su publicación en Zeitschrift für Physik, junto con una nota donde calificaba el trabajo como “un avance importante” y anunciaba que ampliaría esas ideas revolucionarias.
A Bose le envió una postal confirmando que su trabajo era “un significativo paso adelante”, agregando: “Me alegra mucho”.
Ese avance, con el tiempo, se volvió cada vez más trascendental.

Fuente de la imagen, S.N. Bose National Centre for Basic Sciences
De aquella breve pero intensa colaboración entre Einstein y Bose surgieron descubrimientos pioneros en ciencia cuántica que continúan modificando nuestra realidad.
No obstante, pese a haber aportado a transformar la ciencia del siglo XX, colaborar con Marie Curie, inspirar al poeta Tagore y relacionarse con destacados científicos y artistas, el físico indio es poco reconocido.
Es un placer conocerlo.
110 sobre 100
Bose nació el 1 de enero de 1894 en Calcuta, dentro de una familia vinculada al Renacimiento bengalí, un movimiento que promovía la educación moderna y la renovación cultural en la India colonial.
Desde pequeño destacó por su inteligencia.
Entre las diversas anécdotas que circulan sobre su genio —algunas reales, otras quizá exageradas— se cuenta que un profesor impresionado con uno de sus trabajos le asignó una calificación de 110 sobre 100.
El maestro estaba seguro de que aquel alumno llegaría a ser un matemático brillante.
Siempre curioso por la producción intelectual y artística, Bose finalmente se inclinó hacia las matemáticas como carrera profesional.
Como su amigo y colega, el futuro astrofísico Meghnad Saha, estaba fascinado por la física teórica, especialmente por la nueva teoría cuántica que los científicos alemanes desarrollaban.
Tras graduarse y convertirse en profesores en la Universidad de Calcuta, Bose y Saha emprendieron una labor poco usual: traducir al inglés los textos originales de Einstein y Hermann Minkowski sobre relatividad, una labor inédita hasta entonces.
¿Recuerdas que en su carta a Einstein Bose mencionó un contacto previo?
Esa fue la razón: para respetar los derechos de autor del gran físico, le pidió un permiso especial.
Einstein accedió con gusto y el libro The Principle of Relativity, publicado en 1920, fue la primera compilación en inglés de esos artículos esenciales.
Más que una simple traducción, constituyó un puente hacia el conocimiento global, facilitando la difusión de ideas revolucionarias en una época en la que la información científica tardaba en cruzar fronteras.

Fuente de la imagen, S.N. Bose National Centre for Basic Sciences
Sin embargo, fue al trasladarse de Calcuta a la Universidad de Daca cuando realmente logró un hito histórico, con un artículo titulado “La ley de Planck y la hipótesis cuántica de la luz” que remitió a Einstein.
Ese trabajo abrió nuevas puertas al conocimiento.
Gracias a Einstein, Bose obtuvo además una beca para investigar en Europa y colaborar con los laboratorios y científicos de mayor prestigio en aquel momento.
El encuentro curioso con Marie Curie
Bose llegó a París en octubre de 1924 y pronto se integró en los ambientes científicos locales, asistiendo a charlas y conferencias impartidas por los físicos Paul Langevin y Louis de Broglie.
Interesado en aprender técnicas experimentales de radiactividad, Langevin le entregó una carta de presentación para conocer a Marie Curie en el Radium Institute.
Bose contó que, tras recibir un saludo “con cariño”, Curie le dijo: “Sin duda tendrás ocasión de trabajar conmigo, pero no inmediatamente, sino dentro de tres o cuatro meses. Primero tendrás que dominar el idioma; si no, te será difícil desenvolver en el laboratorio”.
“Me recomendó que conociera a una hermosa francesa de la que debería aprender. Así que buscamos por París a esa mujer tan atractiva. En realidad, yo sabía francés: podía leer y escribir, pero no se lo dije a madame Curie porque ella no paraba de hablar”.
Bose consideró todo el episodio con humor y, en la espera para integrarse formalmente al laboratorio de Curie, aprovechó su tiempo en París para colaborar con otros investigadores y familiarizarse con técnicas avanzadas en física experimental.
Entre esos investigadores estuvo la física francesa Jacqueline Zadoc-Kahn Eisenmann, con quien estableció una fuerte amistad.
La correspondencia entre ambos revela el dinámico intercambio intelectual sobre física cuántica de la época, como muestra esta carta que Bose le envió desde Berlín en 1925:
«Mi querida Jacqueline, tu pronta respuesta me alegró, aunque mezclada con tristeza: me hizo pensar en lo poco que te vi el último día.
»Parece que en Berlín todos están muy entusiasmados con el avance de la física.
»El 1 y el 28 del mes pasado, [Werner] Heisenberg habló en el coloquio sobre su teoría. La mayoría está desconcertada, y pronto se discutirá el trabajo de [Erwin] Schrödinger.
»Einstein parece estar muy emocionado con ello. El otro día, volviendo del coloquio en tren, nos encontró en el mismo compartimento y comenzó a hablar apasionadamente de lo que acabábamos de escuchar.
»Todos guardábamos silencio mientras él hablaba casi sin pausa, sin darse cuenta del interés y la fascinación que despertaba entre los demás pasajeros».
Regreso a casa

Fuente de la imagen, S.N. Bose National Centre for Basic Sciences
Cualquier físico que visitaba Berlín en los años 20 debía sentirse un poco como un músico que llegaba a Liverpool en los años 60, comentó la física y escritora Sharon Ann Holgate en el perfil radial de Bose de BBC The Indian Particle Man.
Algunas de las mentes más brillantes de principios del siglo XX debatían allí los detalles de la extraña nueva física cuántica que parecía casi incomprensible.
“Nunca en la vida tendrás la oportunidad de conocer a personas tan grandes de la ciencia”, señaló Bose.
Sin embargo, India y su familia lo esperaban.
Al regresar, Bose se estableció como una figura clave en la física del país, combinando enseñanza, investigación y liderazgo institucional, influyendo en generaciones de científicos.
Defendió con firmeza la importancia de impartir la enseñanza científica en las lenguas nativas de India en lugar del inglés.
Según su nieto, Falguni Sarkar, que habló con la BBC, Bose admiraba países como Israel y Japón por haber logrado una cultura científica sólida y aportes destacados mediante el uso de sus propias lenguas.
Sin embargo, la idea encontró resistencia. Partha Ghose, discípulo de Bose, recordó que le preguntó por qué insistía tanto en el tema, y recibió una respuesta “muy convincente”.
“No pienso en personas como tú, que se dedican a la ciencia —le dijo Bose—. Pienso en el indio promedio: ¿por qué tendría que aprender un idioma extranjero para entender los conceptos básicos de la ciencia?”.

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Su actividad no se limitó a la ciencia; también fue un intelectual humanista profundamente interesado en la música —especialmente la música clásica india—, la literatura y el arte, participando activamente en los círculos culturales de su época, convencido de que la creatividad científica formaba parte de un impulso creativo más amplio.
Pero volvamos a la innovación científica de Bose y Einstein, y a ese artículo.
El talento de Bose
A finales del siglo XIX, la física enfrentaba un problema que parecía simple: cómo un objeto caliente emite luz, más precisamente, cuánta luz emite en cada color según su temperatura. Si se calienta un metal, ¿cuánta luz roja aparece?, ¿cuánta luz azul?, ¿cómo cambia esa distribución conforme aumenta la temperatura?
La física clásica intentó explicarlo con las leyes conocidas del electromagnetismo y la termodinámica… pero falló estrepitosamente.
Las ecuaciones indicaban que un cuerpo debería irradiar una cantidad infinita de radiación ultravioleta, algo que no sucedía en realidad. A ese fenómeno absurdo se le llamó, con ironía, la catástrofe ultravioleta.
El problema era profundo: no se trataba de un error experimental, sino de un conflicto interno en la teoría. Las mismas leyes que describían el mundo cotidiano conducían a un sinsentido matemático en este caso.
Comprender cómo un cuerpo caliente emite luz no era un detalle menor, sino una señal de que algo fundamental fallaba en la concepción misma de la energía y la radiación.
Resolverlo requería cambiar por completo las reglas del juego.

Fuente de la imagen, S. N. Bose National Centre for Basic Sciences
En 1900, el físico alemán Max Planck solucionó el enigma con una propuesta radical para la época: la energía no se transfería de modo continuo, sino en pequeños “paquetes” o cuantos, cuyo tamaño dependía de la frecuencia de la radiación.
Su ecuación describía con exactitud cómo los objetos emiten luz según su temperatura.
Lo sorprendente no fue solo que funcionara, sino la implicación: la energía estaba cuantizada. Esa ruptura con la física clásica abrió la puerta a la física cuántica.
Años después, Einstein llevó la idea un paso más allá y la aplicó directamente a la luz, proponiendo que la radiación viajaba en cuantos —los fotones— para explicar fenómenos que la física clásica no contemplaba.
Pese a ello, la física emergente se asentaba aún sobre bases conceptuales inestables. La ley de Planck funcionaba perfectamente, pero su justificación teórica seguía siendo insatisfactoria, apoyada en supuestos heredados de la física clásica que resultaban cada vez más precarios.
Fue entonces cuando Bose revolucionó el enfoque.
Consideró la luz no como una onda continua, sino como un conjunto de cuantos indistinguibles, y contó las posibles distribuciones sin recurrir a los conceptos heredados de la física clásica.
El resultado fue claro y contundente: la ley de Planck surgía de forma natural, sin inconsistencias ni trucos.
De esta manera, Bose no solo fundamentó una de las fórmulas clave de la física moderna, sino que demostró que la hipótesis de los cuantos de luz no era un recurso provisional, sino una pieza fundamental para una nueva visión de la naturaleza.
La genialidad de Einstein

Fuente de la imagen, NIST
Einstein entendió de inmediato la importancia del hallazgo.
Vio que Bose no había aplicado un artificio matemático, sino que había encontrado un método nuevo para contar, una forma inédita de describir sistemas formados por partículas indistinguibles.
Y aquí ocurrió un giro inesperado.
Einstein pensó: si esta técnica funciona para la luz, ¿qué pasaría si se aplicara a la materia?
Al hacerlo, predijo un efecto sorprendente: que a temperaturas extremadamente bajas muchas partículas podrían condensarse en un único estado cuántico, comportándose como un solo objeto macroscópico.
Así nació, al menos en teoría, el condensado de Bose-Einstein, conocido popularmente como el quinto estado de la materia.
Pasaron casi setenta años antes de que los científicos confirmaran experimentalmente la predicción de Einstein.
Hoy, las ideas de Bose y Einstein son la base de tecnologías avanzadas, desde computadoras cuánticas hasta imanes superconductores usados en resonancias magnéticas y en los grandes aceleradores del CERN.
Incluso las matemáticas desarrolladas para la superconductividad inspiraron los modelos que condujeron al descubrimiento de la partícula de Higgs y su función en la estructura del universo.
Aunque varios descubrimientos vinculados a este marco teórico han merecido Premios Nobel, Bose no recibió dicho galardón. Su legado, sin embargo, perdura en la física.
Su apellido dio nombre a los bosones, una de las dos principales familias de partículas fundamentales, combinación del nombre “Bose” y el sufijo griego “-on”, tradicional en la nomenclatura subatómica.
Como expresó el destacado físico y biógrafo de Einstein, Abraham Pais (1982): “El artículo de Bose es el cuarto y último de los trabajos revolucionarios de la antigua teoría cuántica; los otros tres son de Planck, Einstein y Bohr”.
¡Nada menos que la élite de la física que transformó nuestro mundo!

