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Información del artículo
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- Autor, BBC News Mundo
- Título del autor, Redacción
- 7 febrero 2026
- Tiempo de lectura: 6 min
"Despacio que tengo prisa".
Es probable que hayas oído, o incluso expresado, esta frase o alguna similar para invitar a la tranquilidad: aunque algo sea urgente, si nos apresuramos demasiado, las equivocaciones se vuelven más frecuentes y, al final, terminamos perdiendo más tiempo.
Este concepto cobra mayor relevancia cuando hablamos de conducir.
Aunque resulta lógico que apures el paso si necesitas llegar pronto, las matemáticas vinculadas a la velocidad en calles y autopistas pueden hacerte reconsiderar esa decisión.
La cantidad de tiempo que se ahorra disminuye a medida que se incrementa la velocidad, mientras que la probabilidad de un accidente fatal se incrementa notablemente.
Estos datos, respaldados por varios estudios, corroboran esta realidad.
Para aclarar: no se afirma que un mayor ritmo no acorte el tiempo de llegada, sino que las expectativas no siempre coinciden con la realidad.
Aumentar la velocidad es una manera de compensar el tiempo perdido y arribar con mayor rapidez, pero existe un umbral en el que esa ventaja es casi nula, mientras que el riesgo se torna elevado.
Tomemos un ejemplo: un trayecto de 10 kilómetros.
Si se circula a 10 km/h, el viaje durará una hora. A 20 km/h, la duración se reduce a media hora, lo que representa un ahorro significativo.
¿Todavía parece mucho?
Al subir a 30 km/h, se gana 10 minutos respecto a ir a 20 km/h, una mejora que puede justificar el esfuerzo.
¿Y a 40 km/h? Sí, en este caso el tiempo de recorrido es de apenas 15 minutos.
¿Has observado el patrón?
Aunque la diferencia entre 10 km/h y 40 km/h es considerable —15 minutos frente a una hora—, el beneficio por cada incremento constante de velocidad va disminuyendo.
Así, aumentar 10 km/h primero supone un ahorro de 30 minutos, luego de 10 y finalmente sólo 5 minutos.
Este patrón se mantiene, y resulta aún más evidente al analizar velocidades superiores.
La tendencia es evidente.
Sin embargo, aunque el ahorro sea pequeño, en ocasiones esos 10 minutos que se ganan al ir a 120 km/h en lugar de 100 pueden ser clave; quizás es crucial llegar puntual a una cita importante.
Pero cabe destacar otro aspecto.
Estos cálculos provienen de entornos controlados.
En circunstancias reales, los ahorros se reducen aún más debido a semáforos, tráfico, condiciones climáticas y del camino, entre otros factores. Muchas veces es preferible avisar el retraso que intentar llegar apresurado.
No solo por estas razones matemáticas, sino también debido a los riesgos involucrados.
El peligro en números
Mientras que la ventaja de reducir el tiempo mediante la velocidad disminuye, el peligro de sufrir un accidente por exceso y la gravedad de sus consecuencias aumentan drásticamente.
A mayor velocidad, el tiempo para reaccionar ante imprevistos como obstáculos o frenadas repentinas se reduce considerablemente.
Además, la distancia que recorrerá el vehículo tras pisar el freno crece exponencialmente con el aumento de la velocidad.
Por ejemplo, según datos del Departamento de Transporte y Automovilismo del Gobierno de Queensland, Australia:
Imaginemos a un conductor común en una calle seca.
- A 40 km/h, la distancia de reacción es de 17 metros y la frenada completa abarca 26 metros;
- A 80 km/h, la reacción tarda aproximadamente 33 metros y la frenada completa llega a 69 metros;
- Y a 110 km/h, reaccionará tras recorrer 45 metros y se detendrá 113 metros después.
Esto significa que a 80 km/h, aun pisando el freno con fuerza al detectar un peligro, el coche avanzará más de 100 metros sin poder evitar el obstáculo, casi una cuadra entera.
Aquí es donde los números adquieren una dimensión trágica.
Las consecuencias en cifras

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La velocidad no solo determina el tiempo de llegada, sino que también altera profundamente las consecuencias de una colisión.
Cuando un vehículo impacta contra otro objeto —sea un auto, una bicicleta o una persona—, la severidad del daño depende no solo de la velocidad, sino también de la energía cinética involucrada.
Aquí no solo se aplican cálculos matemáticos, sino también principios físicos.
La energía cinética, en términos simples, es la energía que posee un objeto por estar en movimiento.
Por ejemplo, si una pelota te golpea lentamente, puede causar un leve dolor; si la misma pelota se lanza con fuerza, podría provocar una lesión. La diferencia radica en la energía del impacto, no en la pelota.
Esto no implica que la velocidad sea el único factor: el peso y tamaño del objeto también influyen. A igual velocidad, un objeto más pesado contiene más energía y, por ende, podría causar daños mayores.
En resumen, a mayor masa y mayor velocidad, mayor es la energía acumulada.
En un choque, esta energía se transfiere según una fórmula implacable: duplicar la velocidad supone cuadruplicar la energía que debe absorber el cuerpo humano.
Esto tiene impactos concretos.
Un estudio de 2019 recopiló datos de diversas investigaciones para evaluar cómo varía el riesgo mortal para un peatón según la velocidad estimada del impacto.
Por cada incremento de 1 km/h, la probabilidad de que un atropello sea fatal aumenta cerca de un 11 %.
Así, la probabilidad de muerte para un peatón es aproximadamente:
- ≈5% a cerca de 30 km/h;
- ≈10% a unos 37 km/h;
- ≈50% a alrededor de 59 km/h;
- ≈75% a aproximadamente 69 km/h;
- ≈90% a cerca de 80 km/h.
Cada kilómetro por hora adicional no solo incrementa el peligro, sino que lo multiplica: a 30 km/h el riesgo de fatalidad es del 5%, y a 60 km/h ya supera el 50%, aumentando aún más con la velocidad.
Esta relación física entre velocidad, energía y resultados clínicos explica por qué limitar la velocidad en zonas urbanas reduce significativamente muertes y lesiones graves.
Aunque pueda parecer alarmante, existe una solución clara: disminuir la velocidad.
Naturalmente, vencer la tentación de acelerar más cuando se está retrasado o atrapado en tráfico puede ser difícil.
En esos momentos, conviene preguntarse si realmente vale la pena arriesgarse a un peligro exponencialmente mayor por ganar solo cinco o diez minutos.

