Reciente descubrimiento relacionado con los efectos adversos de las estatinas

En la consulta y en la calle, las estatinas se han tornado en sinónimo de “pastilla para el colesterol”, acompañadas por una lista de posibles efectos secundarios que a menudo parece interminable

Foto: (istock)

Las estatinas constituyen probablemente el medicamento más representativo en cardiología preventiva. Se prescriben para reducir el colesterol LDL, conocido comúnmente como “malo”, y sobre todo para disminuir el riesgo de sufrir un infarto o ictus. No se emplean exclusivamente para mejorar una analítica: su uso principal es en pacientes que han experimentado previamente un evento cardiovascular o que cuentan con un riesgo elevado por motivos como edad, diabetes, hipertensión, antecedentes o niveles muy altos de LDL. La lógica clínica es clara: al ser el LDL uno de los factores clave en la arteriosclerosis, su reducción baja la probabilidad de que una placa se rompa y desencadene una emergencia médica.

Sin embargo, pocas clases de fármacos generan tanta controversia pública. Tanto en las consultas como en la sociedad, las estatinas se asocian a “pastillas para el colesterol” y una serie de posibles efectos adversos que parecen no acabar nunca: dolor muscular, fatiga, alteraciones del sueño, dificultad para concentrarse, depresión, disfunción sexual. Parte de esta preocupación tiene un trasfondo comprensible: cuando un tratamiento se indica a millones de personas durante largos años, es natural que convivan síntomas relacionados con otros factores como la edad, el estrés, otras enfermedades o medicamentos, y que el paciente los atribuya erróneamente al nuevo fármaco. Además, existe un fenómeno bien documentado en medicina, el efecto nocebo: la expectativa de efectos secundarios puede hacer que estos ocurran con mayor frecuencia, aunque el medicamento no los provoque directamente.

No obstante, este viernes se ha publicado un estudio en la revista The Lancet que confirma que las estatinas no originan casi ninguno de los efectos negativos mencionados en sus prospectos. En concreto, la investigación aborda uno de los debates más delicados en torno a las estatinas: cuáles de estos efectos adversos cuentan con evidencia sólida y cuáles se han considerado ciertos sin pruebas firmes.

Para resolver esta cuestión, los autores prescinden de estudios observacionales y encuestas a pacientes, y optan por la fuente con mayor peso en la medicina: ensayos clínicos aleatorizados y doble ciego, en los que ni médicos ni participantes saben quién toma estatinas o placebo.

Este estudio examina datos individuales de más de 120.000 personas de 19 ensayos comparando estatinas con placebo, con seguimientos prolongados durante varios años. También incluye ensayos que contrastan dosis más elevadas frente a más bajas. A partir de ese análisis, los investigadores evalúan cada efecto secundario listado en las fichas técnicas de varias estatinas comúnmente usadas, para determinar si son más frecuentes en quienes reciben el medicamento frente a quienes no.

La conclusión principal es contundente: solo unos pocos efectos adversos presentan una relación sólida con las estatinas, y aún así la incidencia es baja. Se observa un aumento leve en alteraciones hepáticas, ciertas modificaciones en análisis de orina y una pequeña mayor frecuencia de edema (hinchazón). Incluso en estos casos, el estudio enfatiza que el aumento absoluto es mínimo: hablamos de décimas de punto porcentual por año, no de reacciones comunes.

Por otro lado, para muchos de los problemas que generan mayor inquietud en los pacientes —dolor muscular persistente, deterioro cognitivo, depresión, trastornos del sueño, disfunción sexual o daño renal serio— los ensayos doble ciego no evidencian un exceso claro atribuible a las estatinas. Es decir, estos síntomas se reportan con una frecuencia similar en el grupo placebo, lo cual indica que en la mayoría de los casos no pueden atribuirse directamente al fármaco.

El estudio no niega que las estatinas puedan provocar efectos secundarios ni pone en duda que algunos pacientes los experimenten. Lo que plantea es otra cuestión: la lista de riesgos en prospectos y fichas técnicas podría estar exagerando problemas que no se confirman al analizarse con los métodos más estrictos. Además, esta manera de comunicar los riesgos puede provocar un efecto contraproducente: fomentar la interrupción de un tratamiento que, en pacientes con alto riesgo cardiovascular, reduce de forma clara la probabilidad de infarto e ictus.

En un escenario donde millones de personas consumen estatinas durante años, el mensaje de este estudio resulta incómodo, pero de gran relevancia: precisar la forma en que se presentan los riesgos no implica minimizar los efectos adversos, sino facilitar decisiones informadas basadas en datos reales y no únicamente en temores acumulados en torno a una pastilla.

Calidad del artículo

Para José Luis López Sendón, cardiólogo del Hospital de La Paz e investigador en IdiPAZ, el artículo posee una «calidad científica incuestionable». «La evidencia que muestra es contundente. Solo cuatro de los 66 efectos secundarios señalados por las agencias regulatorias indicaron una incidencia estadísticamente mayor en el grupo que recibió estatinas en comparación con el placebo: molestias musculares, nuevo diagnóstico de diabetes, alteraciones en análisis de orina y variaciones en la analítica de función hepática«, explica a la agencia SMC.

Asimismo, añade que el estudio no busca comparar con la evidencia previa, sino con la percepción común de seguridad «popular» (de médicos, pacientes y la población general): «Y, sobre todo, con las advertencias oficiales de las agencias reguladoras». En relación con las posibles limitaciones, señala que todos los estudios las poseen. «En este caso, son las ordinarias en ensayos clínicos y no son lo suficientemente significativas como para cuestionar los resultados y conclusiones», concluye.

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