En su reciente libro, la autora alemana invita a prestar atención al cuerpo y a entenderlo como un sistema inteligente, interrelacionado y profundamente unido al entorno
Hace más de una década, Giulia Enders (Mannheim, Alemania, 1990) conquistó a ocho millones de lectores en todo el mundo con La digestión es la cuestión, una obra traducida a más de 40 idiomas que destacó el papel fundamental de la microbiota en la salud. Ahora, esta médica presenta un libro más íntimo y ambicioso, Tu cuerpo tiene las respuestas (Planeta, 2026). Un ensayo que trasciende la divulgación médica para reflexionar sobre el significado de ser humano en una era acelerada e hiperconectada.
En esta nueva publicación, Enders propone escuchar el cuerpo y comprenderlo como un sistema inteligente, dependiente y estrechamente vinculado con el entorno. Apoyándose en los últimos avances científicos y su habilidad para explicar conceptos complejos de manera clara y accesible, ofrece un recorrido por cinco pilares vitales: pulmones, sistema inmunitario, piel, músculos y cerebro.
Con una amplia sonrisa, entra a la sala de un hotel en Madrid. Aunque se hospeda allí, lleva el abrigo en la mano, pues entre entrevistas aprovecha para caminar por la ciudad. No lo hace para descubrir sus atractivos turísticos, sino porque esta actividad le permite despejarse y cree que así podrá responder mejor.
La divulgadora se sienta en una mesa con El Confidencial para charlar sobre los cambios sociales recientes, cómo estos han impactado la salud, las enfermedades que pueden mejorar solo con sueño, su fórmula para fortalecer el sistema inmunitario, el negocio del envejecimiento y la restricción de redes sociales a menores, entre otros temas.
PREGUNTA. Han pasado más de diez años desde tu primer éxito editorial. ¿Qué has estado haciendo durante este tiempo?
RESPUESTA. Comencé a trabajar en un hospital y también realicé una exposición junto con mi hermana, que se presentó en varios países. Ah, y además participé en un documental de Netflix.
P. ¿Qué diferencias encuentras entre difundir tus ideas a través de Netflix y en un libro?
R. Selecciono cuidadosamente el formato según el público. La exposición y el documental en Netflix acercan temas a quienes no disponen de tiempo o energía para leer. El libro, en cambio, permite avanzar a ritmo propio, detenerse o saltar capítulos, y escuchar la propia voz interna, no la de terceros. Con este segundo libro buscaba precisamente eso: que el lector retornara con calma a su interior y a su cuerpo. Fue en el hospital donde sentí que necesitaba decir algo más: permitir que el cuerpo se expresara.
P. ¿Cómo consideras que ha cambiado el mundo en estos más de 10 años?
R. Hace una década las redes sociales apenas comenzaban, pero ahora su influencia en nuestra vida es mucho mayor. He notado que, a lo largo del tiempo, mis pacientes hospitalizados experimentan una carga distinta por ello. Antes tenían otro tipo de ruido alrededor, y en este libro intenté explicar qué es el ruido que experimentan hoy.
P. Mientras en tu primer libro te enfocaste en el intestino, ahora dedicas capítulos extensos a diversos órganos —pulmones, músculos, piel, cerebro—, iniciando cada capítulo con una historia personal de alguien cercano. ¿Cómo surgió este enfoque?
R. Hoy existe gran cantidad de información sobre salud en línea: artículos, redes, abundante conocimiento accesible. No obstante, lo que suele faltar, y lo vi en mis pacientes, es una interpretación más inteligente de esos datos. Cuando conoces a una persona —tía, madre, amigos— estas influyen en cómo ves el mundo y a ti misma.
Quise replicar ese efecto con los órganos. No se trata de enumerar qué hacer o evitar, como acostarse temprano o no beber alcohol, sino que esos órganos aparecieran como seres vivos. Y conocerlos cambia la perspectiva sobre el mundo y sobre uno mismo, de la misma manera que conocer personas nuevas lo hace. Por eso elegí este método.
P. ¿Por qué decidiste focalizar en estos órganos específicamente?
R. Utilicé la pirámide de Maslow sobre necesidades humanas. La pregunta fue: ¿cuáles son las necesidades básicas del ser humano? Están las físicas, como la respiración, representadas por los pulmones; la seguridad, a cargo del sistema inmunitario; las conexiones sociales, simbolizadas por la piel; la fuerza y poder, encarnados por los músculos. Y finalmente, en un nivel más abstracto, está el cerebro, que representa la percepción de uno mismo.
Estas necesidades se ven afectadas por economía, tecnología y publicidad, que moldean parte del pensamiento colectivo y su lenguaje. Mi intención fue ofrecer una perspectiva corporal sobre estas dimensiones esenciales de la vida humana, eligiendo órganos capaces de hablar desde ese punto de vista.
P. ¿Qué consideras que las personas creen saber sobre el cuerpo, pero en realidad desconocen?
R. Creemos dominar conocimientos sobre el cuerpo, pero existen errores comunes. Por ejemplo, sentir ruidos en el vientre suele causar vergüenza, cuando en realidad es el intestino limpiándose. En cuanto al sistema inmunitario, mucha gente piensa que enfermar es que los gérmenes «atacan», pero son las células inmunitarias las que trabajan para expulsarlos; comprender esto reduce la sensación de vulnerabilidad. Incluso las enfermedades autoinmunes son intentos defensivos que exceden su objetivo.
Algo similar ocurre con el cerebro: al hacer scrolling o consumir demasiados dulces, se atribuye a falta de voluntad, aunque entender el funcionamiento corporal muestra que no es debilidad, sino una adaptación a estímulos modernos para los cuales no está diseñado.
Cómo manejar la sobreestimulación cerebral
P. En el libro mencionas la exposición constante a estímulos, como el scrolling, y cómo nuestro cuerpo ha cambiado para responder a ellos. ¿Crees que el sistema de recompensas se ha alterado por las nuevas tecnologías?
R. No es que el sistema de recompensa esté roto, sino que hoy se lo usa “injustamente”, ya que es explotado, en particular por grandes empresas que nos conocen muy bien. Ellas pueden manipularnos mejor que nosotros mismos, pero conociendo su funcionamiento, es posible recuperar el control sobre los hábitos.
Además, existen distintos tipos de recompensa. Una ligada a la dopamina que impulsa a querer más (snacks, redes, scrolling), y otra relacionada con los opioides endógenos que aporta sensación de satisfacción y plenitud. La industria suele incentivar la primera, pues esta no sacia.
Cuando se aprende a diferenciar, se distingue entre recompensas que generan bienestar real, como un paseo agradable, una comida placentera o una buena conversación, y aquellas que empujan a seguir sin pausa. Esto puede entrenarse: la falta de sensación de “suficiente” tras hacer scrolling es una señal. En resumen, si se quiere más y más, probablemente no sea lo que realmente se necesita.
P. ¿Es posible que, en esta sociedad tan hiperstimulada, las personas lleguen a tomar conciencia, reflexionar y controlar realmente esta situación?
R. Antes del covid debatí con filósofos que afirmaban que la gente sabe qué está mal pero no actúa «por naturaleza». Yo pienso diferente: a menudo no cambiamos porque no lo sentimos. En una sociedad tan digital, la información llega sin impacto.
El covid mostró que, cuando la información se transmite con carga emocional, aunque no siempre correcta, los comportamientos pueden cambiar radicalmente. No digo que fuese un buen ejemplo, ya que afectó la salud mental, pero destaca que el enfoque importa: no basta con difundir datos; si se presenta de modo que se sienta, puede provocar cambios. Yo procuro hacerlo así.
P. ¿Qué señales indican que el cerebro está saturado y no solo cansado?
R. Depende de cada persona. En mi caso, cuando estoy sobreestimulada, me quedo mirando fijamente y noto que no puedo escuchar música porque me abruma; esa es señal clara de exceso de estímulos. Otros pueden manifestarlo de distintas formas: algunos fuman para protegerse, otros hacen scrolling para intentar controlar la avalancha, y algunos comen nerviosamente.
Creo que integrar microdescansos en el día, sentarse un minuto sin hacer nada, resulta muy beneficioso. Es similar a adoptar una alimentación más saludable: esas pausas permiten reconectar con el cuerpo y percibir necesidades reales. Tomar un minuto de calma a mediodía y a media tarde puede ayudar a reconocer cuándo parar. Muchas personas usan el cigarrillo para eso; no es saludable, pero cumple función de pausa y respiración.
La idea sería sustituirlo por paradas conscientes. Con el tiempo, se aprende a necesitarlas, lo cual es sano, pues ayuda a detectar la sobreestimulación antes de que sea abrumadora.
P. ¿Recomendarías a todas las personas en esta sociedad hacer esa pausa cada cierto tiempo?
R. No diría que todos deben hacerlo, pero que todos pueden intentarlo. Me gusta plantearlo como un experimento, algo divertido, una propuesta para el cuerpo. Si uno siente que no le funciona, no pasa nada, simplemente no lo hace. Es una invitación, un juego, una forma de probar y descubrir qué resulta útil.
El sueño como factor curativo
P. ¿Qué papel tiene el sueño en nuestra salud?
R. Afortunadamente, cada vez se habla más del sueño. Durante largo tiempo se valoró mecanicistamente, como si solo fuera recargar energía, pero en realidad es un proceso diferente. Al dormir, el cuerpo se desconecta del exterior y se focaliza en su interior.
Durante el sueño se generan células inmunitarias, se reparan tejidos, se procesan recuerdos, se gestionan emociones y se prepara el cuerpo para el día siguiente en función de lo vivido. Omitir o disminuir el sueño no solo implica menos descanso, sino dejar de atender una parte esencial de la vida interior que requiere ese tiempo para reordenarse y cuidarnos.
P. ¿Cuántas horas duermes para mantener una buena salud?
R. Procuro dormir unas ocho horas cada noche, aunque me funciona con siete horas y media.
P. Más allá del envejecimiento o cuidado corporal, el sueño ha demostrado su papel reparador en ciertas enfermedades…
R. La calidad del sueño influye en enfermedades como el reumatismo o patologías inflamatorias. En particular, el sueño profundo es fundamental, pues es cuando las células inmunitarias se producen y maduran. Si no maduran bien, pueden volverse menos tolerantes y más agresivas, lo cual se refleja en enfermedades como la psoriasis o la inflamatoria intestinal.
También incide en el estado emocional, especialmente en personas mayores. La reducción de la calidad del sueño suele afectar más la segunda parte de la noche, ligada al sueño REM, crucial para regular emociones y gestionar estrés y miedo. Su ausencia provoca irritabilidad, temor o mal humor. A menudo se atribuye al envejecimiento, como si el cuerpo se dañara, pero son aspectos mejorables trabajando la calidad del sueño.
Cómo mantenerse joven
P. En el libro mencionas el envejecimiento en relación con la belleza. Señalas, por ejemplo, que no es necesario usar tantos cosméticos faciales y que el 80% del envejecimiento cutáneo es causado por el sol. ¿Consideras que existe un negocio excesivo alrededor de los cosméticos anti-edad que, en realidad, tienen poco efecto?
R. El 80% del cuidado de la piel depende de una adecuada protección solar. Hay evidencias acerca del uso de vitaminas E, C o D, pero más allá de eso, una alimentación correcta, descanso adecuado y no fumar hacen mucho más que la mayoría de las cremas. En Alemania y la Unión Europea existen leyes que impiden la venta en tiendas comunes de sustancias que atraviesen realmente la barrera cutánea; si esto fuera posible, solo estarían disponibles en farmacias, por lo que muchas cremas carecen de penetración profunda.
Sin embargo, me agrada el hábito de cuidar la piel: masajearla y ser amable consigo mismo es positivo. Pero si alguien no dispone de tiempo, no hay problema. Lo importante es tener una buena relación con el sol: no evitarlo totalmente, pero protegerse del exceso, considerando el tipo de piel.
P. Cada vez se habla más de longevidad y llegar joven a los 80 años. ¿Crees que ha surgido una industria que, como ocurre con el cuidado de la piel, vende productos y soluciones de escaso valor real?
R. Sin duda. La economía está presente en todos lados: compramos ropa innecesaria, comemos snacks que no necesitamos… esto sucede con todo. Mi objetivo es proporcionar conocimiento suficiente para que cada persona pueda decidir por sí misma. Yo también hago cosas poco necesarias, no soy puritana, pero la diferencia es que soy consciente de ello.
Puedo optar por actuar por diversión o capricho, pero la decisión es mía. Creo que lo justo es que las personas dispongan de información suficiente para hacer elecciones autónomas.
P. ¿Y tú, con todo ese conocimiento, qué cosas “innecesarias” haces?
R. Por ejemplo, como caramelos ocasionalmente, pero no diariamente. A veces no duermo suficiente porque me quedo viendo algo hasta tarde y luego recupero el sueño. Y a veces compro algún objeto decorativo o algo bonito que no necesito. Pero disfruto de ello. No soy un gurú perfecto; creo que todo es cuestión de equilibrio.
Receta para el sistema inmunitario
P. ¿Qué relación tiene el sistema inmunitario con la depresión?
R. Actualmente se sabe que existe un subgrupo de personas deprimidas —no todas— que presentan biomarcadores inflamatorios elevados durante el episodio depresivo. Hay una conexión evidente entre inflamación y depresión. Es parecido a cuando estás a punto de enfermar: un día antes te sientes más sensible, lloras fácil y luego dices “es que me estaba poniendo mal”. Algo similar ocurre con una gripe fuerte, comparable a una depresión: cuesta levantarse y moverse, se siente vulnerabilidad.
En este proceso interviene el eje inmunitario-neurológico y también la microbiota. En algunos casos, medicamentos simples como aspirina o ibuprofeno pueden mejorar el ánimo. Esto refuerza la idea de que el cerebro es un órgano más, susceptible a procesos inflamatorios. Por ello, en enfermedades inflamatorias crónicas la prevalencia de depresión y ansiedad es mayor; no se trata de asuntos separados, sino interconectados.
P. ¿Consideras que se investiga lo suficiente esta relación entre enfermedad, sistema inmune y depresión?
R. Sí, la investigación comenzó hace varios años y ha avanzado mucho, además de ser un campo en expansión; sin embargo, el problema es la lentitud en la aplicación práctica. En países como Alemania ya está comenzando a integrarse, pero de forma gradual, debido a precauciones y a que, en promedio, se necesitan aproximadamente ocho años para que los resultados científicos se incorporen a la práctica médica corriente.
Aun así, me parece fundamental que el público conozca esta relación. Con este tipo de información, una persona puede probar algo sencillo como un ibuprofeno y evaluar su efecto. No son intervenciones con grandes riesgos, por lo que compartir esta información puede ser útil.
P. Hemos hablado mucho del sistema inmunitario. ¿Podrías dar una “receta” para fortalecerlo?
R. No diría reforzarlo, sino mantener su equilibrio. En épocas frías, quien quiera puede tomar suplementos, pero es mucho más efectivo dormir bien, ventilar adecuadamente los ambientes y moverse para estimular la circulación de células inmunitarias.
En niños y adultos mayores, que a veces tienen dietas insuficientes o menor movilidad, las guías alemanas permiten el uso de multivitamínicos. Pero para la mayoría, se trata más bien de una higiene contra el estrés: descansar bien, ventilar, ejercitarse y cuidar el equilibrio corporal general.
¿Es saludable ir al gimnasio?
P. En el libro cuestionas la idea común de que “cuidarse” equivale a ir al gimnasio. ¿Cuánto consideras que el gimnasio contribuye a la salud y en qué medida se ha convertido en un lugar donde se repiten rutinas, a veces absurdas o incluso dañinas, simplemente por costumbre?
R. El enfoque es muy importante. Cuando quienes van al gimnasio no se divierten y solo miran hacia una pared sin estímulos, suele ser una experiencia desagradable que lleva a abandonar rápido. Las investigaciones indican que esos hábitos no producen grandes beneficios para la salud: pueden mejorar ligeramente la glucemia o masa muscular, pero si el cerebro no se involucra, el impacto es limitado.
Para enfermedades neurodegenerativas como el alzhéimer o párkinson, el ejercicio funciona mejor si se disfruta. Además, según la genética, algunos prefieren ejercicios cortos e intensos, otros, más largos. Por eso es clave hallar la actividad que guste. Es una relación de amistad entre cerebro y músculos: caminar por un parque, limpiar con música o hacer siete minutos de ejercicio puede ser más saludable que forzar el gimnasio si no agrada. Lo esencial es escuchar qué genera bienestar, más que seguir lo que otros indican que “deberías” hacer.
P. ¿Qué le dirías a alguien que practica CrossFit si lo tuvieras enfrente?
R. Le diría que si le gusta y se siente bien al practicarlo o después, que lo continúe haciendo.
Los riesgos de las redes sociales y su prohibición
P. En el libro también comentas sobre los coaches de vida y ciertos discursos en redes sociales que pueden perjudicar la salud, una suerte de charlatanería a la que muchos están expuestos. ¿Qué te preocupa más de ese fenómeno?
R. Me inquieta que ese tipo de coaching fomente la pasividad: “haz esto, haz aquello”, como si el cuerpo fuera tonto o incapaz de autorregularse; por ejemplo, el intestino se limpia y regenera solo. Creo en la inteligencia del cuerpo y prefiero explicar su funcionamiento, estimulando la experimentación en lugar de imponer órdenes.
No estoy en contra de recibir orientación, pero sí de seguir consejos ciegamente: lo importante es que cada persona mantenga el control y evalúe si realmente mejora.
P. Más allá de eso, cualquiera puede decirte qué hacer sin formación médica…
R. Ahí veo un riesgo claro. Las redes sociales están repletas de personas que no dominan los temas y aun así indican “haz esto, haz aquello”, lo cual puede ser peligroso. Por eso es vital contar con una buena base y fundamentos sólidos. En las escuelas no se enseña sobre el cuerpo —como tampoco educación financiera— y, sin embargo, solemos ser menos escépticos con respecto a consejos sobre nuestro cuerpo.
Hay influencers que hablan de longevidad y recomiendan suplementos costosos. Algunos sustentan sus afirmaciones con estudios científicos; otros, no tanto. La regla básica es que la ciencia los respalde verdaderamente. Sabemos que el 80% de lo relevante es simple: alimentación, sueño, movimiento, cuidar la mente, reducir estrés y disfrutar la vida. El resto es extra y conviene no perderse en ese ruido externo.
P. España prohibirá a menores de 16 años el uso de redes sociales. ¿Consideras que esta medida podría ser positiva para los jóvenes?
R. Creo que es un paso para proteger la infancia, sin duda, pero no estoy segura de que la prohibición sola sea la solución ideal. Es parecido a la prohibición del alcohol en la ley seca estadounidense: no fue muy efectiva. Me parece igualmente importante enseñar qué pasa en el cerebro y en el sistema de recompensa cuando se hace scrolling, por qué se siente así y por qué se desea volver al móvil inmediatamente.
Así fui educada: mi madre no me decía “no hagas esto”, sino “me preocupa que esto te haga daño”, y eso hacía que la escuchara más. La prohibición puede ser útil, y me parece excelente que en las escuelas no haya pantallas, pero en la vida privada también es importante explicar y ayudar a comprender. Me encantaría que existieran campañas dirigidas a los niños, no para sermonear, sino para que lo sientan y entiendan realmente.
P. Entonces consideras que, más allá de prohibirlas, sería más útil incluirlas en la escuela como asignatura…
R. Quizás sería más interesante ofrecer educación sobre la exposición a pantallas en lugar de solo prohibirlas. No puedo juzgar la prohibición porque debe probarse para verificar resultados, pero tener una materia específica sería genial. Claro que dependerá del modo de enseñanza, ya que sabemos que la calidad educativa escolar no siempre es la mejor.
P. Ahora que la IA está en todas partes, ¿crees que puede ayudarnos a comprender mejor el cuerpo… o que corre el riesgo de distanciarnos aún más de él?
R. Creo que ambas posibilidades son válidas. Estamos en un momento interesante y aún no sabemos hacia dónde irá. Para algunas personas puede ser útil, sobre todo cuando en consulta médica no hay tiempo suficiente para explicar bien. Yo misma la he utilizado y me sorprendió su eficacia, pero el problema es la posible mezcla con información falsa, y eso es riesgoso. Hay que verificar y no creer ciegamente.
La inteligencia artificial puede ofrecer información muy detallada, pero carece de aspectos que solo poseemos los humanos: solo una pequeña parte del cerebro es comparable. Todo depende del uso que se le dé. Si se usa solo para optimizar y corregirse, puede ser una relación desagradable; pero si se emplea como herramienta para entenderse mejor, como un amigo que ayuda, entonces resulta interesante. Por ejemplo, experimento con un smartwatch que me ha permitido detectar picos de estrés que antes no percibía y ser más amable conmigo misma. Usada así, puede ser beneficiosa.

