Europa carece de capacidades militares esenciales — especialmente un mando independiente, inteligencia e infraestructura digital — la mayoría de las cuales aún son suministradas por Estados Unidos, escribe el eurodiputado danés Henrik Dahl en un artículo de opinión para Euronews.
Mark Rutte ha logrado casi lo impensable: reunir al Parlamento Europeo en unidad.
Sin embargo, este logro se ve atenuado por el hecho de que dicha unidad se basa en una percepción negativa: la incomodidad causada por las declaraciones de Rutte durante una audiencia el lunes sobre la capacidad de la OTAN para disuadir sin la presencia de Estados Unidos.
Lo que expresó —sin adornos retóricos— fue que Europa, en este momento, no puede disuadir a Rusia por sí sola. La presencia de Estados Unidos sigue siendo imprescindible.
La reacción no sorprendió: una mezcla de molestia, orgullo herido y posturas morales emergió de inmediato. Pero esa es la respuesta equivocada. Cuando el diagnóstico es acertado, la indignación no reemplaza la acción.
Comencemos con un punto fundamental, apartado de emociones. Actualmente, el pilar europeo de la OTAN no puede operar como una fuerza de disuasión completamente autónoma sin Estados Unidos.
Esto no se trata de voluntad política ni de madurez ética, sino de capacidades reales.
EE.UU. es el pilar central de la OTAN
Primero, Europa no dispone de una estructura de mando estratégico independiente capaz de planificar y ejecutar operaciones a gran escala y de alta intensidad sin la participación estadounidense.
En la práctica, el sistema de mando integrado de la OTAN está profundamente basado en la arquitectura estadounidense.
No es una crítica, sino una realidad histórica. La alianza fue configurada así durante la Guerra Fría, cuando el liderazgo americano era tanto aceptado como buscado. Se puede lamentar este legado, pero no eliminarlo con el deseo.
En segundo lugar —y aún más crucialmente— Europa carece de la infraestructura digital e informativa que diferencia a la OTAN de una mera agrupación de fuerzas armadas nacionales.
La disuasión moderna no depende principalmente del número de soldados o tanques. Consiste en la fusión de inteligencia, vigilancia en tiempo real, cobertura satelital, comunicaciones seguras, datos de objetivos, resiliencia cibernética y la capacidad de integrar todo esto entre dominios y fronteras nacionales.
En casi todos estos aspectos, Estados Unidos provee la columna vertebral.
Sin los recursos estadounidenses, Europa no solo sería menos potente, sino también estructuralmente ciega y operacionalmente fragmentada. La disuasión sin una conciencia situacional creíble no es disuasión, sino una esperanza disfrazada de estrategia.
Esto no implica que Europa deba aceptar una dependencia permanente de Estados Unidos. Al contrario. La crítica válida no es que Rutte haya sido demasiado directo, sino que Europa ha confundido durante demasiado tiempo la aspiración con la realidad.
Es razonable afirmar que Europa debería aspirar a defenderse sin necesidad de intervención estadounidense. Y, considerando los recientes cambios en la política interna y exterior estadounidense, sería irresponsable no contemplar seriamente esa posibilidad.
La autonomía estratégica dejó de ser un debate teórico para convertirse en una discusión sobre pólizas de seguro. En otras palabras: el general de Gaulle llevaba razón todo el tiempo.
Pero las pólizas de seguro son costosas y requieren tiempo para implementarse.
Aquí, Europa necesita adoptar dos perspectivas correctas: una económica y otra temporal.
Un proyecto a largo plazo
Desde el punto de vista económico, la verdadera autonomía militar demandaría inversiones sostenidas a una escala que muchos gobiernos y ciudadanos europeos aún no han asimilado.
No se trata de incrementos marginales ni de maniobras contables creativas, sino de construir estructuras paralelas donde actualmente no existen: sistemas de mando, capacidades de inteligencia, constelaciones satelitales, cadenas logísticas, reservas y una base industrial de defensa capaz de producir rápidamente y a gran escala.
Ese costo se medirá en cientos de miles de millones de euros, no como un gasto puntual, sino como un compromiso permanente.
En cuanto al factor temporal, este no es un proyecto de cinco años. En el mejor de los casos, supone una década; aunque más realista es considerarlo un propósito generacional.
Incluso con consenso político —algo poco frecuente en Europa— crear una disuasión autónoma creíble tomaría más de diez años. Durante ese periodo, Europa no puede permitirse autoengaños estratégicos. Fingir capacidades inexistentes no fortalece la disuasión, sino que la debilita al erosionar la credibilidad.
Por eso, la intervención de Rutte debe entenderse no como provocación, sino como un acto de clarificación. Él describió el presente; los críticos respondieron como si dictara el futuro.
Existe también una incomodidad más profunda. Muchos políticos europeos están habituados a hablar en términos de normas, valores e intenciones, incluso en ámbitos donde el poder, la capacidad y la disposición a asumir costos siguen siendo fundamentales.
Las felicitaciones no bastan
La política de defensa no es un escenario donde la autoafirmación moral sustituya la preparación material.
Afirmar que Europa no puede actualmente disuadir a Rusia por sí sola no niega su potencial, sino que reconoce la brecha entre la posición actual y la deseada. Esa distancia se puede superar, pero solo si se mide con honestidad.
Reprender al mensajero puede proporcionar alivio pasajero, pero no avanza la posición estratégica de Europa.
Si Europa aspira a valerse por sí misma, debe primero aprender a verse sin ilusiones. Mark Rutte hizo precisamente eso. Esta vez, Europa debería responder con concentración, no con ofensa.
Por eso, mi llamado final a mis colegas en el Parlamento Europeo es este: no miren el mundo como debería ser. Mírenlo tal como es —con ojos fríos y pragmáticos, al estilo de Bismarck.
Europa no se fortalecerá deseando autonomía, sino comprendiendo qué implica realmente, cuánto tiempo requiere y por qué fingir lo contrario es la manera más segura de no alcanzarla.
Henrik Dahl (PPE) es miembro del Parlamento Europeo por Dinamarca.

