A priori, el ejercicio físico es siempre una opción beneficiosa para la salud. Sin embargo, cuando se tiene hipertensión, hay aspectos que conviene considerar para evitar comprometer la salud.
Nadie discute la relevancia del deporte para el mantenimiento de la salud general, particularmente para la salud cardiovascular. En este tema, no existen dudas, ni grandes ni pequeñas. No obstante, hay situaciones que, al menos, obligan a reconsiderar la idoneidad de someter al corazón a un esfuerzo mayor al habitual. Es el caso de personas mayores de 50 años con hipertensión arterial crónica.
Este grupo, que se amplía cada vez más y que también incluye individuos más jóvenes, representa cerca del 40 % de la población española, según la Fundación Española del Corazón. Una cifra suficientemente significativa para detenerse a evaluar qué impacto tiene la práctica deportiva en estas circunstancias.
El tema, aunque precisa ciertos detalles, queda bastante claro atendiendo a las declaraciones del doctor Alejandro de la Rosa, jefe de Cardiología en el Hospital Universitario Hospiten Rambla y especialista en Cardiología Deportiva. Según el especialista, “la hipertensión arterial no es una contraindicación para practicar ejercicio físico a cualquier edad, siempre que esté bien controlada. De hecho, la primera línea de tratamiento para la presión arterial son la dieta y el ejercicio”.
El doctor parte de una base general en la que “el ejercicio físico regular y constante es clave para manejar la presión arterial, ya que por un lado reduce la actividad simpática al regular el sistema nervioso autónomo, y por otro, mejora la función endotelial, disminuyendo la rigidez arterial y la resistencia vascular periférica”.
¿Qué sucede con la presión arterial al correr?
Para comprender por qué es recomendable practicar deporte sin importar la edad o la lectura del tensiómetro, es útil conocer cómo responde el sistema circulatorio al correr o jugar fútbol. En términos generales, según el especialista en medicina deportiva, “durante un ejercicio moderado, se produce un aumento pronunciado de la presión arterial sistólica y una caída de la presión arterial diastólica debido a la vasodilatación periférica. La fricción en las paredes arteriales provoca la liberación de óxido nítrico, lo cual incrementa la vasodilatación coronaria y reduce la rigidez arterial”.
Como consecuencia de practicar ejercicio físico de manera habitual, en personas mayores de 50 años, “se pueden lograr reducciones de la presión arterial de hasta 5-7 mm Hg en la sistólica y de 3-5 mm Hg en la diastólica”, explica el especialista. Además, añade: “El ejercicio facilita un mejor control del peso corporal y, por ende, mejora factores de riesgo cardiovascular, diabetes mellitus y dislipemia”.
¿Qué tipos de ejercicio son recomendables y cuáles no?
Para maximizar esos beneficios, lo idóneo es “combinar ejercicio aeróbico como caminar, correr o montar bicicleta, con una intensidad y fatiga moderadas durante unos 150 minutos semanales, junto con 2 días dedicados a ejercicios de fuerza”, indica de la Rosa.
Los ejercicios de fuerza resultan útiles para controlar la presión arterial, pues “mejoran los valores tensionales, reducen la rigidez arterial y fomentan el aumento de masa muscular así como de la densidad ósea”, señala el experto.
Entrenar a altas intensidades sin un adecuado control de la presión arterial supone un error
Sin embargo, en este tipo de entrenamiento “es importante evitar las maniobras de Valsalva (esfuerzos para exhalar con boca y nariz cerradas), ya que provocan incrementos significativos en la presión intratorácica. Asimismo, no se recomienda realizar repeticiones con el 60-70 % del peso máximo de una repetición”, advierte el doctor, quien también destaca la importancia de “monitorizar la presión arterial, evitando valores sistólicos superiores a 180 mm Hg y diastólicos por encima de 110 mm Hg”.
Exponerse al riesgo sin conciencia
Además de las recomendaciones previas, el doctor identifica dos errores frecuentes que pueden elevar la presión arterial y poner en peligro la salud. Primero, entrenar a intensidades elevadas sin un adecuado control tensional. Segundo, ser un deportista ocasional, entrenando sólo los fines de semana sin un acondicionamiento regular durante la semana. Esta práctica genera un estrés vascular considerable durante el ejercicio intenso para el cual el cuerpo no está preparado, pudiendo desencadenar picos patológicos de la presión arterial y aumentar el riesgo de eventos cardiovasculares adversos. “Este error es común en personas mayores”, concluye.

