Con su legado morisco bien conservado, sus viviendas coloridas y el constante susurro del río Segura, este pueblo del Valle de Ricote invita a perderse entre huertas, norias y relatos tradicionales
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Las calles empedradas, las fachadas azul y amarilla y el rumor del río Segura transforman este pequeño municipio del Valle de Ricote en un oasis perfecto para desconectar durante los meses fríos. Su legado árabe, la arquitectura tradicional y el aroma cítrico que impregna el ambiente lo colocan entre los pueblos con mayor personalidad de la Región de Murcia.
Para muchos permanece como uno de los secretos mejor guardados del sureste peninsular. Situado entre montañas ocres y huertos centenarios, este núcleo de apenas unos cientos de habitantes conserva intacta su imagen morisca: lo evidencian sus casas señoriales, calles angostas, norias históricas y un entorno que refleja el legado hidráulico andalusí. Pero más allá de la historia, destaca su belleza cotidiana: las macetas en balcones, el paseo bajo limoneros o el reflejo del agua en el azud del río.
Una joya oculta del Valle de Ricote
La visita inicia al cruzar los puentes colgantes sobre el río Segura, desde donde se contemplan los palacetes con fachadas coloridas que definen el perfil urbano. A pocos pasos aparecen la iglesia mudéjar de San Agustín, las pequeñas plazas del casco histórico y las calles estrechas decoradas con macetas, que mantienen un trazado heredado de la época morisca. El río, detenido por el azud de Ojós, articula la vida del municipio a través de acequias históricas, saltos de agua y antiguas infraestructuras hidráulicas que hoy son un atractivo patrimonial esencial.
Además de su patrimonio, este lugar forma parte de lo que muchos denominan un «museo vivo del agua», donde la ingeniería tradicional convive con los huertos de limoneros, naranjos y granados. En invierno, lejos del bullicio, su atmósfera tranquila invita a redescubrir la verdadera esencia de la vida rural, con senderos que llevan a miradores naturales, antiguos molinos y áreas de baño en las estaciones más cálidas. Sin embargo, es durante los meses fríos cuando se aprecia con mayor claridad la calma de sus espacios.
Sabores, historia y rutas con memoria
La gastronomía local es un complemento esencial de esta escapada. Entre los platillos característicos resaltan los guisos de la huerta y los postres elaborados con cítricos, como el tradicional bizcocho borracho, estrechamente vinculado a las festividades populares. Todo ello acompañado de productos locales y una repostería casera que respeta los ingredientes de la zona.
El turista puede también visitar lugares como el Salto de la Novia —un espacio natural rodeado de leyendas trágicas— o acercarse al Jardín de los Expulsos, un sitio simbólico que rememora la expulsión forzada de los últimos moriscos en el siglo XVII. Próximo a este, el puente tibetano del Solvente facilita cruzar el río mediante una pasarela colgante para contemplar el paisaje desde las alturas, conformando una de las imágenes más representativas del municipio. Este legado histórico, presente en la toponimia y la arquitectura, aporta profundidad a la visita y transforma cada rincón en un testimonio vivo de un pasado que aun vive entre acequias, olivares y casas blancas.
Ojós está situado a unos 15 minutos en vehículo desde Archena, por la MU-522 en dirección a Villanueva del Río Segura. También se puede llegar desde la salida 115 de la A-30, tomando la MU-523 hacia Ulea y enlazando con la B-10. Para quienes optan por el transporte público, existen autobuses desde Murcia operados por Latbus, con paradas en localidades cercanas del Valle de Ricote.
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Las calles empedradas, las fachadas pintadas de azul y amarillo y el murmullo del río Segura convierten este pequeño municipio del Valle de Ricote en un refugio ideal para desconectar en los meses fríos. Su herencia árabe, su arquitectura tradicional y el aroma a cítricos que perfuma el aire lo sitúan entre los pueblos con más carácter de la Región de Murcia.

