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Aunque rara vez somos conscientes, el cuerpo humano alberga constantemente una gran cantidad y diversidad de pequeñas criaturas.
Millones de protozoos y gusanos (helmintos), algunos peligrosos y otros indispensables para mantener una salud adecuada, habitan en nosotros durante toda la vida, influenciando desde nuestros estados de ánimo hasta la manera en que elegimos pareja.
El interior de nuestro organismo se asemeja más a una selva tropical llena de biodiversidad, en lugar de un quirófano estéril o el lobby pulcro de un hotel.
Desde el punto de vista biológico, nada refleja mejor el sentido del verso del célebre poeta Walt Whitman, «contengo multitudes», que lo que explica Andrés Cota Hiriart.
Cota Hiriart, biólogo, zoólogo y escritor mexicano, lleva años dedicado a divulgar ciencia a través de libros, artículos, televisión y podcasts.
Su libro más reciente, «Fieras interiores», profundiza en el mundo de los parásitos, organismos que -según una definición tradicional- viven a expensas de otro; lejos de ser excepciones, constituyen la forma de vida predominante en el planeta.
Sin limitarse a un enfoque meramente enciclopédico, el autor examina con un interés tanto filosófico como literario las sorprendentes interacciones existentes entre las especies parasitarias y sus hospedadores.
En ese trayecto, incluso encuentra una posible causa de la esquizofrenia que afectó a Tita, su abuela materna.
BBC News Mundo conversó con Cota Hiriart durante el HAY Festival Cartagena. A continuación, se presenta una versión editada de esa entrevista.

Fuente de la imagen, Cortesía de Andrés Cota Hiriart
«Fieras interiores» empieza centrado en parásitos, pero pronto se convierte en una obra sobre tu abuela y sus trastornos mentales. ¿Cómo describirías la conexión que encontraste entre ambos temas?
Lo resumiría en una palabra: neuroparasitología.
Este neologismo designa una disciplina emergente que va ganando importancia y que desafía los paradigmas tradicionales de la psiquiatría.
Aunque muchos psiquiatras conservadores se muestran escépticos, se ha comprobado que, en ciertos casos, existe no solo una correlación sino una relación causal entre parásitos y enfermedades mentales.
Actualmente, el tamaño de las muestras se está ampliando y estimo que en una década se tendrá una nueva visión sobre la salud mental.
El proyecto inicial del libro abordaba exclusivamente los parásitos.
Sin embargo, al profundizar en la investigación sobre el toxoplasma (un protozoo parásito), empecé a sospechar una posible conexión —cada vez más probada con el tiempo— con la historia clínica de mi abuela.
Es curioso cómo uno lee con distancia. Al principio tardé en admitir: «Quizá esta sea la historia de mi abuela, algo inverosímil e inesperadamente cercano».

Fuente de la imagen, Penguin Random House / Cortesía de Andrés Cota Hiriart
Volveremos a esto, pero antes quería hacerte una pregunta que podría parecer taxonómica, pero considerando tu enfoque en el libro, también tiene un matiz filosófico: ¿Qué define y qué no define a un parásito?
Es una cuestión compleja. Sin duda, el concepto de parásito, como muchas categorías humanas, es relativo y depende del contexto.
Qué se considera un parásito o una mala hierba varía según quién cuente la historia y quién ocupe el rol central.
Desde una perspectiva antropocéntrica, siempre los humanos nos ubicamos en el centro… o en su defecto, otros primates, mamíferos o animales vertebrados.
Sin embargo, esas visiones resultan bastante artificiales, porque el mundo animal está dominado principalmente por invertebrados. Nosotros, los vertebrados, somos solo una pequeña fracción, y dentro de estos, los mamíferos son una capa aún menor.
En cambio, el parasitismo es la estrategia de vida dominante. Según algunos cálculos presentados en el libro, por cada especie de vida libre, hay aproximadamente tres especies parasitarias.
La definición de parásito varía según la perspectiva, puesto que implica quién se beneficia de la interrelación y a expensas de quién.
Si relatamos la historia desde la óptica de los gusanos intestinales, son simplemente organismos intentando sobrevivir, cuyo hábitat es el interior de otro ser.
Además, las relaciones y dependencias entre especies son dinámicas. Así que, la categoría de parásito fluctúa no solo según el narrador, sino también de acuerdo con el momento temporal.
Tal vez lo que comenzó como una relación parasitaria muta con el paso de miles de años.

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Las mitocondrias, posiblemente los organelos más conocidos de la célula, contienen material genético propio. En esencia, conforman algo distinto. Aunque viven en simbiosis, ese estado claramente comenzó como una relación parasitaria.
Por supuesto, no se puede descartar que pueda modificarse nuevamente. Por ejemplo, cuando fallecemos, toda la microbiota simbiótica modifica instantáneamente su relación con nuestro cuerpo y comienza a consumirlo.
Por eso, considero crucial evitar el sesgo temporal o de escala que nos lleva a suponer que la realidad tiene la medida del ser humano promedio.
En el libro argumentas que los parásitos deberían llevarnos a replantear cuáles son realmente las especies dominantes del planeta. ¿Por qué?
Los parásitos desempeñan un papel crucial en la regulación de las poblaciones y, por tanto, constituyen una poderosa fuerza evolutiva.
Cuando se comprende ese fenómeno, uno se pregunta: «¿Quién maneja realmente las riendas? ¿Quién influye de verdad sobre quién?».
En el libro planteo que el león no es el rey de la selva, sino el gusano que lo devora desde su interior.
Esta reflexión podría hacer que los parásitos nos parezcan aún más aterradores, pues nos gusta pensar en esos términos.
Sin embargo, así es la naturaleza: lo habitual es estar habitado por múltiples organismos, no por uno solo. La vida normal consiste en una interacción constante y cambiante con otras formas de existencia.
Más bien, lo anómalo es la idea humana de ser individuos puros, separados y superiores, pretendiendo un entorno estéril.

Fuente de la imagen, Cortesía de Andrés Cota Hiriart
Algunas de las historias sobre parásitos en tu libro parecen sacadas de una película de terror. De hecho, suelen emplearse para narrar relatos apocalípticos de ficción. ¿Podrías compartir alguna relación parasitaria que te haya sorprendido especialmente?
Quizá es al contrario. Tal vez no son las relaciones parasitarias las que se parecen a historias de terror, sino que las historias de terror imitan a las relaciones parasitarias.
Por ejemplo, los zombis son un fenómeno extendido y casi dominante en el mundo animal: muertos vivientes que contagian a otros.
El 90% de los animales son insectos, y la mayoría de estos albergan algún parásito específico que puede convertirlos en zombis.
Creo en el dicho que afirma que, en la naturaleza, la realidad supera la ficción, porque encontramos ejemplos increíbles, inesperados y abundantes.
Existen muchos parásitos que manipulan el comportamiento de sus hospedadores.
Hay hongos, protozoos, gusanos, e incluso avispas que han perfeccionado esta táctica de convertir en marionetas a los organismos que parasitan. Es auténtico teatro guiñol.
En redes sociales, circula el ejemplo de un hongo que invade a la hormiga, crece su micelio en su interior y la induce a ingerir una planta venenosa que normalmente evitaría.
Mientras la toxina actúa, el hongo impide que la hormiga muera, manteniéndola en un estado precario y controlando sus patas para que suba a la copa de un árbol.
Una vez en la cima, emerge de la hormiga el esporoma o sombrero del hongo —frecuentemente por la cabeza, aunque puede salir desde cualquier parte del cuerpo—.

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Y esas estrategias son numerosas, cada una más fascinante que la anterior.
Otro clásico es el caso del gusano gordiano que habita en grillos suicidas —un nombre que parece salido de David Foster Wallace—.
Este gusano, que a veces supera diez veces el tamaño del grillo, se reproduce únicamente en el agua. Por ello, induce desde dentro al grillo a suicidarse ahogándose, un fenómeno extraordinario.
Si se observa desde la perspectiva del grillo, parece una historia terrible. Pero al ampliar la mirada y considerar que muchos peces de estos ecosistemas ribereños se alimentan de grillos ahogados, se entiende que hay un ciclo mayor en juego.
En la naturaleza nada ocurre aisladamente. La muerte de unos implica la supervivencia de otros.
Por último, uno que me fascina por su complejidad es cuando la manipulación no requiere infestar al otro organismo:
Esas avispas que, con un solo pinchazo, le inyectan a la araña sus huevos y un cóctel neuroquímico que altera por completo su conducta.
Entonces, la araña destruye su propia telaraña y construye una nueva, muy distinta a la habitual, para proteger los huevos que se desarrollan en su interior sin que ella lo sepa.
Es un fenómeno extraordinario desde el punto de vista evolutivo. Es como si existiera un parásito capaz de alterar no solo nuestra conducta, sino también nuestra actividad en redes sociales.

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¿Podría ocurrirnos algo similar a los humanos, como en The Last of Us, que un hongo nos invada y nos transforme en zombis?
Algunos afirman que es perfectamente posible, aunque no ocurrirá en el corto plazo.
Quizá dentro de mil millones de años, podría existir un escenario en el que estos hongos cordyceps ataquen también a mamíferos.
El calentamiento global, de hecho, aumenta esas probabilidades.
La covid constituyó una oportunidad para reflexionar sobre nuestra relación con otras especies y con la naturaleza invisible a simple vista. ¿Qué lecciones deberíamos haber aprendido de la pandemia?
Indudablemente. La covid evidenció algo que, al menos para mí y para otros interesados en estos temas, no es sorpresa: a nivel celular, no disponemos del libre albedrío ni del control absoluto que creemos tener.
A nivel celular, nuestros simbiontes, invasores y patógenos deciden muchos aspectos de nuestra vida. No somos tan dominantes como suponemos.
También resaltó un problema grave: la capacidad científica, médica y técnica está allí, pero nuestros errores residen en lo político y económico.
La vacuna se desarrolló con rapidez, pero la cuestión fue quién la tenía acceso, a quién se le suministraba y a quién no.
Es preocupante ver que, en ese aspecto, todavía vivimos en una especie de Edad Media. Permanecemos en un mundo feudal, a merced del destino impuesto por seis individuos.
La covid no dejó al mundo mejor preparado para la siguiente pandemia, y la cuestión no es si llegará otra, sino cuándo, pues eso es la normalidad en el mundo viviente.
Muy probablemente, quienes estamos vivos ahora seremos testigos de la siguiente. De hecho, la gripe aviar ya está a la vuelta de la esquina.

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Regresando a los parásitos, en tu libro te enfocas en el toxoplasma, un protozoo que se reproduce en el tracto digestivo de felinos, pero que se estima puede estar presente en uno de cada tres humanos. Es el parásito que posiblemente esté vinculado con la esquizofrenia de tu abuela. ¿Cuánto debería preocuparse una persona común por el toxoplasma y qué medidas tomar?
Diría que quienes tienen gatos deberían estar plenamente conscientes de la presencia del toxoplasma y actuar en consecuencia: manejar adecuadamente sus excretas y, sobre todo, vacunarlos.
Si un gato está vacunado contra el toxoplasma, no lo transmitirá ni a su dueño ni a nadie más. Es una medida sencilla al alcance de una consulta veterinaria.
Además, es esencial saber que los gatos que salen al parque y llevan una vida semidoméstica están en constante riesgo de contagiarse y diseminar sus excretas en distintos lugares.
Amo a los gatos, son parte de mi familia, pero nuestra relación con ellos implica desafíos a nivel global.
Por supuesto, no se trata de demonizarlos, pues su ausencia podría causar un aumento de roedores y brotes de peste negra.
Finalmente, es crucial entender que somos animales más dentro del gran entramado viviente y, por ende, estamos sujetos a procesos biológicos que afectan a todas las especies.
A nivel microscópico, en la dimensión celular más pequeña de la vida, es evidente que somos parte de la naturaleza.
Cada persona es un entorno amplio, habitado por una multitud, por toda una comunidad. Esa frase de I contain multitudes («Contengo multitudes») es absolutamente cierta desde la biología.
Al reconocernos como otro animal más, como una criatura más, nos hacemos conscientes de que los seres que nos habitan dependen de nosotros, y a su vez, nosotros dependemos del entorno entero.

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Por último, ¿deberíamos atrevernos a comer esa arepa rellena, ese taco o ese perro caliente que venden en la calle?
Sí, sin duda, porque esa es la esencia del sabor de la vida. ¿Qué sería la vida sin riesgos? ¿Qué sería la vida sin grasa? (risas).
No puedo recomendar pautas alimenticias a nadie, pero sí diría que en la calle, aparte de lavarse las manos, es mejor consumir alimentos cocidos.
Un taco, si no lleva cilantro —que es algo común en México— y está bien cocinado, probablemente no contagiará nada.
Si está crudo, sí representa un riesgo. Por ejemplo, nunca se debe comer cerdo o pollo crudos, y la carne de res o pescado crudos solo debería consumirse en lugares de confianza.
El gusano del sushi, que da inicio al libro, ahora es más común en México, Perú y Ecuador. Esto se debe a que peces de agua dulce como la tilapia, mojarra y carpa, que criamos en presas y hemos introducido en numerosos cuerpos de agua, generan este problema biológico.
En Latinoamérica, antes no era un riesgo consumir ceviche en relación con el gusano del sushi, pero actualmente, debido a la predominancia de la tilapia en casi todos lados, sí lo es.
Es un desafío que tenemos que enfrentar.

Fuente de la imagen, Cortesía de Andrés Cota Hiriart

