Una villa con una historia única, caracterizada por una independencia poco frecuente y una fortaleza que domina el paisaje desde lo alto. Su pasado vinculado a una potente orden militar la convierte en una visita obligada
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En el interior de Valencia, en una comarca llena de contrastes como La Costera, se encuentra un pueblo encantador que destaca por dos motivos: su silueta fortificada en la cima de un cerro y un pasado donde el concepto de autoridad se percibía de forma diferente al resto del antiguo Reino. Entre calles empinadas, retablos cerámicos en las fachadas y miradores abiertos al valle, la escapada se complementa con rutas de senderismo y espacios naturales ideales para pasear sin prisa.
Ese sitio es Montesa, asentado en un punto elevado desde donde se dominan el valle y las vías circundantes. La visita suele iniciarse en la plaza de la Vila, lugar que alberga la Casa de la Vila y la iglesia parroquial de l’Assumpció, un templo del siglo XVII construido tras la decisión en 1686 de reemplazar la antigua iglesia de la conquista. A unos pasos, el Museo Parroquial resguarda patrimonio artístico y piezas góticas provenientes del castillo-convento. Sin embargo, el mayor atractivo es el Castillo de Montesa: una fortaleza gótica del siglo XIII, erigida sobre una construcción ibero-romana previa, que fue sede de la Orden de Santa María de Montesa tras la donación de Jaime II en 1319. Bajo esta jurisdicción, la villa dejó de depender directamente del realengo, hasta la integración en la corona con Felipe II.
Qué ver y qué hacer
Además de su valor fotográfico, el castillo conserva vestigios evidentes de su época conventual: pese a los daños sufridos en el gran terremoto de 1748, aún se pueden contemplar la sala capitular gótica y otras estancias. Muy cerca se encuentra La Mola, una meseta rocosa asociada a la memoria de antiguas batallas, y en verano, la fortaleza acoge conciertos nocturnos. Para completar la visita urbana, el diseño del casco histórico —con calles angostas adaptadas a la pendiente hacia el castillo— genera esa sensación de un pueblo vivido, mientras que el Museo del Aceite, ubicado en una antigua almazara, exhibe maquinaria y utensilios tradicionales vinculados a la economía local.
En las inmediaciones, el recorrido se abre con el Barranc de la Fosch, en la Serra Grossa, donde se encuentran barrancos, paisajes fluviales, flora y fauna, casas antiguas y vistas hacia el castillo. También destacan la ermita del Calvari —una de las más relevantes por su diseño arquitectónico—, la ermita de la Santa Creu y el sendero hasta la Cova de la Nevera, un refugio tradicional. Y para quienes buscan ambiente festivo, Montesa mantiene la hoguera de san Sebastià alrededor del 20 de enero, celebra sus fiestas patronales en la última semana de agosto y organiza los Moros y Cristianos en torno al 9 de octubre.
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