Rafael Alonso, psicólogo y especialista en recursos humanos, señala que las nuevas generaciones muestran menos interés en roles directivos

El especialista equilibra los intereses de los jóvenes con las condiciones reales para un avance laboral

La jefatura se aleja de

Las declaraciones de Rafael Alonso, psicólogo y especialista en recursos humanos, reflejan una tendencia cada vez más evidente en el ámbito laboral: “Las nuevas generaciones ya no aspiran a ser jefes”. El deseo de alcanzar cargos directivos ha perdido atractivo entre quienes ingresan al mundo laboral en años recientes. El liderazgo, tradicionalmente vinculado al éxito y reconocimiento, ahora se percibe con distancia y, en numerosos casos, con rechazo por parte de los jóvenes.

La razón fundamental de este cambio reside en la imagen que se tiene sobre lo que implica ser jefe. Para muchos, asumir ese rol no representa una mejora significativa en las condiciones de vida. Las responsabilidades aumentan, pero la remuneración apenas varía. Además, la posición del jefe suele incluir problemas que exceden la jornada laboral y cuya solución resulta complicada. Esta realidad plantea la duda sobre si realmente vale la pena soportar tanta presión por tan poca recompensa.

Quienes han experimentado el paso a la jefatura encuentran que la rutina diaria se complica rápidamente. El trabajo deja de enfocarse en las tareas que resultaban gratificantes y se convierte en una mezcla de gestión de personas y resolución de conflictos. Según comenta Alonso, la brecha entre el trabajo técnico y el liderazgo es mucho más amplia de lo que parece desde afuera.

¿Por qué rechazan ser jefes?

El desinterés hacia los puestos de jefatura no es fortuito. En el caso de los mandos medios, la situación resulta especialmente compleja. Estos profesionales quedan atrapados entre las demandas de la dirección y las expectativas del equipo. “Te conviertes automáticamente en blanco de críticas de ambas partes, cada una persiguiendo sus propios objetivos”, explica Alonso. La presión se intensifica y, con ella, la sensación de aislamiento.

La incorporación tardía al mercado laboral de los jóvenes, con una tasa de empleo entre 16 y 29 años 15 puntos porcentuales menor que en 2007, llevará a que quienes se jubilen en 2065 y hayan cotizado solo 30 años deban compensar sus aportes reducidos retrasando la jubilación hasta los 71 años si desean conservar su nivel de vida actual.

Asimismo, asumir un cargo de jefe suele implicar hacerlo sin la preparación adecuada. La transición requiere no solo nuevas competencias, sino también un acompañamiento que frecuentemente falta en las organizaciones. El tiempo se reparte entre las tareas habituales, que suelen resultar satisfactorias, y la gestión de personas, que añade complejidad y carga emocional. En muchos casos, esto desemboca en un agotamiento crónico, tanto mental como físico.

En recursos humanos existe una expresión para este fenómeno: “perder a un buen empleado para generar un mal manager”. La promoción sin planificación, sin formación ni soporte, pone en riesgo tanto al individuo como al equipo. “Esto ocurre, en gran parte, debido al caos organizacional y la falta de previsión”, señala Alonso. Las empresas que no brindan apoyo a sus nuevos líderes terminan fomentando frustración y disminución en la motivación, afectando el clima laboral.

La interrogante que queda para muchos profesionales es si realmente vale la pena aceptar la jefatura bajo estas circunstancias. No se trata solo del talento o la disposición, sino de contar con estructuras que permitan ejercer el liderazgo sin sacrificar el bienestar. Para las nuevas generaciones, la respuesta suele ser contundente: prefieren evitar el rol de jefe antes que asumir un costo personal tan elevado.

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