El medallista de Pekín 2008 narra en el Wall Street Journal las dificultades financieras que enfrentó durante su etapa profesional.
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Dan Walsh conoce lo que implica subir al podio olímpico y, a la vez, manejar las finanzas al límite. El remero estadounidense, que obtuvo el bronce en los Juegos de Pekín 2008, reveló cómo sus ciclos olímpicos estuvieron marcados por deudas y una gestión económica al borde del colapso.
Compartió su experiencia en el podcast financiero del Wall Street Journal. En el episodio «Going for Gold: The Financial Hurdles Facing Olympic Athletes» Walsh reconoce que cada ciclo hacia unos Juegos implicaba hipotecar su futuro. «Me endeudaba en cada ciclo olímpico», comenta al periodista J.R. Whalen, para luego detallar el punto decisivo: «Llegué a acumular alrededor de 47.000 euros de deuda con una cooperativa de crédito», rememora ya retirado.
Su relato desmiente la creencia de que una medalla olímpica asegura estabilidad económica. Walsh explica que gran parte del déficit se originaba en los gastos diarios del centro de alto rendimiento: alojamiento, combustible, desplazamientos internos y, principalmente, la alimentación.
Como remero de alto nivel, requería entre 6.000 y 10.000 calorías cada día para mantener la carga de entrenamiento, un consumo que incrementaba notablemente el coste del supermercado. «Todo el dinero que entraba se invertía en lo indispensable y la comida muchas veces terminaba financiada con la tarjeta de crédito», confiesa durante la charla.
Este ciclo se repetía en cada preparación olímpica. Walsh confiaba en los premios económicos por resultados para «cerrar» el déficit que él mismo calculaba: hasta dónde podía dejar crecer la deuda sin que se hiciera impagable.
Dan Walsh, durante una competición.
Cuando todo iba bien, las medallas le daban un respiro; cuando no, tenía que aceptar que el nuevo año empezaba con intereses acumulados. «Intentaba cuadrar el balance pensando: ‘si ganamos medalla en el Mundial, ese dinero me permitirá reducir la deuda a este nivel y no más'», comenta.
Walsh señala que su caso no es una excepción, sino que refleja una tendencia común entre atletas de deportes «no profesionales»: ingresos inestables, una carrera corta y la constante presión de costear viajes, equipamiento y alojamientos fuera de casa.
Su punto de inflexión llegó cuando quedó fuera del equipo en 2012 por razones de salud. Sin Juegos y con decenas de miles de dólares en deudas, tuvo que abandonar el remo para salvar su economía.
Obtuvo un puesto de entrenador en la Universidad de Northeastern y desde esa posición comenzó a ordenar sus finanzas. «Al final tenía cerca de 47.000 euros en deuda y, por primera vez desde 2010, pude decir que estaba casi libre de pasivos, salvo la hipoteca», detalla.
En el podcast, Walsh insiste en que el principal error de muchos deportistas es no manejar su carrera como un negocio. Entrenan profesionalmente, pero administran sus ingresos como amateurs.
Ante esto, defiende tres principios esenciales: planificar un presupuesto real, aceptar que habrá años con pérdidas y establecer un límite claro para la deuda asumible. Para él, aprender a decir «no» a ciertas competiciones o concentraciones fue tan importante como aceptar un trabajo fijo cuando su cuerpo dejó de responder igual.
La experiencia lo ha llevado a asumir un rol casi educativo con las nuevas generaciones de remeros. Walsh menciona que muchos jóvenes llegan a la selección sin conocimientos sobre finanzas personales, atraídos por la idea del uniforme de Estados Unidos.
Sin tomar en cuenta que detrás están los costes de vuelos, alquileres y tarjetas de crédito. «Es fundamental tratar la carrera deportiva como una empresa: conocer lo que entra, lo que sale y qué cantidad se puede permitir perder», concluye.

