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- Autor, Paula Rosas
- Título del autor, BBC News Mundo
- 2 enero 2026
- Tiempo de lectura: 8 min
Al decidir Ainara y Roger dejar la gran ciudad para establecerse en Corterrangel, en la provincia de Huelva, incrementaron la población del municipio en casi un 20%.
La diferencia entre esta pequeña aldea de 15 habitantes y la Sevilla donde residieron durante quince años, no podría ser más evidente. Ubicado en el parque natural Sierra de Aracena y Picos de Aroche, el pueblo está rodeado por bosques de castaños y dehesas con encinas y alcornoques, refugio de aves rapaces y hogar de ginetas y tejones.
«El silencio y la conexión con la naturaleza son aspectos que valoramos profundamente», comenta Ainara. En Corterrangel, crían a su hija Irati en una casa que aloja una perra, Eska, gallinas y un huerto. Allí no existen el tráfico ni ruidos, y además cuentan con una ventaja clara: «Pudimos adquirir nuestra vivienda de una sola vez con los ahorros que teníamos».
En Sevilla, el alquiler aumentaba de forma constante, mientras que comprar una casa era complicado al no contar con contratos fijos que los bancos exigían para otorgar hipotecas.
Ambos, profesionales de la ciencia, se dedican a investigar: Ainara estudia a los alimoches, la especie más pequeña de buitres en Europa, mientras que Roger analiza los ácaros que habitan en las alas de las aves. Trabajan para el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), la principal institución pública española de investigación, donde las contrataciones suelen depender de fondos cambiantes renovados periódicamente.
Desde que se mudaron a Corterrangel hace ocho años, se desplazan hasta su oficina en Sevilla, a poco más de una hora por carretera. Aunque representa un desafío, lo consideran un precio justo: «Vivir aquí nos proporciona mucha tranquilidad», afirma la investigadora.
¿Se identifican como neorrurales? «Sin duda», responde Roger. Su traslado al campo no fue solo una necesidad, sino también una decisión reflexionada y deseada.

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El caso de Ainara y Roger no es aislado. En los últimos años, un número creciente de jóvenes en España busca alejarse de las grandes urbes en pos de una mejor calidad de vida y por los elevados costos del mercado inmobiliario, que se encuentra en sus niveles más altos en la historia del país.
Diversos estudios científicos documentan esta tendencia que comenzó durante la pandemia.
Aunque algunas personas que se trasladaron a zonas rurales en esa época han regresado a las ciudades conforme el teletrabajo ha disminuido, otros ya han establecido sus vidas allí o planean afincarse en áreas rurales.
Precios en máximos históricos
Uno de los factores impulsores es el aumento en los precios de la vivienda. En España, estos valores superan los registrados durante la burbuja inmobiliaria que estalló en 2008, mientras que el alquiler ha crecido a tasas de dos dígitos en muchas comunidades autónomas, según María Matos, directora de Estudios y portavoz del portal inmobiliario Fotocasa, en conversación con BBC Mundo.

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Una encuesta llevada a cabo por este portal durante el verano reveló que un 63% de quienes buscaban vivienda, sea para alquiler o compra, preferiría establecerse en zonas rurales.
Esta preferencia es notable especialmente en personas con ingresos limitados y en grupos vulnerables, «como los jóvenes, que ven en el medio rural una oportunidad real para independizarse», puntualiza Matos.
Entre los jóvenes de 18 a 24 años, el 70% soñaba con vivir en el campo, aunque la mayoría es consciente de que esa meta es poco práctica, principalmente debido a limitaciones laborales.
La disparidad entre los sueldos y la subida desproporcionada de precios en alquiler y compra explican esta aspiración. Según el Instituto Nacional de Estadística, en 2024 el salario bruto promedio en España fue de 2.385 euros mensuales; para menores de 25 años, el promedio bajó a 1.372,8 euros mensuales.
En Madrid, el alquiler promedio por metro cuadrado es de 22,37 euros, lo que significa que una vivienda familiar típica de 80m2 ronda un coste mensual de 1.789,6 euros.
Cambio de vida
En el caso de Anaí Meléndez, originaria de Valladolid, el alza en los alquileres fue el motivo decisivo para dejar Madrid.
Tras varios años trabajando en importantes agencias de publicidad en la capital, los salarios eran bajos y los costos de alquiler cada vez más gravosos.
Ella tuvo que abandonar uno de sus pisos porque el dueño alegó que necesitaba la vivienda para uno de sus hijos, un motivo legalmente permitido para terminar un contrato de alquiler en España. Sin embargo, pronto descubrió que ese mismo piso estaba listado en AirBNB, portal de alojamientos turísticos.

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Ante bajos salarios, altos alquileres y una separación personal, Anaí decidió dejar su empleo y reenfocar completamente su vida.
«Desde hace tiempo tenía una afición: organizar catas de chuletas en mi piso de Lavapiés. Comencé invitando a amigos, y poco a poco se fue expandiendo. Primero eran conocidos, luego amigos de amigos… Al final, decidí que podía monetizar esas reuniones», relata a BBC Mundo.
Gracias a la prestación por desempleo, pudo pasar dos años explorando la región donde está ubicado su pueblo, Nava del Rey, en busca de proveedores, estableciendo conexiones y encontrando personas con pensamientos similares, según explica.
Finalmente, halló un local en su pueblo para reformar y allí abrió «Caín», un restaurante especializado en carnes a la brasa que utiliza productos locales y de temporada.
Anaí afirma que no es un caso único: existen jóvenes que han regresado a Nava del Rey, localidad con menos de 2.000 habitantes, para abrir negocios como clínicas de fisioterapia, o quienes aprovechan las viejas viñas de sus abuelos para elaborar vinos con técnicas modernas, mejorando la calidad de los productos ancestrales.
«Hay muchas oportunidades en zonas rurales, pero hay que generarlas y buscarlas», considera Anaí Meléndez.
La "España vaciada"
Este fenómeno toca uno de los grandes retos de la conocida como «España vaciada»: las áreas rurales que han sufrido un éxodo masivo en las décadas de 1950 y 60 hacia las ciudades, enfrentándose ahora a la pérdida de servicios públicos y a un desequilibrio en su desarrollo social, económico y cultural.
Diego Curto, gerente de la Asociación para el Desarrollo Integral del Valle de Ambroz (DIVA), una organización sin ánimo de lucro dedicada a dinamizar esta región extremeña, corrobora esta realidad.

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La reducción de población provoca el cierre de servicios, negocios, bares y restaurantes, creando un círculo negativo que disminuye el atractivo de la región y motiva a otros a irse.
Desde DIVA y organizaciones similares, se esfuerzan en activar la región, crear puestos de trabajo y atraer residentes. Para ello, han puesto en marcha un banco de viviendas y terrenos disponibles para alquiler en la zona, además de proporcionar información sobre servicios locales como hospitales, centros de salud, colegios y guarderías.
Varias familias ya se han instalado en el valle. «La gente busca calidad de vida y calma, y muchas familias desean que sus hijos crezcan en el entorno rural, libre de muchos problemas urbanos», destaca Curto a BBC Mundo.
También han recibido solicitudes de familias latinoamericanas interesadas en trabajar allí: «Muchos nos comentan que llevan años en Madrid o Valencia y desean cambiar, y esos perfiles son muy necesarios para nosotros», añade.
Las barreras
No obstante, el problema de la vivienda sigue siendo un desafío: aunque los precios son más bajos que en grandes ciudades, en muchos pueblos la oferta es escasa.
«La falta de vivienda es una de las razones principales por las que muchas personas no optan por vivir en pueblos», explica Curto, lamentando que los proyectos de vivienda pública suelen ubicarse en ciudades o núcleos urbanos grandes.
Este déficit ha impulsado la alza en los precios en toda España, afirma María Matos.
«España ha recibido a más de 500.000 personas en el último año y arrastramos un déficit anual cercano a 150.000 viviendas, haciendo que la brecha se agrande», señala la directora de Estudios de Fotocasa.

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Además, los estereotipos constituyen otro impedimento para algunas personas que podrían beneficiarse de una vida rural.
«Muchos creían que mudarse al campo era retroceder, pero nosotros pensamos que encontraríamos personas con vidas diversas e interesantes, y así fue», comparte Ainara, la investigadora.
Sí han tenido que aceptar ciertos sacrificios.
«No puedes ir a las dos de la mañana al Carrefour Express ni contar con Glovo (aplicación de reparto a domicilio)… Estamos acostumbrados a un estilo de vida difícil de cambiar», admite Analía Meléndez.
Por esta razón, asegura, muchas personas cercanas que quisieran seguir sus pasos encuentran complicado romper su rutina.
«Soy impulsiva, pero sé que no es sencillo decir: ‘Oye, deja todo y haz como yo, vete a vivir a un pueblo'», concluye.

