El director griego no comprendía por qué sus vecinos saltaban, gritaban y lloraban, pero tomó su cámara y comenzó a filmarlos. «Voy a obtener más de la lotería que ellos», afirmaba, anunciando un documental acerca del premio. Ahora asegura que lo finalizará en 2026.

La mala fortuna de Costis llegó hasta la portada de The New York Times: «In Spanish Village, Everyone’s a Winner, Almost» —«en un pueblo español, casi todos son ganadores»— titulaba el reconocido diario junto a la imagen de un grupo de jubilados jugando a las cartas.
La afortunada localidad era Sodeto (Huesca) y el «casi» refería a él, a Costis. Justo tras el sorteo de Navidad de 2011, una parte considerable de El Gordo —«una verdadera obsesión nacional», explicaba el NYT al describir la singularidad de esta lotería— fue repartida entre los 227 vecinos de este pequeño pueblo, que cuenta con 75 casas.
La Asociación de Amas de Casa de Sodeto vendió puerta a puerta 1.200 papeletas de cinco euros cada una con el número 58.268 —cuatro eran jugadas; una correspondiente a la asociación—, lo que generó un total de 96 millones de euros en premios. Si se divide esa cifra entre las viviendas, resulta un promedio de 1,28 millones por casa. En todas, todas las viviendas recibieron alguna cantidad. Excepto en la de Costis.
Costis era el apodo por el que conocían a Konstantinos Mitsonakis, quien hoy tiene 56 años. El griego, ingeniero de sonido y fotógrafo, llegó a Sodeto siguiendo a una mujer local de la que se enamoró. La relación terminó, pero él permaneció allí. Compró una finca de ocho hectáreas en las afueras y se estableció en un granero, desde donde disfruta —y disfrutaba— de vistas privilegiadas a los torrellones, unas formaciones geológicas impresionantes con forma de chimeneas.
Alrededor de las 10.00 horas del 22 de diciembre de 2011, cuando la alcaldesa tomó un megáfono y anunció la mejor noticia de su vida —«Sodeto, felicidades, nos ha tocado la lotería»—, un amigo llamaba a Costis desde el tren Ave. Le contaba que desconocía lo que había ocurrido en Sodeto, pero que debía ser algo importante, ya que en el viaje la gente no paraba de mencionar el nombre del pueblo por teléfono.
Costis no comprendía del todo las escenas que observó cuando se acercó a la plaza, pero volvió por su cámara para registrar esos momentos. «Saltaban, gritaban, lloraban. Me parecían reacciones exageradas. Escuchaba que decían: ‘Yo, una papeleta; yo, cuatro; yo, ocho…’. Pero no entendía el significado exacto. Cuando me explicaron que cada papeleta representaba 100.000 euros…».
Costis relataba esto cuando lo visitamos en su casa de Sodeto en diciembre de 2012, un año después. «Creo que sacaré más ventaja de la lotería que mis vecinos, porque tengo el guion perfecto», se mostraba confiado y feliz. Se refería al valor que anticipaba lograr con el documental que estaba elaborando.
Bajo el título Cuando tocó, el proyecto partía de las imágenes de esa felicidad auténtica que filmó en los primeros instantes para luego profundizar con decenas de horas de entrevistas en las historias personales de los nuevos millonarios y el impacto que El Gordo podría haber tenido en sus vidas. En un inicio anunció que se estrenaría en 2015, luego pospuso a un par de años después, y después comentó que sería en 2019.
-¿Qué ha pasado con el documental? -le consultamos recientemente.
-Sigue adelante, sé que puede parecer absurdo, pero continúa. Tuvimos que detenerlo unos tres años por varias causas y ahora aprovecharemos para registrar los cambios ocurridos en este período, para ilustrar qué significa esa cantidad de dinero para una población tan pequeña y cómo influye en su futuro. Estoy seguro de que muchos creen que el documental no existe, pero sí existe, solo hay que tener paciencia —responde seguro de que lo completará en 2026.
A los afortunados, adelanta, no les ha transformado demasiado la vida. El pueblo agrícola, que había invertido en la reconversión de sus terrenos al regadío, pagó deudas, adquirió maquinaria mejor y reparó sus viviendas. «Han ganado en tranquilidad», sintetiza Costis, quien continúa sin ser fanático de la lotería. «Yo no compro, otros me la compran, como las amas de casa, que me dicen: ‘Te hemos reservado una papeleta’, pero yo no la compro».
-¿Te la regalan?
-No, no, la pago. Eso lo aprendí: hay que pagarla.

