De Colombia a México: experiencia real de trabajar para un cartel de droga mientras cuidaba limones y escapaba exitosamente

Representación de Orlando Paniagua, durante su fuga de un cartel mexicano en Michoacán.

    • Autor, José Carlos Cueto
    • Título del autor, Corresponsal de BBC News Mundo en Colombia
  • 1 agosto 2025Actualizado 4 agosto 2025
  • Tiempo de lectura: 11 min

Orlando Paniagua*, de 45 años, con un fusil al hombro, avanza en la madrugada por limonares mientras narcos mexicanos lo persiguen de cerca.

Es abril en Michoacán, la Tierra Caliente al occidente de México, donde el sol alcanza los 40°C durante el día; para este exmilitar colombiano no hay vuelta atrás.

Cuando alguien intenta escapar del crimen organizado mexicano, como hizo Paniagua en abril de 2024, sólo le esperan dos caminos: la bala o un milagro.

En junio pasado, Omar García Harfuch, secretario de Seguridad de México, anunció que carteles mexicanos estaban reclutando exmilitares colombianos, muchos bajo engaños, para reforzar sus filas en medio de sus cruentas disputas territoriales.

El anuncio se produjo días después de que 12 colombianos fueron capturados en Michoacán, señalados en relación con un ataque con mina que causó la muerte de ocho soldados mexicanos.

Gracias a la colaboración con autoridades colombianas, García Harfuch confirmó que nueve de los 12 eran exmilitares. Los otros tres eran civiles, aunque capacitados en el uso de armamento.

La presencia de exsoldados colombianos en grupos armados mexicanos es parte de una larga cadena donde veteranos retirados del país sudamericano, tras concluir servicio, aceptan ofertas laborales en el extranjero y se involucran en conflictos de terceros como Ucrania, Sudán o la guerra por territorios de narcotraficantes mexicanos.

Muchos, entre ellos Paniagua, llegan engañados y alentados por un salario considerable que compense sus pensiones bajas y las limitadas oportunidades laborales en Colombia.

Paniagua, quien busca hacer visible su experiencia, ha relatado ya su testimonio manteniendo anonimato para medios como Radio Ambulante.

Esta es su versión para BBC Mundo.

Omar García Harfuch, secretario de Seguridad de México.

Fuente de la imagen, Getty Images

"En Colombia no habría ganado US$2.000 al mes"

Serví 24 años en las fuerzas militares de Colombia. Me retiré en 2022 como sargento primero.

Tengo 45 años y nací en Bogotá. Por mi carrera militar he vivido en varios departamentos y ciudades.

¿Cómo acabé en México?

Cuando uno sale del ejército en Colombia, es muy difícil encontrar empleo. Las opciones son reducidas.

Había hablado con un excompañero de armas, que tristemente no se sabe de él – espero que Dios lo tenga en gloria.

Un día le pregunté por oportunidades en México, donde él estaba. Me comentó que necesitaban personal para seguridad.

Me conectó con alguien llamado «Veracruz», quien gestionaba el reclutamiento en México. Era el encargado administrativo.

Lo contacté y me ofreció protección de grandes empresas y cultivos de limón en Michoacán.

La paga iba de 30.000 a 40.000 pesos mexicanos mensuales (US$1.600 – US$2.130). Nunca lograría ese salario en Colombia.

Incluso me ofrecieron cubrir el viaje, pero yo preferí pagarlo por mis medios con un paquete turístico para no deber favores.

Arreglé unos pendientes y, tras el contacto a finales de 2023, viajé a México en la primavera de 2024.

Talento valorado

Tras décadas de conflicto armado, Colombia cuenta con un ejército amplio y numerosos soldados retirados jóvenes, sobre los 40 años, cuyas pensiones no alcanzan para mantener a sus familias.

Un veterano colombiano relató a BBC Mundo que sus pensiones suelen estar entre 1.600.000 y 1.700.000 pesos colombianos, equivalentes a unos US$400 por mes.

Para estos jóvenes, con pocas posibilidades laborales, es común laborar tras el retiro en empresas de seguridad privada localmente o en el extranjero.

Muchos también responden a convocatorias de ejércitos como el de Ucrania, que contratan personal para reforzar sus filas.

Estos procesos de contratación y reclutamiento suelen suceder a través de un mercado opaco, donde las ofertas se difunden principalmente en grupos de WhatsApp.

El talento militar colombiano, apreciado en el extranjero, con frecuencia es engañado y termina en escenarios más peligrosos que los prometidos, dependiendo de empleadores ocultos que sólo se revelan cuando es demasiado tarde.

Soldado colombiano durante un ejercicio militar en Ucrania en 2023.

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"Desde que llegué, no pintaba bien"

Llegué a Ciudad de México y al día siguiente me encontré con el tal «Veracruz». Fue la primera y última vez que lo vi.

Me informó que en Michoacán me recogerían en taxi para trasladarme hasta Pizándaro, en el mismo estado. Así ocurrió.

En Pizándaro me recibió un hombre llamado «Gabriel». Allí muchos usan apodos.

A mí me asignaron el alias «Miguel». Al escucharlo, me pregunté para qué usar un apodo si uno supuestamente iba a hacer algo legal. Por ahí comenzamos mal. No pintaba bien.

La casa donde me alojaron en Pizándaro era aislada, con una cama por habitación. Había otras camas vacías pero con efectos personales de otros jóvenes que vivían y trabajaban allí.

Algunos también colombianos.

Dormí y descansé, y al amanecer Gabriel me avisó que esa noche tenía que trabajar.

Por la tarde me recogieron, me subieron a un vehículo y nos desplazamos a una carretera rural en una zona montañosa, alta, sin presencia de pobladores.

Entonces llegaron varias camionetas lujosas con mucha gente armada, como si uno estuviera en un conflicto bélico como en Ucrania.

Me preguntaron qué armas podía usar y, como militar, dominaba muchas. Me asignaron una Barrett .50.

Fuimos a varios lugares de los que nunca supe los nombres. No tenía idea del propósito.

En un pueblo dimos varias vueltas. Luego subimos a las camionetas y regresamos a Pizándaro.

Ese lugar era un lugar oscuro. No sé a qué se dedica la gente allí. Supongo que al narcotráfico porque no vi comercios, nada.

Además hacía mucho calor, llegaba a los 40°C. Estuve allí entre dos y tres días.

Se supone que uno trabaja seis meses, con un mes de vacaciones y luego regresa a casa.

Pero cuando me pusieron un alias, me subieron a una camioneta armado, entendí que no era un trabajo legal, era para un cartel.

"Ya solo pensaba en escaparme"

Fusil fotografiado por Orlando Paniagua

Fuente de la imagen, Cortesía

Entonces decidí que debía escapar, aunque cometí un error.

Contacté al taxi que me llevó a Pizándaro y le pedí que me regresara para un trámite.

Él me delató con «Veracruz», quien me llamó preguntando por qué me quería ir.

Le dije que tenía un problema con mi hija en Colombia y necesitaba viajar urgentemente, dejando mis cosas allí.

Me contestó que sólo existía una forma de salir de allí… y ya sabía cómo…

Le respondí que sabía que de ahí no se salía sino muerto y que seguiría adelante con el trabajo.

Él se ofreció a ayudar y para calmar la situación fingí que necesitaba enviar dinero a Colombia. Me preguntó cuánto.

Le dije un millón de pesos y le facilité el contacto de un amigo en Colombia para recibirlo. Lo envió y bajó la tensión.

Desde ese momento, sin embargo, me vigilaban constantemente.

En la noche del 16 de abril me dieron ropa militar, botas y una bolsa. Mi maleta personal permaneció en la habitación.

Cerca de las 10 p. m. llegamos a otra zona montañosa, donde me entregaron un AK-47 y un chaleco con municiones.

Al llegar, había un grupo de mexicanos armados. La mayoría eran adolescentes, de 15 a 16 años. Sólo había un colombiano entre ellos.

En ese instante, sólo pensaba en cómo lograr escapar.

Alianza prolongada

En años recientes, las autoridades mexicanas han detenido decenas de exmilitares colombianos vinculados al crimen organizado en Michoacán.

Un informe del diario mexicano El Universal indica que, según investigaciones locales, la presencia de exsoldados y exguerrilleros colombianos data desde 2013 en ese estado mexicano.

Esa pesquisa detalla, como ocurrió con Paniagua, que algunos colombianos llegan reclutados bajo engaños para posteriormente integrarse a grupos como el Cartel Jalisco Nueva Generación (CJNG) o Los Viagras.

Las labores de los colombianos en México abarcan el entrenamiento de sicarios mexicanos, fabricación de explosivos y minas, además de construir vehículos con blindaje artesanal.

Hombres cargan el ataúd con los restos del alcalde César Arturo Valencia en su funeral en Aguililla, estado de Michoacán, en marzo de 2022.

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En este estado, rico en minería y agricultura y fundamental para las rutas del narcotráfico, el CJNG mantiene desde hace años una guerra territorial con la alianza Carteles Unidos, que incluye grupos como Los Viagras, la Familia Michoacana y el Cartel de Sinaloa.

En junio, la Cancillería de Colombia afirmó que la mayoría de colombianos que viajan a México lo hacen por motivos académicos, laborales o turísticos.

Sin embargo, también alertó sobre el «fenómeno creciente» del reclutamiento de personas con experiencia militar «para formar parte de estructuras delictivas al servicio del narcotráfico, la trata de personas y el tráfico de migrantes entre ambos países».

Los colombianos no requieren visa para ingresar a México, aunque el año pasado se registró la sorprendente cifra de 53.000 colombianos inadmitidos para entrar al país.

Las inadmisiones de colombianos en México han sido tema de negociaciones frecuentes entre las autoridades de ambos países.

Según Fernando García, embajador de Colombia en México, que exmilitares colombianos estén asociados con el crimen organizado mexicano puede perjudicar la reducción de estos rechazos migratorios.

"Un instinto me dijo que era el momento"

Los jóvenes mexicanos pasaban el tiempo fumando marihuana. Se quedaban dormidos y no les importaba la seguridad.

Guardamos vigilancia durante la noche. Yo estuve en una casa abandonada rodeada de cultivos de limón.

Al siguiente día, un domingo, el supuesto jefe del grupo armado explicó que esa noche teníamos un trabajo que implicaba una caminata larga.

Ese día analicé las direcciones – norte, sur, este y oeste – para decidir que la mejor opción para escapar era dirigirme hacia Acapulco, al sur.

Aproximadamente a las 7:00 pm comenzamos a caminar entre cultivos sin que nos dijeran el destino.

Cerca de las 10:00 pm, tras más de dos horas, un instinto me advirtió que debía quedarme quieto detrás de un limonar.

El resto siguió su camino, pero yo decidí regresar.

Me quedé inmóvil alrededor de 10 minutos. La noche era oscura y no notaron mi ausencia.

Volví al campamento a recoger mis cosas. No sé bien cómo llegué. Tomé el fusil y me dirigí hacia la zona del agua para evitar deshidratarme. Con ese calor y sin comida, la sed era peligrosa.

Caminé varias horas y a las 3:00 am el cansancio me venció. Me oculté en la maleza y pasé la noche.

Mapa de la ruta por donde se estuvo moviendo Orlando Paniagua en México.

Odisea alimentándose de limones

Las mañanas las pasaba oculto entre los árboles, escondido. Me buscaban con drones.

Al aproximarse las 6:00 pm, cuando el sol bajaba, reanudaba mi ruta hacia el sur, siempre siguiendo el cauce de un arroyo que desembocó en un río mayor.

Caminé entre 8 y 10 días consumiendo sólo agua y limón.

Después de unos días, decidí deshacerme de las armas y las escondí en la vegetación, ya que eran un peso innecesario.

Sólo mantuve contacto dos veces con Colombia para ahorrar batería del teléfono.

Desde Colombia contactaron una ONG mexicana que, mediante esta y la fuerza pública, consiguió recuperarme.

Nunca busqué ayuda directamente con la policía o federales porque hay mucha corrupción. Temía que me entregaran y me asesinaran.

Por ejemplo, el chico que me conectó con «Veracruz», un excompañero de ejército, desapareció; ningún familiar supo de él. Lo más probable es que lo hayan asesinado.

Allí matan, descuartizan y tiran en fosas. Pienso que a los carteles no les conviene que alguien que trabaja para ellos salga vivo y cuente su historia.

Con todo lo que uno ve allá, recoge mucha información. A los carteles les conviene silenciar eso.

Pienso que soy de los pocos que ha logrado escapar de esa gente.

"Eso de ir a México es mal negocio"

Miembro del grupo de autodefensa Pueblos Unidos en el estado de Michoacán.

Fuente de la imagen, Getty Images

Una persona común, sin mis 24 años de experiencia militar en selvas y montañas, no saldría viva de allá.

A los cinco días de huir, encendí el celular y contacté a mis conocidos en Colombia, quienes coordinaron mi rescate con la ONG en México y miembros de fuerza pública confiables.

Les avisé que llamaría de nuevo en cinco días para revisar avances; si no, era porque no volverían a saber de mí.

Durante esos días no permití que me viera ningún civil o campesino.

Cuando volví a llamar, me indicaron un punto de recogida alejado del agua, más hacia una cordillera.

Al día siguiente llegaron soldados y personal de la ONG que me esperaban con agua y sueros. Estaba muy deshidratado.

Me llevaron a Morelia y desde ahí iniciaron mi rápida repatriación a Colombia, donde retorné tras esta larga odisea.

A uno lo llevan engañado. Te prometen mucho… y luego descubres la verdad.

En México hay gente de las Farc, ELN, paramilitares, policías y soldados trabajando para esas organizaciones.

Me sorprende. Supongo que muchos están engañados, amenazados o porque simplemente no han tenido valor de escapar.

Hay muchos colombianos allá porque somos luchadores y valientes, pero la verdad es que ir allá es muy mala idea. Pocos logran salir vivos.

Reservo el nombre del cartel del que escapé. No quiero exponerl.

En Colombia, desafortunadamente, me acompañaron un par de días, pero no me brindaron ayuda ni protección.

Tuve que salir por seguridad y solicitar asilo en la Unión Europea. Ahora trabajo, gracias a Dios.

Al menos llevo un año de tranquilidad.

*Orlando Paniagua es un seudónimo para proteger la identidad del testimonio.

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