Cualquier persona con alergia —ya sea a alimentos, medicamentos o picaduras— está en riesgo de sufrir una anafilaxia, una reacción inmediata que afecta a todo el cuerpo y puede resultar fatal en pocos minutos si no se detecta y se atiende con prontitud
La anafilaxia representa la reacción alérgica más grave que se conoce. Se caracteriza por ser una respuesta alérgica generalizada, de aparición rápida y que puede resultar letal. A diferencia de otras patologías alérgicas, en este caso la reacción es “sistémica”, lo que implica que afecta al organismo en su totalidad y puede manifestar síntomas diversos en distintos sistemas. Además, es una reacción que ocurre de manera veloz, generalmente en cuestión de minutos, que puede presentar un cuadro grave. Incluso, en situaciones extremas, puede provocar un desenlace fatal, principalmente si los signos no se identifican a tiempo y no se brinda atención inmediata. Por otra parte, aunque sus manifestaciones son abruptas, los especialistas consideran que la anafilaxia constituye una condición crónica latente, dado que el sistema inmunológico del paciente está siempre predispuesto a reaccionar intensamente frente a exposiciones mínimas, a menudo invertidas, al alérgeno causante.
Por esta razón, con motivo del Día Mundial de la Anafilaxia, la Sociedad Española de Alergología e Inmunología Clínica (SEAIC) destaca la importancia de identificar, prevenir, tratar y educar adecuadamente para saber cómo actuar ante una reacción alérgica severa. En ese sentido, la SEAIC se suma a la campaña internacional promovida por la EAACI, cuyo lema es Conoce los signos, actúa a tiempo.
En los últimos años, se ha registrado un aumento notable en el número de casos. “Se observa un incremento de las anafilaxias, especialmente en niños de entre 0 y 14 años, donde los ingresos hospitalarios debido a esta causa han crecido trece veces entre 1998 y 2011”, explica la presidenta del Comité de Anafilaxia, la doctora Victoria Cardona.
En España, la incidencia anual estimada varía entre 3,2 y 30 casos por cada 100.000 habitantes. “Esto representa entre 1.600 y 14.000 episodios de anafilaxia anuales. No obstante, el número real podría ser superior: un estudio del Departamento de Salud de Elda (2017) indicó que solo el 20,6% de los casos acudió a urgencias hospitalarias, lo cual sugiere que la incidencia registrada en sistemas sanitarios podría estar infraestimada”, señala Cardona.
El alergólogo
El alergólogo es el especialista que acompaña a los pacientes con riesgo de anafilaxia durante todas las etapas de su vida. Su preparación le permite detectar tanto las causas más comunes como las menos frecuentes y diseñar las pruebas diagnósticas adecuadas, incluyendo análisis sanguíneos, pruebas cutáneas y exposiciones controladas al alérgeno.
Según la doctora Cardona, el alergólogo desempeña un papel de investigador. “Con base en la historia clínica, se planifican las pruebas diagnósticas más idóneas. Al identificar el factor desencadenante, el especialista orienta sobre cómo evitarlo o, cuando es factible, implementar estrategias de tolerancia, tales como vacunas contra picaduras de himenópteros. Además, instruye a pacientes y familiares sobre cómo reconocer los signos de alerta y manejar correctamente el autoinyector de adrenalina.”
Sin embargo, el manejo de la anafilaxia no recae exclusivamente en el alergólogo. Todos los profesionales sanitarios deben estar capacitados para identificar los síntomas y actuar con rapidez, especialmente en centros donde procedimientos médicos o terapéuticos puedan desencadenar una reacción.
Por ello, la formación en anafilaxia debe iniciarse en la universidad y continuar durante la residencia médica. “Desde la SEAIC se recomienda incluir la especialidad de Alergología en los planes de estudio y promover la rotación de residentes por servicios de alergia para adquirir experiencia práctica en el manejo seguro de esta enfermedad”, indica la doctora.
El papel de la enfermería en alergología
La enfermería tiene un papel fundamental en las unidades de alergología, participando tanto en la prevención como en el tratamiento de la anafilaxia, involucrándose en todas las etapas del proceso asistencial. “Las enfermeras evalúan el riesgo individual de cada paciente mediante la identificación de antecedentes personales y familiares, episodios previos de anafilaxia y comorbilidades que pueden agravar la reacción, como asma no controlada o enfermedades cardiovasculares. También colaboran activamente en pruebas diagnósticas e inmunoterapia específica, monitoreando cualquier indicio temprano de reacción sistémica y garantizando que el material de emergencia esté listo y que se sigan adecuadamente los protocolos del servicio”, aclara D. Valentín López, presidente del Comité de Enfermería en Alergología de la SEAIC.
En relación con la educación sanitaria, las enfermeras brindan formación práctica y personalizada a pacientes y familiares sobre cómo evitar alérgenos, reconocer rápidamente síntomas y utilizar correctamente el autoinyector de adrenalina. “Esta instrucción incluye demostraciones para asegurar que el paciente pueda usar correctamente el dispositivo y seguir un plan de acción adaptado a cada episodio de anafilaxia, fortaleciendo su seguridad y autonomía”.
En este sentido, el enfermero destaca que “la colaboración entre alergólogos y personal de enfermería es constante y estrecha, asegurando un manejo seguro y uniforme del paciente. Mientras el alergólogo actualiza diagnósticos, prescribe tratamientos y modifica planes de acción, la enfermería refuerza estas indicaciones en cada consulta y supervisa la correcta implementación de las medidas de prevención y tratamiento, garantizando una atención integral centrada en el paciente”, comenta el presidente.
De hecho, la SEAIC está elaborando un posicionamiento sobre la actuación autónoma del profesional de enfermería ante sospechas de anafilaxia, estableciendo que pueden iniciar un tratamiento para esta reacción aguda siempre que exista un protocolo aprobado en el centro.

