
Sundar Pichai, el reservado CEO de Google, me conduce a un recorrido por Googleplex, la sede de la empresa en California.
A lo largo del camino que atraviesa el edificio, podemos observar un enorme esqueleto de dinosaurio, una cancha para voleibol playa y numerosas personas de Google disfrutando su almuerzo bajo el sol tenue de noviembre.
Pero lo que más emoción le provoca mostrarme es un laboratorio, oculto al fondo del campus detrás de unos árboles.
En este espacio se desarrolla la innovación que Google identifica como su arma secreta.
La llamada Unidad de Procesamiento Tensorial (TPU) es un chip pequeño y discreto que, según Pichai, en el futuro impulsará todas las consultas de IA realizadas mediante Google.
Esto la convierte en un dispositivo con un potencial enorme para la economía mundial actual.
"La IA representa la tecnología más profunda que la humanidad haya desarrollado. Tiene la capacidad de generar beneficios sobresalientes; sin embargo, habrá que superar las disrupciones sociales", sostiene.
No obstante, la cuestión que sigue latente respecto al avance de la IA es si estamos frente a una burbuja próxima a explotar, la cual, de ser así, podría estallar de forma espectacular, como sucedió con la burbuja puntocom a inicios del siglo, afectando ampliamente a la sociedad.

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El Banco de Inglaterra ya ha alertado sobre una "corrección abrupta" en los mercados financieros globales, señalando que "las valoraciones del mercado parecen exageradas" en relación con las compañías tecnológicas enfocadas en IA.
Por otro lado, Sam Altman, director de OpenAI, ha sugerido que varias áreas de la IA están, a su juicio, "sobrevaloradas en estos momentos".
Al ser consultado acerca de si Google podría resistir un posible colapso de esta burbuja, Pichai indicó que la empresa podría sobrellevarlo, pero, a pesar de su entusiasmo por la IA, aclaró: "Creo que ninguna compañía será inmune, ni siquiera nosotros".
Entonces, ¿por qué Google invierte anualmente más de 90.000 millones de dólares en IA, triplicando la inversión de hace cuatro años, justo cuando estas preocupaciones se debatían?
El gran auge de la IA y su mayor riesgo
El crecimiento del sector de IA, del que Google es una parte, constituye el mayor auge de mercado en términos monetarios registrado hasta ahora.
Las cifras resultan impresionantes: Google y otras cuatro grandes tecnológicas, cuya sede se ubica en proximidad, suman un valor de mercado de 15 billones de dólares.
Nvidia, fabricante de chips y pionera en sistemas de IA con base en Santa Clara, California, alcanza un valor superior a los 5 billones de dólares.

A solo 10 minutos en automóvil hacia el sur, en Cupertino, se halla la sede de Apple, con un valor aproximado de 4 billones de dólares; a 15 minutos hacia el oeste está Meta (antes Facebook), valorada en 1.9 billones; y en el centro de San Francisco, OpenAI recientemente alcanzó una valoración de 500.000 millones de dólares.
Las implicancias financieras de esta dinámica son notorias.
El precio de las acciones de estas compañías (y de otros actores fuera de Silicon Valley, como Microsoft en Seattle) ha amortiguado los efectos de tensiones comerciales en la economía estadounidense, sosteniendo también fondos de jubilación e inversiones internacionales.
No obstante, esto implica un riesgo considerable: la enorme dependencia del crecimiento bursátil estadounidense vinculada al desempeño de unas pocas empresas tecnológicas.
Los Siete Magníficos —Alphabet, Amazon, Apple, Meta, Microsoft, Nvidia y Tesla— comprenden un tercio del valor total del índice S&P500 en Estados Unidos.
El FMI indica que la capitalización de mercado se concentra actualmente en un número menor de empresas que lo observado durante la burbuja puntocom de 1999.
Pichai destaca que cada aproximadamente una década se presentan estos "puntos de inflexión": primero la computadora personal, luego internet a finales de los 90, luego tecnología móvil y nube.
"Ahora nos encontramos claramente en la era de la inteligencia artificial", asegura.
Pero surge la cuestión principal: ¿es esto una burbuja?
Pichai explica que existen dos perspectivas. En primer lugar, hay avances "visiblemente emocionantes" en los servicios para usuarios y empresas.
Sin embargo, reconoce: "Es cierto que durante ciclos de inversión ocurren momentos en que, como industria, tendemos a sobrepasar los límites. Por ello, creo que ahora hay tanto racionalidad como irracionalidad".

Actualmente, los mercados están empezando a diferenciar entre empresas que dependen de financiamiento, habitualmente basado en crédito, y acuerdos complejos para obtener chips que soportan su IA, y las tecnológicas de gran tamaño como Google, Microsoft y Amazon, capaces de respaldar sus gastos de manera independiente.
Esto nos conduce a los chips de silicio de Google, sus codiciadas TPU.
"Acceso restringido": en el laboratorio de chips de silicio
El laboratorio dedicado a probar estos semiconductores tiene dimensiones similares a un campo de futsal, con una red de cables de colores variados y luces azules intermitentes. Carteles con la leyenda "Acceso restringido" se repiten por toda la zona.
Destaca el ruido constante y fuerte del sistema de refrigeración, imprescindible para mantener la temperatura de los chips, que pueden alcanzar temperaturas elevadas mientras realizan billones de cálculos.

Las TPU están concebidas para optimizar el rendimiento de las máquinas de IA, funcionando de manera distinta a otros chips.
La CPU (unidad central de procesamiento) es el componente clave del computador, actuando como el cerebro que controla la mayoría de los procesos; las GPU (unidades de procesamiento gráfico) se encargan de tareas especializadas, procesando múltiples operaciones en paralelo, incluyendo las relacionadas con IA.
Por otro lado, los ASIC (circuitos integrados de aplicación específica) son chips diseñados para objetivos concretos, como un algoritmo particular de IA. La TPU es un ASIC especializado desarrollado por Google.

Un elemento clave en el ascenso de la IA es la intensa competición por obtener grandes volúmenes de chips de alto rendimiento para instalarlos en centros de datos (instalaciones físicas que almacenan, procesan y ejecutan grandes cantidades de datos y software).
Jensen Huang, CEO de Nvidia, acuñó el término "fábricas de IA" para referirse a estos enormes centros de datos llenos de módulos y estanterías de superchips, conectados a sistemas masivos de energía y refrigeración.
Líderes tecnológicos como Mark Zuckerberg han afirmado que algunos tienen dimensiones comparables a Manhattan. El laboratorio TPU de Google es más modesto y está enfocado en probar y desarrollar tecnología para implementarla en otros espacios.
Existen muchas anécdotas sobre emprendedores tecnológicos que suplican a fabricantes de chips por cientos de miles de piezas de silicio altamente avanzadas.
Un ejemplo reciente fue una cena en Nobu, Palo Alto, donde Elon Musk y Larry Ellison, fundador y CEO de Oracle, intentaron persuadir a Jensen Huang para que les suministrara un mayor volumen.
Ellison comentó: "Describiría la cena como Elon y yo rogándole a Jensen que nos concediera GPUs. ¡Por favor, acepta nuestro dinero! ¡No, no, acepta más! ¡No estás aceptando suficiente! Necesitamos que aceptes aún más".
La intensa competición por conseguir la mayor cantidad de chips avanzados y escalar su uso en grandes centros de datos es lo que impulsa este auge de la IA, con la sensación de que la única forma de ganar es continuar invirtiendo.
La carrera por los chips y la tormenta de OpenAI
La terraza del hotel Rosewood Sand Hill, una propiedad de 6,5 hectáreas próxima a las montañas de Santa Cruz y donde se sirven panecillos de cangrejo y martinis de vodka de autor a 35 dólares, es el lugar donde se cierran importantes acuerdos en Silicon Valley. Está cerca de la Universidad de Stanford y la sede de Meta, además de las oficinas centrales de grandes firmas de capital riesgo.
Circulan rumores sobre quién será el siguiente en presentar chips de IA personalizados (ASIC) para rivalizar con Google y Nvidia.
Poco antes de mi visita, se estaba gestando cierta tormenta en torno a los planes de inversión de OpenAI, cofundada por Elon Musk.
Esta empresa, inicialmente sin ánimo de lucro y ahora con una estructura comercial, se ha convertido en el epicentro de una red de inversiones cruzadas que incluyen la adquisición de chips y otros equipos informáticos imprescindibles para procesar IA.
Casi nadie en la industria cuestiona el impresionante crecimiento de usuarios de OpenAI, en especial la popularidad de su chatbot, ChatGPT.

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OpenAI pretende diseñar sus propios chips de IA a medida, aunque se ha especulado sobre si necesitará respaldo gubernamental para concretarlo.
En un podcast del mes pasado, un inversor cuestionó la coherencia entre los compromisos financieros de la empresa y sus ingresos. Sam Altman respondió con firmeza, preguntando por la veracidad de las cifras y afirmando: "Si deseas vender tus acciones, te conseguiré un comprador. Eso es todo".
Después publicó un artículo detallado en X, explicando que OpenAI planea inversiones aproximadamente por 1,4 billones de dólares en los próximos ocho años y detallando por qué considera que este es el momento adecuado para fortalecer su tecnología.
"No creo que el gobierno deba respaldar financieramente a las compañías de IA", manifestó.
No obstante, añadió: "Creemos que podría tener sentido que los gobiernos establezcan y sean propietarios de su propia infraestructura de IA".

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Paralelamente, se han registrado caídas notables en las cotizaciones de acciones de empresas proveedoras de infraestructura para IA. Coreweave, startup que abastece a OpenAI, sufrió una pérdida del 26% de su valor a principios de mes.
También se han notado reacciones del mercado ante el peso del riesgo crediticio percibido en otras compañías. Y aunque la mayoría de estas acciones tecnológicas han mostrado una tendencia alcista durante 2025, en los días recientes han tenido una leve caída.
ChatGPT frente a Gemini 3.0
Nada de esto ha disminuido la ilusión por el potencial de la IA dentro del sector.
El modelo de IA para consumidores de Google, Gemini 3.0, fue lanzado con gran despliegue a comienzos de esta semana, planteando una competencia directa contra OpenAI y su aún dominante ChatGPT en la disputa por cuota de mercado.
Lo que aún no está claro es si esto marcará el fin de la era de chatbots erráticos que, por ejemplo, recomiendan pegamento como ingrediente para pizza.
"¿Será que toda esta inversión produce como consecuencia que la información sea menos fiable?", pregunté a Pichai.
"Creo que si solo se desarrollan sistemas aislados y se confía exclusivamente en ellos, así sería. Por eso pienso que debemos ampliar el ecosistema informativo, en lugar de que la IA sea el único producto final", respondió.
No menos importante es la otra gran cuestión que enfrenta la tecnología hoy: ¿cómo se alimenta?
Para 2030, los centros de datos globales consumirán casi la misma cantidad de electricidad que la que consumió India en 2023, según el FMI.
Sin embargo, vivimos en una época en la que el suministro energético está bajo vigilancia debido a los compromisos gubernamentales en materia de cambio climático.
Le planteé esto a Pichai, cuestionando la coherencia entre la ambición del Reino Unido de generar el 95% de su electricidad mediante fuentes bajas en carbono para 2030 y ser una potencia en IA.
"Considero que es factible. Pero para todos los gobiernos, incluido el británico, es crucial encontrar modos de ampliar la infraestructura, incluida la energética", afirmó.
"No conviene restringir una economía en función de la energía. Creo que eso traería consecuencias", agregó.
Lecciones del estallido de la burbuja del año 2000
Hace años, cuando ejercía como reportero joven, me introduje en el periodismo durante la burbuja puntocom del 2000. Esta sucedió luego del conocido discurso del gobernador de la Reserva Federal, Alan Greenspan, sobre la "exuberancia irracional".
En esa etapa entrevisté dos veces a Steve Jobs; años después entrevisté a Larry Page, predecesor de Pichai, y comenté en vivo la caída de WorldOfFruit.com.
Una enseñanza clara emergió de esas experiencias: incluso ante crisis severas, la catástrofe no afecta a todos por igual.
Por ejemplo, Amazon vio caer su precio accionario a 6 dólares y su capitalización a 4.000 millones durante el desplome, pero 25 años después Jeff Bezos y la empresa continúan vigorosos. Actualmente, Amazon tiene un valor de mercado cercano a 2,4 billones de dólares.
Se espera que algo similar ocurra con las compañías que se vean impactadas por la eventual explosión de una burbuja de la IA.

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Además, otro factor probablemente explica por qué tantos en Silicon Valley —y más allá— ignoran o prefieren no atender este riesgo y continúan adelante sin considerar otras consecuencias.
Es la aspiración hacia el gran premio: lograr la inteligencia artificial general (IAG).
Este punto alude al momento en que las máquinas igualen la inteligencia humana, una meta que muchos creen factible; o incluso ir más allá, alcanzando la superinteligencia artificial (SIA), cuando las máquinas superen la capacidad humana.
Sin embargo, escuché algo más que hizo reflexionar: de un referente de Silicon Valley, quien dijo que no importa si existe o no una burbuja, ni siquiera si esta llega a explotar.
En perspectiva, lo que ocurre a nivel global es una contienda por la supremacía en IA, con Estados Unidos y China como principales actores.
Mientras Pekín financia centralizadamente estos avances, Estados Unidos muestra un mercado libre caótico pero productivo, con un enfoque de ensayo y error a gran escala.
Por ahora, Estados Unidos posee ventaja en producción de semiconductores: compañías como Nvidia, con sus GPU, y Google, con sus TPU, tienen capacidad para acelerar su desarrollo en medio de esta vorágine.
Otras, sin duda, fracasarán estrepitosamente, afectando mercados, confianza y economía global.
Pero el legado físico que estas empresas dejarán, con su inmensa capacidad computacional para desplegar masivamente tecnologías de IA, moldeará inevitablemente la economía y probablemente influya en cómo trabajamos y aprendemos, así como en quién dominará el mundo durante el siglo XXI.

