Recomendaciones diarias de frutas y verduras para reducir el riesgo de infartos e ictus

Numerosos estudios vinculan su ingesta con un riesgo reducido de padecer ciertas enfermedades, aunque hay personas que no las incluyen en su dieta cotidiana

Foto: Un puesto de frutas en un mercado. (EFE) EC EXCLUSIVO

El 53% de los españoles consumen fruta fresca a diario, mientras que el 32,6% hace lo mismo con las verduras. Esto indica que una parte de la población no incorpora estos alimentos en su alimentación diaria. Diversos estudios han vinculado su consumo con un menor riesgo de desarrollar ciertas enfermedades, y una de las investigaciones más recientes, publicada a comienzos de 2025 en la revista Public Health, profundiza sobre estos beneficios.

La investigación, dirigida por el Instituto de Salud Carlos III, indica que los beneficios ya reconocidos del consumo de frutas y verduras para disminuir el riesgo de mortalidad podrían incrementarse si la ingesta supera las recomendaciones nutricionales vigentes. En concreto, los datos apuntan a que el riesgo podría reducirse aún más aumentando el consumo por encima de las cinco raciones diarias recomendadas de frutas y verduras.

La dietista-nutricionista Nuria Ortiz Cabrera, colegiada en la entidad que representa su especialidad en la Comunidad de Madrid (CODINMA), señala a El Confidencial que la recomendación internacional más común establece un consumo mínimo de 400 gramos al día de ambos grupos alimenticios, que equivale aproximadamente a cinco raciones de cerca de 80 gramos cada una.

Agrega que la evidencia científica respecto a los efectos positivos del consumo de frutas y verduras es «firme». «Diversas revisiones y metaanálisis prospectivos evidencian relaciones consistentes entre su ingesta diaria y la disminución del riesgo de enfermedades graves. Incluir frutas y verduras cotidianamente se asocia con un menor riesgo de enfermedad coronaria, ictus y mortalidad por todas las causas. Impulsar el consumo de estos alimentos resulta fundamental para actuar desde la prevención y disminuir el impacto de las enfermedades crónicas».

También enfatiza que las fuentes oficiales advierten que la población española no alcanza las recomendaciones. «Informes del Ministerio de Agricultura y campañas divulgativas muestran que el consumo medio no suele llegar a las raciones aconsejadas. La pauta alimentaria se está distanciando del modelo mediterráneo tradicional, en particular en ciertos segmentos poblacionales», explica.

En cuanto a si resulta más habitual optar por los alimentos ultraprocesados en vez de frutas y verduras, la especialista señala que la comodidad es una de las causas «más determinantes»: «Los ultraprocesados son rápidos, están listos para consumir y requieren mínima preparación, algo crucial para quienes disponen de poco tiempo o priorizan la practicidad en su rutina diaria. Además, pesa la percepción, y en ocasiones la realidad, de que los alimentos frescos son más caros o menos accesibles, hecho que afecta especialmente a determinados contextos socioeconómicos».

Asimismo, apunta que el entorno alimentario tiene un «papel clave». «La alta presencia de ultraprocesados en tiendas, cafeterías y máquinas expendedoras, junto con estrategias de marketing muy agresivas, los hace más visibles y atractivos frente a las opciones frescas. De hecho, la evidencia demuestra que una mayor presencia de estos productos en la dieta comúnmente se asocia con un menor consumo de frutas y verduras», agrega.

Además, añade que desde el punto de vista cultural y sensorial, los ultraprocesados están diseñados para resultar muy agradables al paladar, lo que facilita que se conviertan en la elección «por defecto»: «La tradición también influye: muchos platos de comida rápida han reemplazado las preparaciones tradicionales basadas en vegetales. La falta de práctica culinaria o de ideas para presentar frutas y verduras de manera atractiva puede constitutir una barrera extra; para numerosas personas, cocinar vegetales sigue siendo un desafío habitual en lugar de una acción sencilla».

Por eso, subraya que incrementar el consumo de frutas y verduras es un desafío que no puede depender exclusivamente de las decisiones individuales. «Aunque cada persona puede adoptar pequeños cambios para facilitar una alimentación más vegetal, la evidencia señala que los mayores progresos se alcanzan cuando el entorno apoya esas elecciones. La prevención desde las instituciones resulta crucial: campañas de concienciación que comuniquen claramente los beneficios de aumentar la ingesta de alimentos frescos; políticas que mejoren el acceso en escuelas, lugares de trabajo y barrios; y medidas para reducir la omnipresencia de ultraprocesados en el entorno cotidiano», destaca.

«Avanzar hacia una sociedad que consuma más frutas y verduras requiere de profesionales que acompañen y pequeños cambios individuales»

Sobre el rol del dietista-nutricionista, comenta que es una «figura fundamental» en salud pública, pero aún prácticamente «ausente» en el sistema sanitario: «Su incorporación en Atención Primaria permitiría un trabajo preventivo real, acompañando a la población en la mejora de sus hábitos antes de que surjan problemas de salud. Resulta paradójico que un profesional formado específicamente para educar, guiar y orientar en alimentación tenga tan poca presencia en un sistema que aspira a ser preventivo».

Finalmente, destaca las acciones que pueden implementarse a nivel individual. «La mayoría consisten en facilitar el proceso: tener fruta visible y ya lavada, conservar verduras cortadas o semicocinadas para ahorrar tiempo, añadir siempre una ración adicional de vegetales a platos habituales o planificar un menú semanal que asegure la presencia diaria de vegetales. También es útil adoptar una perspectiva más positiva, enfocada en añadir más en lugar de restringir. Cuando la alimentación deja de percibirse como un listado de limitaciones, se hace más sencillo aumentar la presencia de alimentos frescos sin generar sensación de obligación o culpa. En síntesis, avanzar hacia una sociedad que consuma más frutas y verduras requiere combinar políticas públicas que informen y faciliten, profesionales que acompañen y pequeños cambios individuales que hagan estos alimentos más accesibles y atractivos en el día a día. La clave radica en la suma de ambos niveles, colectivo e individual, donde se encuentra el verdadero potencial de transformación», concluye.

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