csoa la gotera :: 12.09.08 – 02:15 :: General
SOLEDAD; menudo nombre más feo. Aunque, en verdad, le iba que ni al pelo: sus padres se pasaban el día entero trabajando y cuando tenían una pizquita de tiempo libre, ¿sabéis a dónde la llevaban? ¡Al centro comercial…! ¿Conocéis esos espacios enormes en los que un= se siento pequeñito, diminuto, minúsculo?, ¿esos espacios en los que todo es de plástico y metal, con colores que poco tienen de natural y unas luces que caen komo un fogonazo de luz que te dejan la cabeza atontá? Pues sí, a ese sitio que tampoco nos gusta a nosotr=s, era a donde la llevaban. Y no sé a vosotr=s, pero a ella lo que menos le gustaba eran aquellas enormes plantas de plástico, sin ningún olor ni tacto ni tierra húmeda, que nunca crecían. Pero, ¿sabéis lo que más le molaba a Chole? Que, por cierto, así era komo le gustaba que la llamasen, y no Soledad. Que su abuelo viniese a visitarla, aquí a Leganés, porque siempre que venía la traía a este parque, que se llama… (¡La Chopera!). El abuelo Jeromín llegaba siempre con una bolsa de pistachos recubiertos de chocolate, ¿los habéis probado alguna vez? Mmm… Primero se derrite el chocolate, dulce y amargo, en la boca y luego un ¡crac! al morder el pistacho. Nada más verla, después de un montón de arrumacos y besos y abrazos que la hacían sentirse más querida que nunca, el abuelo Jeromín le entregaba la bolsa de pistachos y siempre le decía que el último se lo comerían juntos antes de su partida, si ella quería. Por supuesto, Chole siempre guardaba el último con especial ilusión y le agradecía a su abuelo esta propuesta porque así los dulces le duraban los cuatro días de su estancia y no se pillaba el empacho el primer día. Después de eso, Chole ya sabía lo que venía, y vosotr=s, ¿también lo sabéis? Los dos cerraban la puerta de casa, se cogían de la mano, y con una sonrisa cómplice caminaban con decisión a un lugar… Cien pasos más tarde, ya estaban aquí, en La Chopera. Y junto a ese árbol, siempre se sentaban a contarse historias. Por ejemplo, el abuelo le proponía que dijera las dos primeras palabras que le vinieran a la cabeza, por disparatadas que fuesen. A ver, ¡dos palabras! Pues con esas dos palabras; ____ y ____ comenzaban a inventarse la historia. Pero había una historia que a Chole le gustaba especialmente: la de la guerrera india Choleztecatl. Escuchando las palabras de su abuelo sobre esta muchacha ella se sentía más fuerte, más valerosa y deseaba entregarse a la vida para tener muchas aventuras. Al abuelo Jeromín le encantaba ir al parque, entre otras cosas, por la cantidad de gente variopinta que allí había: unos más jóvenes, otras más viejas, gente del Norte, del Sur, con distinto color de piel, algunas que jugaban al fútbol, otros que paseaban al perro, otros que se tiraban toda la tarde charlando en el césped o jugando a las cartas… Cualquiera de ell=s podía, de repente, colarse en una de sus historias sin siquiera sospecharlo. Así, entre cuento y cuento, cada tarde se pasaba volada y llegaba el momento de comerse juntos el último pistacho. Las visitas del abuelo Jeromín solían repetirse cinco o seis veces cada curso y entre el frío del invierno, los primeros brotes de la primavera, el calor del verano y los montones de hojas de otoño, fueron pasando los años. Chole guardaba tan buen recuerdo de sus tardes en La Chopera que, incluso aunque el abuelo no estuviera, solía visitar ese mismo árbol cuando necesitaba que la sonrisa volviera a su cara. Uno de esos días en los que Chole inventaba historias bajo la sombra del árbol, vio acercarse una silueta que le resultaba familiar: ¡era el abuelo Jeromín que llegaba balanceándose sobre su bastón como las ramas de estos chopos! Esta vez fue ella quien le contó un cuento, que narraba la historia de una anciana sabia y valiente que enseñaba a las personas a traspasar fronteras con la magia de los cuentos. Al terminar, Chole le dijo: «Abuelo, ¿qué pasará cuando ya no vengamos juntos a La Chopera?». Y el abuelo Jeromín, con una mirada profunda y una carcajada despreocupada, contestó: «Recuerda esto: con el paso del tiempo, tú también has sembrado parte de ti en este parque y toda este gente que ves a tu alrededor va dejando en él su huella. Pero, no seamos ingenu=s, a la vez La Chopera ha ido entrando en vosotr=s para que continuéis rompiendo fronteras con vuestra magia y rebeldía. Y yo, siempre seguiré mirándote a través de los ojos de este árbol». A Chole se le quedaron grabadas aquellas palabras y cada día que pasaba se acercaba un poco más a la gente que tanta veces había visto en el parque sabiendo que algo más les unía. Cuanto más se acercaba a la gente, más se acercaba a sí misma, y, de nuevo, más a la gente, y así derribaban barreras que en realidad nunca existieron. Una noche de aquellas en las que necesitaba recuperar su sonrisa, se dirigió a La Chopera y cuando fue a poner un pie sobre la tierra húmeda, algo se lo impidió. ¿Qué era? Tuvo que dar un paso atrás para poder ver lo que tenía delante: ¡una valla de tres metros de altura le impedía el paso! No entendía qué pasaba, qué hacía aquel monstruo allí. De repente sintió como si se saliera de su cuerpo y sobrevolara el planeta: la Tierra ya estaba aquí cuando todos y cada uno de los humanos llegaron a ella y como decía aquella sabia anciana del cuento: «¿Como podéis comprar o vender el cielo o el calor de la tierra? No veis la tierra como a una hermana, sino más bien como a una enemiga. Cuando la habéis hecho vuestra, la menospreciáis y seguís andando. ¿No os duele desposeer la tierra de vuestros hijos? Tratáis a la madre tierra y al hermano cielo como si fueran cosas que se compran y se venden; como si fuesen animales o collares. Vuestra hambre insaciable devorará la tierra y tras ella dejaréis tan sólo un desierto ». En ese momento, Chole se dio cuenta de que si algo estaba en su mano, lo haría, y nos ha reunido a toda la gente que a lo largo de los años hemos pasado por La Chopera para liberarla. Lo primero que debemos hacer es acercarnos al árbol y descubrir qué mensaje tiene para nosotrxs.
Inspirado en la Carta que el Jefe Indio Seattle de la tribu Suwamish del estado de Washington le envió al presidente de los Estados Unidos en 1855.
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