Cátedra Gabriela Mistral

Seguí el consejo de Gabriela Mistral de aventurarme hasta Tlacotlalpan

José Donoso

30.05.06

Regalos del recuerdo¤

En esta mañana del último día de 1982, bajo el emparrado de glicinas de mi terraza del barrio Providencia, y mirando mi pequeño jardín, pienso que para un hombre de mi edad y con pocas ambiciones materiales, los mejores regalos de las fiestas de fin de año los trae el recuerdo, no Papá Noel, no los Reyes. Entonces, la larga vista retrospectiva de los hombres maduros que ahora es la mía, antes que se agote 1982 con su guerra de las Malvinas y el bochorno nacional de la censura, rescata del pasado como paquetes coloridos y festivos, las figuras de ciertos personajes admirados que en la juventud parecían totalmente inalcanzables, dioses, ídolos, nombres mágicos, pero que el azar de mi propia historia puso en mi camino, y a quienes conocí con mayor o menor grado de intimidad. En muchos casos, recuerdo poco de lo que me dijeron y sobre qué versaban nuestras conversaciones si hubo más de una. Pero ciento que es verdad lo que dijo Churchill: “No es importante saber griego. Es importante haberlo sabido y haberlo olvidado”. He olvidado el “griego” que estos personajes me enseñaron. Como novelista, en cambio, como artista, tal vez sea más importante recordar sus figuras, ciertos gestos y entonaciones, que la indudable sabiduría de sus palabras depositaron en mis oídos de muchacho. Hoy, cuando uno está un tanto blasé al respecto, ya no vibra con la emoción de conocer personalmente a los grandes de generaciones anteriores a la mía, (salvo muy pocos…tal vez me emocionaría conocer a Marguerite Yourcenar…tal vez se me aceleraría el pulso ante la perspectiva de un encuentro con Morandi…pero son pocos): pero queda el tesoro incalculable del recuerdo de emociones, a veces rodeada de mudez, a veces adornada con una frase, unas palabras, unas actitudes, que me sirven para iluminarlas. En este verano que presagia un 1983 de desastres económicos y confusión, cuando el tranquilo barrio burgués que habito no arde aún con las llamaradas púrpuras de los crespones que caracterizan casi todo sus jardines, rescato, examino como un regalo y reanimo el recuerdo de algunos grandes que he conocido. Navidad nevada en Princeton, 1950: en casa de un médico amigo, una reunión nocturna para tocar flautas verticales, el paisaje nevado, afuera, y los carámbanos colgando de los aleros mientras adentro la concurrencia tomaba ponche caliente junto al fuego. En la concurrencia estaba el novelista Herman Broch (a quien yo aún no conocía ni de nombre), Arnold Toynbee con su segunda mujer, a quiénes sí me tocó tratar. Recuerdo que me dijo que tenía una particular admiración por chile. Creyendo que se trataba de admiración histórica por la figura de sus próceres, me sorprendió su respuesta a mi pregunta de por qué nos admiraba: “Porque en Chile es el único país del mundo donde La montaña mágica de Thomas Mann ha sido best seller”. Tal vez sea interesante este comentario sobre las aficiones y posibilidades literarias de los chilenos de entonces –estaba hablando, claro, de las dos décadas anteriores- en vista de las trabas editoriales y de censura y limitaciones del gusto que en Chile existen hoy, cuando nadie leería La montaña mágica. Por otra parte recuerdo mis paseos a Washington DC a visitar a un amigo, con quién solíamos frecuentar a don Juan Ramón Jiménez, entonces catedrático en la Universidad de Maryland. Vivía en la típica casa fea de los exiliados españoles intelectuales en todas partes del mundo –recuerdo la casa de don Américo Castro, por ejemplo, también desprovista de encanto; y la de León Felipe en México, con su mujer Zenobia Camprubí, antes del Premio Nobel, con María Elena Walsh, entonces de unos dieciocho años, de cuya poesía juvenil el poeta se había enamorado y a quién la pareja había invitado a pasar una temporada con ellos en Estados Unidos, trayéndosela consigo de su Argentina natal. Yo conocí a María Elena años antes, en casa de Margarita Aguirre en la calle Santa Beatriz: ir a visitarla cerca de Washington fue la excusa para conocer al poeta, que nos insistió, recuerdo, que nosotros que éramos jóvenes la invitáramos, que la sacáramos a pasear, que se lo llevaba todo el día metida en casa tal vez añorando Buenos Aires, que la lleváramos a oír música, a bailar. No recuerdo cómo ni por qué, María Elena desapareció de casa de Juan Ramón Jiménez. Pero recuerdo sobre todo, un tórrido comienzo de verano cuando aún los dogwood estaban floridos –o por lo menos el recuerdo así me devuelve esta escena- y yo visité a Juan Ramón Jiménez para pedirle una carta de presentación para Gabriela Mistral, ya que yo iba camino de México a pasar las vacaciones. El poeta, famoso por lo malhumorado y mal hablado, al principio se negó a darme la carta, ilustrando su negativa con numerosos y alusivos comentarios acerca de su persona, algunos de los cuáles recuerdo perfectamente pero no son aptos para la publicación. Después sin embargo, accedió a darme la carta a instancias sobre todo de Zenobia, no sin antes llenarme la cabeza de toda clase de prevenciones y precauciones. Hice ese viaje a México con esa carta para Gabriela Mistral, ya Premio Nobel, ardiéndome en el bolsillo. Llegué a Xalapa una noche: la Mistral vivía en una hacienda que le prestaban en las afueras de esa ciudad. La llamé por teléfono desde un bar cuando oscurecía. No fue necesaria la credencial de Juan Ramón Jiménez: bastó decirle que yo era un estudiante chileno para que me invitara a pasar esa noche en su casa y quedarme con ella cuánto tiempo quisiera. Tomé un taxi, que me condujo fuera de Xalapa, cruzando un mar de naranjales floridos, hasta llegar al enorme palacio del porfiriato donde Gabriela Mistral vivía. Me recibió Palma Guillén, su compañera por una temporada entonces, y gran amiga de siempre. Subimos por una gran escala exterior hasta la loggia del segundo piso, el suelo de gran damero blanco y negro, un bosque de delgadas columnas, ningún mueble, alguna planta en su inmensa maceta, el aire del anochecer circulando libremente y cargado de fragancia en torno a la pequeña luz, allá en el fondo, junto a una especie de trono ocupado por Gabriela, hasta donde me condujo Palma Guillén. La saludé. No me pidió la carta de don Juan Ramón. Comimos y charlamos: me habló, sobre todo, del río Papaloapan, del pueblo de Tlacotlalpan, instándome a que entrara por el río en un barquito que hacía ese recorrido. Me habló también de un niño que ella había querido mucho, que había muerto de mala manera en Brasil. Seguí el consejo de Gabriela Mistral de aventurarme hasta Tlacotlalpan –en 1950 era una aventura- donde permanecí una semana. El recuerdo tarda años y años en sedimentar, en fructificar: cinco años después, sin saber que lo hacía, escribí mi cuento El güero, en que figuran tanto Tlacotlalpan, como la misteriosa figura de una anciana sabia, y un niño de destino maldito, tal vez un guiso que mi memoria inventó con los innumerables ingredientes que una noche fragante de azahares en una loggia mexicana, Gabriela Mistral le proporcionó a un muchacho chileno que quería ser escritor. […] Sobre todo sigue vigente el recuerdo, esa emoción, el infinito placer de la juventud de conocer a los grandes. Para estas fiestas me doy cuenta de que, aun mayor tal vez que esa emoción, es el recuerdo de esa emoción, multicolor, irisado como un paquete festivo es esta mañana de fin de año, regalos que me hago al tratar de reconstruir esas ocasiones, al evocar entre tantos y tantas otras que podía haber evocado, para estas fiestas no felices para el mundo de 1982, este manejo de grandes que de una manera o de otra han alejado con su arte y su inteligencia, el muro de la oscuridad. Al solicitar a Susan Sontag un autorretrato en un álbum en el que todos los escritores hicieron esforzados dibujos, la Sontag sólo escribió este proverbio chino antiquísimo: “Todos nacemos con el deber de salvar el mundo”. Quizás estas sombras que he evocado, de manera muy distinta, cada uno a su modo, haya contribuido un poco a hacer lo que desde esta perspectiva parece tan imposible. 1983 ¤ Texto extraído del libro Artículos de Incierta Necesidad de José Donoso.

ALFAGUARA, 1998- Santiago de Chile

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