Carta XVI
Gabriela Mistral
22.04.06
Manuel: Tu advertencia de que te ibas a El Melocotón y el hecho de que no me dijeras cuándo volvías, significan, sencillamente, que quieres mi silencio sobre tu carta. Una vez más te desobedezco: debo darte las gracias por la revisión bondadosa de mis papeles y por tu bondadoso juicio sobre ellos. Tu carta, Manuel, no es una consecuencia de la mía; “es un pretexto mal hallado”, pero feliz, quizás. Esta carta tuya fría no puede ser respuesta de aquella mía que pudo ser angustiada, pero que, era, tal vez, la que con más intenso cariño escribí para ti. He de decirte que no la leí entera. ¡No era posible! Vi tu trato para mí, busqué con desesperación una palabra, una siquiera, que borrara o atenuara lo odioso del conjunto. No la hallé y no quise leerla más. Primero esa angustia que tu ya conoces en mí: después esta calma de ahora, esta tranquilidad que queda una conciencia que no ha obrado mal, esta resignación del que no es del todo malo, cuando ha visto que lo arrojan franca, abierta, claramente. Porque ésta es la verdad. Tú me has arrojado de tu lado, sin un motivo, como el otro. ¡Gracias, Manuel, por este castigo, por esta humillación que por tu mano tan amada me dan otras manos! Te confesaré que jamás, jamás, creí que de ti me viniera un golpe así, sin razón, que una carta enferma de ternura se contestara de este modo por un alma tan suave y tan justa como la tuya. Ya estoy tranquila. No le estaría si en la tuya hubiera habido una palabra de amor al dejarme; ¡No lo estaría: “me moriría de pena y de ternura en este momento” Por haber sido lo suficientemente desamorado al señalarme el camino por donde debo ir sola, gracia, Manuel! Quiero rectificar un error. Tu me hablas de remordimiento por haberme hecho perder mi paz. Es un generoso olvido tuyo ése. Fui yo la que la primera vez que “me arrancaste de tu cuello”, me aferré a él sin querer dejarte. Recuérdalo. Después de eso, toda la culpa caía sobre mí; nada de ella era parte tuya. Una vez, Manuel, tu me preguntaste: ¿ y es este dios el buen dios, este que manda unos tras otros los dolores sobre sus seres? Yo te pregunto ahora con ese mismo reproche: ¿ Y estas son las almas mejores que alienta, estas que tiran como un trapo miserable, un amor, una vida, un ser que se dio a ellas? No te pido respuesta. Tienes razón cuando me dices que me consolaré. Tú sabes que de otro amor se hizo el tuyo en mí. Yo también me sé todo lo mujer soy, todo lo pobre criatura de miseria, como para volver a querer. Estoy serena, estoy muy tranquila porque me han arrojado. Tú, Manuel, creías en mi amor. ¡Cómo somos de diferentes! Si yo hubiera creído en tu amor “nada ni nadie” me habría hecho aceptar tu separación. Yo no he creído en el tuyo, por eso te veo irte sin que haga el ademán de retener lo que nunca fue mío. “Nada ni nadie me separará ya de ti” Así me decías en una carta de nuestra reconciliación aquella. ¡Palabras, palabras! Despedaza tu carta, me arrepentí. Te había pedido la mía, para guardarla las dos como una prueba de lo que han sido conmigo aquí abajo, de lo que he dado y de lo que me han dado, del amasijo leal de lágrimas y amor que eran mis palabras y de la esponja seca que me tiraste como respuesta. ¿Soy dura? Soy sincera. Porque me pediste que no te ocultara “uno solo de mis pensamientos”, por eso, te conté cómo temía que me conocieras y cómo temblaba al pensar pudiera no merecer un beso tuyo. He sido tan ingenua contigo. No siendo ni un ser dulce ni un ser alto, me hice dulzura y saqué de mí lo mejor que tenía para dártelo. Pero has obrado bien, te han defendido las presencias invisibles. Manuel. Yo te lo digo por última vez y con más energía que nunca, no soy digna de atar las correas de tu calzado. Soy una pobre mujer. Quería con toda mi alma hacerte feliz, labrarte una humilde alegría con mis caricias. No lo habría conseguido nunca. Si te parece injusta esta carta, Manuel, recorre en tu memoria la tuya y pregúntate si fuiste alguna vez más franco para señalar la puesta a una persona cualquiera. Recorre en tu memoria la mía y procura hallar en ella “el trato que tú me diste” y aquel nombrar el amor como una cosa perfectamente pretérita. Estoy tranquila. Gracias por no haberme puesto en tu carta una humedad de lágrimas, ni siquiera un estremecimiento de piedad. Gracias por haberte alejado como el otro, dejando “ pleno el estanque que para ti llené ”; por haberte arrancado con un movimiento de repulsión de mis brazos dejándolos tibios, tibios de la tibieza que para ti se hicieron, sin que en ellos hubiera un solo impulso de rechazar. Estoy tranquila. Puedes verlo en la placidez de la letra. Rezaré por ti, aunque tú no creas en los rezos. Paz para ti, y también amor, pediré con amor mucho tiempo al Cristo. Tu L. _ También fue el egoísmo que no di fin a la lectura de tu carta, por evitarme más dolor. Ese cargo tuyo es justo, pero hay otros que no lo son. Sin embargo, yo no quiero defenderme de ellos. Quitando los reproches nada queda de tu carta y yo prefiero haber oído tu palabra, sea cual fuere. Anoche en sueños(tú te reirás, lo sé) el otro habló conmigo. Y me dijo entre otras cosas que él fue menos cruel para mí. Y es la verdad. La última vez que estreché su mano hubo en ella presiones amorosas para la mía y algún temblor en la voz. En tu despedida nada sino reproches. Te beso mientras duermes, en las sienes (despierto me rechazarías) y te digo adiós sin rencor, tu Lucila P.D. – Hay una sola causa, una sola, ninguna más que justifique el desprenderse de un pecho leal sobre el que se duerme: el desamor. Toda otra causa (dificultades de carácter, mala interpretación de palabras) no pesa con peso alguno en esta balanza de amor. Examina tú si puedes acusarme de ese pecado. Toda tu vida habrás sido justo –yo te siento profundamente bueno, pero esta vez has sido inmensa, absolutamente injusto. Te he dicho la verdad siempre; al dejarte te la digo también.
