Alan Milburn estuvo al mando del ministerio entre 1999 y 2003; hoy en día desempeña el papel de asesor del primer ministro británico en asuntos de salud y reforma del NHS
Alan Milburn (Birmingham, 1958) ha mantenido durante casi dos décadas una vinculación directa con la política. Formó parte del Parlamento británico entre 1992 y 2010. Una etapa destacada fue la de cuatro años como secretario de Estado de Sanidad, cargo equivalente a ministro, en el gobierno de Tony Blair. En su gestión se diseñó uno de los planes para el sistema británico de salud y, aunque hace más de diez años que dejó la política activa, continúa ligado a este ámbito, actualmente como asesor del primer ministro en temas sanitarios.
Milburn ha visitado Madrid recientemente para participar en la VIII edición del Forbes Summit Healthcare. En diálogo con El Confidencial, aborda las transformaciones esenciales que deben experimentar los sistemas sanitarios para ajustarse a las nuevas demandas, con un peso destacado de las herramientas digitales; plantea el clásico debate inglés y español sobre la sanidad pública frente a la privada; y reflexiona sobre el aumento progresivo en la prevalencia de enfermedades crónicas y trastornos mentales.
PREGUNTA. En los últimos años, varios sistemas sanitarios europeos están más tensionados. ¿Se trata de una crisis temporal post pandemia o de un problema estructural de mayor profundidad?
RESPUESTA. Es un problema estructural, crónico y está presente en todas partes. Dos términos se han vuelto casi sinónimos en el mundo: salud y crisis. Esto ocurre porque las demandas cambian profundamente, pero los sistemas sanitarios no evolucionan con la rapidez necesaria.
El Servicio Nacional de Salud del Reino Unido [NHS, por sus siglas en inglés] y el Sistema Nacional de Salud [SNS] español son afines, comparten origen, historia y dificultades. No puedo hablar por el sistema español, sí del inglés. Actualmente, el 70% del gasto se destina a atender a personas con enfermedades crónicas. Por ello, el sistema ya no solo atiende a pacientes enfermos ocasionalmente, sino a quienes mantienen condiciones crónicas continuamente.
Se requiere un sistema distinto para afrontar esta realidad, y por eso la reforma y el cambio son indispensables. Se puede seguir inyectando grandes sumas de dinero, pero la cuestión clave radica en la estructura del sistema y en sus funciones.
P. ¿Encuentra similitudes entre los desafíos que encaramos el NHS y el SNS?
R. Aunque conozco menos el sistema sanitario español, algunos síntomas coinciden: largas listas de espera, pacientes que esperan por tratamiento durante mucho tiempo, un sistema lento en general…
Pero es algo más amplio. El modelo de atención debe cambiar sustancialmente, no solo por las demandas, sino también porque la tecnología avanza a gran velocidad. Existen retos sobresalientes, al igual que una gran oportunidad. Mi visión es optimista al observar los beneficios que puede traer.
En particular, las innovaciones en genética, análisis de datos e inteligencia artificial deberían permitir que el sistema pase de centrarse en diagnosticar y tratar a priorizar la predicción y prevención. Estamos viviendo una verdadera revolución sanitaria que ocurre en tiempo real. Es preciso prepararse para esta transformación y reformar el sistema para adaptarlo a los avances que están por venir. Es un proceso inevitable.
P. ¿Qué país europeo destaca por gestionar mejor la transformación sanitaria y por qué? ¿Qué aspectos podrían emularse?
R. No considero que haya un sistema que lo esté logrando plenamente; todos enfrentan dificultades. Por eso, la reforma es una prioridad común.
La presión fiscal sobre los gobiernos europeos aumentará, en parte debido a factores geopolíticos como las políticas de Putin y Trump. Esto intensificará la demanda para incrementar gastos, especialmente en defensa.
Este giro es significativo porque históricamente la sanidad ha sido prioritaria en las decisiones presupuestarias, pero ahora la defensa ocupa esa posición.
Este escenario implica que si los recursos disminuyen, las reformas serán aún más necesarias. Ya tenemos claro algunos componentes esenciales, muchos relacionados con lo digital. En Inglaterra, la aplicación del NHS es la puerta digital al sistema. La usan dos de cada tres adultos, alrededor de 40 millones de personas. Por medio de ella se solicitan citas y se accede a información sanitaria; a futuro incorporará un médico y una enfermera virtuales.
Así, el modelo de atención cada vez será más digital primero. Luego, si es necesario, se brindará atención en la comunidad o atención primaria, lo que denominamos salud de proximidad. El hospital será el último recurso, para quienes realmente requieren ese nivel de atención. Hoy, demasiadas personas ingresan en hospitales por razones inadecuadas, pues estos están disponibles 24/7/365.
P. En 2018 se incorporó al consejo de administración de Ribera Salud, conociendo así parte del sistema español. ¿Cómo valora la situación actual?
R. Hay aspectos positivos y negativos. Lo bueno es la salud poblacional destacada, que es un mérito importante. La población vive más años y con mejor calidad, algo en parte atribuible al sistema sanitario y a los hábitos de vida.
Pero el sistema enfrenta desafíos para modernizarse. Es similar al NHS, una industria nacionalizada tradicional, gestionada como una administración y no con un enfoque empresarial. Esto es crucial porque los recursos son limitados y se debe garantizar valor junto a buenos resultados, que deben ser el criterio de evaluación.
Existe un debate relevante sobre el rol del sector público versus el privado. Este es común en Inglaterra y España. Sin embargo, lo que realmente importa no es el origen del proveedor, sino la calidad de la atención y la relación calidad-precio.
P. España tiene un sistema sanitario descentralizado. ¿La gestión autonómica optimiza la sanidad o, en ciertos casos, amplifica las desigualdades?
R. Depende del modelo de gestión autonómica. Si la administración regional la ejerce el Estado mediante la burocracia pública, probablemente sea menos eficiente. Pero la descentralización que permite adaptar los servicios a las necesidades específicas de cada comunidad es un enfoque positivo. Galicia y Madrid, por ejemplo, son realidades muy distintas con problemas diferentes; es esencial que el servicio se ajuste a cada ubicación, aunque en ocasiones esto puede generar cierta desorganización.
Por ello, siempre es necesario encontrar un equilibrio adecuado. En Inglaterra hemos mantenido un debate constante durante 30 o 40 años. ¿Cuál es el balance ideal entre control nacional y regional? ¿Y entre el control estatal y la participación de los pacientes? Varias reformas que he impulsado se enfocaron en dar mayor voz a los pacientes, proporcionándoles más opciones, control, información y transparencia.
El gobierno británico acaba de publicar un ranking de todos los proveedores del NHS. A veces esto genera molestias entre ellos, pero es esencial que la población pueda acceder a esta información. Los pacientes también son contribuyentes, es su dinero. Por ello, deben conocer qué funciona bien, qué no, y qué es indiferente. Lo crucial es que tengan la posibilidad de elegir dónde atenderse. Si un paciente opta por un hospital en lugar de otro, ese último debería dejar de recibir fondos, que serían transferidos al primero.
Esto son incentivos, un asunto financiero que es perfectamente compatible con los valores del servicio público y el principio de equidad.
A veces, se intenta presentar estos mecanismos como contrarios en lugar de aliados. Desde mi experiencia como ministro de Salud en Reino Unido, sé que las mejoras en rendimiento, la reducción de listas de espera y el aumento en la satisfacción de los pacientes coincidieron con la introducción de reformas que ofrecían más opciones a los pacientes, descentralizaban el poder dentro del sistema y aumentaban la transparencia.
P. Desde marzo de 2023 en Inglaterra y desde 2025 en España se acumulan las huelgas de médicos, ¿dónde se están cometiendo errores en su gestión?
R. En Inglaterra, el conflicto gira en torno a los médicos en formación, los residentes. Han recibido considerables incrementos salariales, pero exigen aún más, lo cual no es factible. Además, esta situación genera desequilibrios porque otros profesionales, como enfermeros, farmacéuticos o personal de limpieza, no han recibido incrementos similares, lo que cuestiona la equidad.
Este problema forma parte de un debate mayor acerca de si los sistemas como el español o el británico pueden continuar aumentando indefinidamente la inversión; esa etapa ha concluido.
En Reino Unido hay escasa evidencia que indique que mayor gasto se traduzca en mayor productividad. Por lo tanto, es imprescindible una inversión adecuada, pero acompañada de reformas que optimicen el uso de los recursos. Tradicionalmente, la productividad aumentaba un 0,6% anual. Tras ciertas reformas, el año pasado ese crecimiento ascendió al 2,8%.
Esto demuestra que es posible obtener más resultados con la inversión realizada. En otros sectores, la innovación y mejora de productos disminuyen costos, pero no sucede así en salud. Por ende, el sector debe plantearse una pregunta fundamental: ¿por qué? Esto no es normal y requiere un cambio de mentalidad.
P. Muchas enfermeras españolas emigran a Inglaterra, ¿cómo logra el NHS atraer talento sanitario?
R. El NHS continúa siendo un lugar atractivo para trabajar, y se aspira a convertirlo en uno excelente. Cuando fui ministro, ya reclutábamos numerosos médicos y dentistas españoles, dado que España formaba más profesionales sanitarios de los que podía emplear.
El gobierno británico busca reducir la dependencia de profesionales extranjeros, pues quiere garantizar que en el futuro haya más médicos y enfermeros formados en Reino Unido, en lugar de depender de contrataciones internacionales.
P. Ha mencionado que el siglo XX fue el de las enfermedades infecciosas y este será el de las enfermedades crónicas. ¿Qué ajustes se requieren para abordar estas patologías adecuadamente?
R. Es fundamental que el paciente tenga más protagonismo y asuma mayor responsabilidad. En estas enfermedades, el comportamiento personal, como la actividad física, la alimentación y el estilo de vida juegan un papel crucial. No solo el tratamiento determina los resultados.
Por eso, debe integrarse al cuidado sanitario y tener un mayor peso en el sistema. Por ejemplo, estamos evaluando la posibilidad de otorgar a algunas personas con enfermedades crónicas, como la diabetes, un presupuesto individual. Sabemos cuánto cuesta su atención, por lo que pueden continuar recibiendo el servicio o recibir un equivalente económico para decidir cómo utilizarlo. El dinero sigue siendo estatal, pero la decisión es del paciente.
La evidencia indica que esta opción aumenta la satisfacción al ofrecer mayor control y reduce costos. Esto se refleja en las medidas de experiencia del paciente, que valoran cómo fue la atención recibida y el resultado del tratamiento. Esa información se recopila y otros usuarios pueden consultarla en la aplicación del NHS para ver qué tan efectivo fue el tratamiento.
Lo más relevante es que esos datos determinarán cuánto dinero recibe el proveedor: mientras mayor calidad ofrezca, más fondos obtendrá.
Cabe recordar que la mayoría de los sistemas fueron diseñados con un enfoque hospitalario. Los hospitales son esenciales y altamente efectivos cuando se requieren, pero sabemos que en Inglaterra, uno de cada cuatro pacientes ingresados no debería estar hospitalizado ya que pudo ser diagnosticado y tratado antes. Muchos terminan ahí porque no acceden a la atención primaria. Por eso, es necesario modificar el lugar y la forma en la que se presta la atención médica.
P. ¿Cuáles considera que son los grandes desafíos que afrontan los sistemas sanitarios en Europa?
R. El desafío primordial es contar con un sistema obsoleto para problemas nuevos. Esto sucede no solo en España, sino a nivel global.
Las enfermedades crónicas y aquellas vinculadas al estilo de vida ganan relevancia y generan elevados costos. Además, las patologías relacionadas con la salud mental afectan tanto a jóvenes como a adultos.
Actualmente, realizo un estudio para el Gobierno del Reino Unido que analiza por qué un millón de jóvenes entre 16 y 24 años no estudian, no trabajan ni buscan empleo. El 60% de ellos es económicamente inactivo, el 45% ni estudia ni trabaja, y cuando cumplen 24 años nunca han trabajado. Si no han trabajado a esa edad, es improbable que lo hagan a los 34.
En parte, esto se debe a que pertenecen a una generación con altos niveles de ansiedad. Sufren trastornos de salud mental, lo cual representa un enorme desafío para el sistema. Estamos bien preparados para tratar enfermedades mentales graves como esquizofrenia o trastorno bipolar, pero no tanto para atender ansiedad y depresión. Por tanto, la naturaleza de la demanda cambia radicalmente y el sistema no está listo.
Este es un reto que enfrentan los gobiernos europeos, que están bajo fuerte presión fiscal. Será extremadamente complejo. En definitiva, mediante estos cambios es posible alcanzar mayor eficiencia en costos, mayor productividad y mejor relación calidad-precio.

