Mi niñera trabajaba para la KGB y descubrí que envenenó a su marido en el sillón donde me alimentaba con leche.

La escritora argentina Laura Ramos en su oficina.

Fuente de la imagen, Alejandra López

    • Autor, Cecilia Barría
    • Título del autor, BBC News Mundo
  • 16 minutos
  • Tiempo de lectura: 6 min

No llevaba el nombre de María Luisa.

Tampoco era una niñera, modista ni una mujer dedicada al cuidado del hogar en Montevideo durante los años 50 y 60.

Esa imagen en realidad ocultaba su verdadera identidad: África de las Heras, agente secreta de la KGB soviética que, usando Uruguay como su centro de operaciones, construyó una red de espionaje en plena Guerra Fría.

Esta activista comunista española formó parte de la resistencia contra el general Francisco Franco en Barcelona antes de forjar una amplia trayectoria al servicio de los intereses de la URSS. Su alias dentro de la KGB era «Patria».

Durante la Segunda Guerra Mundial, los archivos indican que trabajó como telegrafista en los bosques de Ucrania combatiendo la ocupación nazi; luego, participó en la organización del asesinato de León Trotsky en México; llevó a cabo labores de espionaje en París; se desempeñó como instructora de agentes en Moscú; y desde Uruguay dirigió operaciones de inteligencia por dos décadas.

Con el grado de coronel y numerosas condecoraciones, África de las Heras falleció poco antes de la caída de la Unión Soviética, llevando consigo secretos que tal vez nunca se revelen.

Muchos de quienes la conocieron jamás supieron quién era realmente. Lo mismo ocurrió con la escritora argentina Laura Ramos, hasta que un día su hermano le abrió los ojos.

Portada de libro donde aparece África de las Heras, foto en blanco y negro, fecha desconocida.

Fuente de la imagen, Gentileza Random House

En su obra «Mi niñera de la KGB», Ramos narra la relación que tuvo con África de las Heras durante su infancia y expone una exhaustiva pesquisa realizada en cinco años para descubrir quién era la mujer que le preparaba la merienda tras salir del colegio.

Este es el primer libro escrito por alguien que la conoció en persona y que se internó en los rincones más profundos de la vida de esta espía española en su paso por América Latina.

En el transcurso de esta investigación, Ramos halló un dato que le resultó tan impactante como perturbador.

«Envenenó a su marido justamente en el sillón donde yo solía sentarme a tomar la leche. Eso me parece espeluznante».

La bomba atómica

¿Qué hacía África de las Heras en Uruguay? La historia de su llegada a ese país sudamericano comienza en París, según explica Ramos a BBC Mundo.

En París, «ella conquistó al escritor uruguayo más pobre y talentoso del momento, Felisberto Hernández. Se casaron y arribaron a Montevideo a fines de 1947».

Precisamente porque Uruguay estaba fuera del radar, parecía el sitio ideal para establecer una base desde donde coordinar y obtener documentos falsos para agentes soviéticos, cuyo objetivo era recolectar datos sobre la bomba atómica estadounidense, una preocupación destacada de Moscú al inicio de la Guerra Fría.

La escritora argentina relata que esos documentos «los fabricaba buscando en cementerios rurales de Uruguay las tumbas de niños fallecidos. Tras localizar esos nichos, acudía a los registros civiles de esos pueblos, solicitaba las partidas de nacimiento y luego elaboraba documentos falsos para niños que no habían vivido».

Explosión nuclear sobre Hiroshima, Japón, el 6 de agosto de 1945. Foto en blanco y negro.

Fuente de la imagen, Getty Images

Para crear una imagen creíble en Montevideo que no despertara sospechas, la espía española se relacionó con intelectuales uruguayos, muchos cercanos a su esposo Felisberto Hernández.

Ante ellos, De las Heras se presentaba como alguien ajeno a la política, se ofrecía para cuidar niños y realizaba trabajos como modista.

La madre de Ramos la conoció en ese periodo, antes de mudarse a Argentina, donde nacieron sus dos hijos. Años después, regresó a Montevideo con ellos y retomó el vínculo con la espía, que en Uruguay usaba el nombre de María Luisa.

El «arma infalible»

Ramos recuerda que la agente de la KGB cuidó de ella y su hermano en 1964, cuando asistían a la Escuela Francia, ubicada justo enfrente de la casa de África de las Heras.

«Tengo un recuerdo muy claro de verla parada al frente de nuestra escuela», comenta Ramos. «Ella nos recogía y nos llevaba a su casa a merendar».

Sello postal ruso con un dibujo de África de las Heras.

Fuente de la imagen, Documento público

Era una mujer de mediana edad, relata Ramos, «con canas, algo robusta pero sin sobrepeso, y de estatura baja; tengo muy presente que vestía falda y blusa, y no hablaba con acento español».

La escritora recuerda que la niñera/modista tenía una voz tranquila y narraba historias relacionadas con «La cuarta altura», la biografía de la soviética Gulia Koroliova. «No era una persona cariñosa, para nada; más bien reservada».

A Ramos y a su hermano les encantaba ir a la casa de África de las Heras porque tenía lo que consideran «un arma infalible».

«Eran unas galletas muy sabrosas, caras, de Oro del Rhin o de La Mallorquina, que nos ofrecía durante la merienda», acompañadas con un café con un poco de leche.

Dos muertes

Reconstruyendo la trayectoria de la espía en Uruguay, Ramos indica que De las Heras se separó del escritor uruguayo Felisberto Hernández apenas logró la ciudadanía y años después contrajo matrimonio con un agente italiano, Valentino Marchetti, designado como su jefe por los soviéticos.

Compraron una vivienda en la calle Williman de Montevideo, que fue el mismo domicilio donde Ramos y su hermano acudían a merendar tras la escuela.

En su investigación, encontró una grabación en cassette donde una mujer uruguaya, «una bibliotecaria que fue reclutada como espía», revela secretos sobre África de las Heras vinculándola con dos muertes.

La escritora argentina Laura Ramos con un sweater negro.

Fuente de la imagen, Alejandra López

En la grabación, señala Ramos, la uruguaya asegura que la agente de la KGB «envenenó a su esposo», el italiano Valentino Marchetti, y solicitó ayuda «para mover el cadáver de un cuarto a otro».

Además se la vincula con la muerte del profesor universitario uruguayo Arbelio Ramírez, durante un acto de Ernesto «Che» Guevara en Montevideo en 1961, según la escritora.

Se presume, añade, que Arbelio Ramírez también había sido reclutado para colaborar con ella en actividades clandestinas.

Consultada sobre las pruebas de su participación en el envenenamiento de su esposo y su colaborador Arbelio Ramírez, responde:

«El médico al que recurrió para emitir el certificado de defunción de su esposo, el espía italiano envenenado, es el mismo que contrató tres años antes para practicar la autopsia de Arbelio Ramírez», explica la escritora.

«En mi libro expongo las pruebas que aparecen en esa grabación. Todo está documentado», remarca.

«Según la grabación, ella envenenó a su marido justo en el sillón donde yo me sentaba a tomar la leche. Eso me resulta aterrador».

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