El impacto de los drones en el aumento de precios esta semana afecta tu economía

Vivimos en una economía donde la vulnerabilidad física se convierte cada vez más rápido en inflación, volatilidad y sanciones financieras

Por Diego Balverde

Seguir enUna persona echa combustible a una moto en una gasolinera de Barcelona

Tribuna de Diego Balverde, especialista en Finanzas Climáticas y Economista del Banco Central Europeo

No apareció en la sección económica, pero ya ha impactado en el costo que pagó. Esta semana, nuevos ataques con drones contra infraestructura petrolera en Irak demostraron que el problema va más allá de la guerra, evidenciando la facilidad con la que un artefacto económico puede afectar activos que sostienen cadenas mundiales de energía, transporte, fertilizantes y alimentos.

Reuters reportó este sábado un incendio en instalaciones de almacenamiento gestionadas por firmas extranjeras en Basora tras un ataque con drones, sumándose a la subida del crudo que ya había explotado a finales de marzo, cuando el Brent alcanzó casi los 117 dólares y el WTI volvió a superar los 100 por primera vez desde 2022 debido a la ampliación del conflicto y el riesgo en Hormuz y el Mar Rojo.

Eso es precisamente lo que eleva los costos en tu vida: cuando la energía entra en tensión, el combustible deja de ser un gasto puntual para volverse una variable que impacta a camiones, puertos, electricidad, frío industrial, insumos agrícolas, plásticos, empaques, supermercados y tasas de interés.

No se trata de una exageración, sino de una realidad estructural: cada shock energético entra al sistema como un impuesto invisible que se propaga sobre todo lo demás.

El yacimiento de Basora, en Irak. (Reuters)

Cada shock es inflación importada

Steve Hanke, profesor y amigo, ha explicado durante años en análisis difundidos por Reuters sobre hiperinflación y shocks de oferta que cuando la producción y la logística se desorganizan, los precios reaccionan con intensidad. En términos actuales, eso implica que el conflicto bélico ya no necesita ocupar territorios para afectar economías; basta con interrumpir los flujos.

Hace pocos días celebramos un almuerzo anual y me quedo con una reflexión de Steve: “Cada shock energético significativo se convierte en inflación importada antes incluso de que la política monetaria intente explicarlo”.

La problemática real no se limita a Medio Oriente. Continúa en Asia. India sigue siendo uno de los principales motores del crecimiento de la demanda energética mundial y la IEA la describe como un país cuya demanda crece rápidamente, obligando a invertir masivamente en generación y redes. China, a pesar de mostrar señales de estabilización en ciertos combustibles líquidos tradicionales, mantiene un rol clave en la demanda mundial de crudo, petroquímicos, manufactura y comercio marítimo; la propia IEA alertó en marzo de 2025 que la demanda china tocó un tope, no por debilidad estructural, sino por un cambio tecnológico donde crece el peso petroquímico y sigue siendo un consumidor relevante del sistema.

Esto significa algo claro y contundente: China ya no impulsa cada shock como antes, pero India aumenta la base de la demanda; una desacelera un tramo, la otra sostiene la presión constante. China ya no determina sola el precio del miedo, pero India colabora para definir el nuevo umbral del sistema.

Industriales colombianos alertaron sobre la escasa relevancia del comercio actual con países del Mercosur para justificar la adhesión plena y sus riesgos comerciales - crédito Reuters

La relevancia de Mercosur

En este contexto, Mercosur deja de ser una periferia en lo diplomático para transformarse en una plataforma estratégica de aprovisionamiento. Alimentos, energía, minerales, biocombustibles y puertos profundos comienzan a ganar valor, no por una mayor simpatía global hacia Sudamérica, sino porque el sistema requiere territorios capaces de dar suministro real.

Los acuerdos Mercosur-Europa e India-Mercosur no fueron solo textos idealistas de comercio; fueron alertas tempranas que muestran que los acuerdos y flujos emergen cuando el sistema global busca asegurar suministros estratégicos.

Europa no se acerca a Mercosur por romanticismo comercial; lo hace porque necesita alimentos, minerales, trazabilidad, puertos, energía ampliada y rutas alternativas para mantener su competitividad. Al mismo tiempo, Europa no compite por volumen como China, India o Estados Unidos: compite por arquitectura. Regula, financia, certifica, condiciona accesos y captura valor financiero global. El movimiento europeo no es solo industrial, es sistémico.

La Comisión Europea, el BCE, junto con bancos, fondos y estándares están construyendo una estructura en la que el valor no lo obtiene solo quien produce, sino quien verifica, financia, integra y convierte en bancable la transición. Por eso el CBAM, la trazabilidad y la entrada de capital europeo en zonas donde puede ordenar riesgos. “Europa no pretende controlar cada tonelada, sino controlar la lógica financiera que decide qué tonelada vale más.”

Aquí surge el punto clave del artículo: adaptarse ya no es una opción porque la adaptación dejó de ser solo un tema ambiental y se transformó en una tecnología económica.

Conector de carga de vehículo eléctrico con pantallas holográficas azules que muestran datos de energía limpia y el progreso de la carga en un coche blanco

No es un ‘gasto moral’

En 2025, el WRI publicó un estudio sobre 320 inversiones en adaptación y resiliencia en 12 países, mostrando que cada dólar invertido genera más de 10 dólares en beneficios a diez años; mientras tanto, UNEP alertó en su Adaptation Gap Report 2024 que el financiamiento para adaptación sigue atrasado frente a las necesidades reales; simultáneamente, documentos del Banco Mundial evidencian que el impacto climático en infraestructura y transporte puede significar pérdidas de entre 2% y 10% del PIB nacional si no se corrigen vulnerabilidades.

Esa es la clave: la adaptación no es un gasto moral, es una defensa del flujo de caja nacional. Si una ciudad se inunda, una red eléctrica colapsa, un puerto reduce su operatividad, una refinería no soporta la temperatura o un tren baja la velocidad por calor extremo, no se rompe un activo, sino que se encarece el sistema en su conjunto.

París, Róterdam, Medellín y Tokio no se están rediseñando por decoro ecológico, sino porque comprendieron que cada grado extra, corte de luz, hora perdida en logística o metro cúbico de agua mal administrado implica menor productividad, más riesgo fiscal y menos valor patrimonial. “El valor inmobiliario y logístico comenzarán a separarse: ganará el activo que siga funcionando cuando el resto falle.”

Un cambio decidido

Las empresas ya lo comprendieron mejor que muchos gobiernos. McKinsey ha señalado que la resiliencia reduce interrupciones operativas, pero lo crucial no es solo producir más días sino también financiarse mejor.

Una empresa que logre demostrar continuidad frente a estrés hídrico, térmico o energético será vista como menos riesgosa por bancos, aseguradoras, compradores y fondos. La resiliencia se encamina a convertirse en una variable crediticia. “Las empresas que no incorporen resiliencia pagarán un sobrecosto financiero aunque sigan mostrando rentabilidad en papel.”

El vicepresidente primero y ministro de Economía, Comercio y Empresa, Carlos Cuerpo, junto con sus pares de Alemania, Italia, Austria y Portugal, enviaron una carta a la Comisión Europea solicitando la implementación de un nuevo impuesto sobre las ganancias de las empresas energéticas tras el conflicto en Oriente Próximo. “Los ministros Markus Marterbauer, Joaquim Miranda Sarmento, Lars Klingbeil, Giancarlo Giorgetti y yo solicitamos a la Comisión Europea explorar un mecanismo temporal solidario para que las empresas energéticas contribuyan con sus beneficios extraordinarios obtenidos durante la guerra y alivien la carga sobre consumidores y contribuyentes”, publicó el ministro Cuerpo en su red social ‘X’ este sábado. (Fuente: Comisión Europea/La Moncloa/DPA/Europa Press)

En Oil & Gas este cambio es aún más decidido porque une seguridad energética, reducción de emisiones y viabilidad comercial. La discusión central ya no es solo cuánto emite una planta, sino cuánto pierde al operar con fugas, ineficiencias térmicas, sobreconsumo, mala recuperación de calor, fallos operativos, tiempos muertos y logística deficiente.

En este punto aparece la diferencia: The Earthshot Prize junto a BalGreen desarrollaron micro soluciones que no se presentan como una enseñanza verde, sino como intervenciones económicas en puntos específicos donde la industria energética pierde dinero diariamente. Si esas mejoras se miden correctamente, el ahorro futuro deja de ser promesa para convertirse en un activo financiero comprobable.

Sobre esta base surgen instrumentos tailor made: bonos por cumplimiento, obligaciones negociables ligadas a performance, estructuras privadas de financiamiento y vehículos que permiten al mercado anticipar capital hoy para eficiencias auditoras futuras. La empresa no se desfinancia para implementar; el mercado financia porque adquiere un flujo de ahorro real, no un lema.

Esto transforma todo: la reducción de emisiones deja de ser un gasto, la eficiencia deja de ser un ajuste interno y ambas se incorporan al sistema financiero. “La próxima gran categoría de activos climáticos no será el carbono abstracto, sino la eficiencia demostrada.”

Simultáneamente, la energía nuclear recupera terreno, no por nostalgia tecnológica, sino porque garantiza estabilidad en un sistema que ya aprendió a desconfiar de la dependencia única.

La central nuclear de Almaraz, en Extremadura. (Europa Press)

El ejemplo destacado

Francia sigue siendo el principal caso europeo de electricidad nuclear, y su importancia estructural explica por qué la combinación de nuclear, renovables, almacenamiento y eficiencia comienza a verse como el modelo menos ideológico y más realista para sistemas eléctricos presionados por calor extremo, electrificación y seguridad industrial. “La matriz ganadora no será la más pura, sino la más estable.”

Mientras tanto, el capital ya se ha movido. Los seguros paramétricos, fondos de resiliencia, bonos ligados a desempeño, vehículos de infraestructura robusta y financiamiento climático de organizaciones multilaterales no son tendencias momentáneas: son la respuesta lógica de un mercado que entendió que reparar tarde destruye valor, mientras anticipar genera rentabilidad.

El BID, el Banco Mundial, fondos soberanos y gestores privados están pivotando hacia activos capaces de operar en escenarios adversos. El mercado no espera consenso político: está “repricing” el mundo. Los activos no adaptados perderán valor más rápido de lo que hoy reflejan sus balances.

Buques de carga en el golfo Pérsico, cerca del estrecho de Ormuz. (Reuters)

Por ello, el mensaje real es más duro que ambiental y más útil que moral.

Los drones no solo elevaron esta semana el costo de la energía, sino que evidenciaron que se vive en una economía donde la fragilidad física se transforma cada vez más rápido en inflación, volatilidad y castigo financiero. China sostiene peso sistémico, India acelera la demanda, Mercosur gana importancia como proveedor real y Europa ordena el tablero desde la regulación y las finanzas.

Todo converge hacia una única conclusión: adaptarse ya no es opcional porque dejar de hacerlo implica aceptar más inflación, mayor costo de capital, más interrupciones y menos soberanía económica. El error del enemigo ya no es militar, sino económico.

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