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- Autor, Redacción
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Es la figura más emblemática de la Revolución Mexicana. Centenares de monumentos le rinden homenaje, y numerosas calles, escuelas y localidades llevan su nombre.
Son decenas las películas que relatan su historia, y se han publicado múltiples libros y estudios académicos sobre su lucha.
Emiliano Zapata Salazar, conocido como «El Caudillo del Sur», fue el héroe más popular del conflicto armado entre 1910 y 1915, que marcó un antes y un después en la historia de México.
El 10 de abril de 1919 fue asesinado en una emboscada en Chinameca, situada en el estado de Morelos.
A diferencia de otros líderes revolucionarios como Francisco I. Madero o Pancho Villa, Zapata se convirtió en un símbolo nacional de la lucha por justicia y libertad, según explican historiadores como Felipe Ávila.
Lideró un ejército constituido por indígenas, campesinos, jornaleros y obreros, quienes representaban los sectores más perjudicados durante la época del «Porfiriato».
El revolucionario peleaba por la restitución de tierras y manantiales que desde la Colonia pertenecían a las comunidades, pero que fueron arrebatados por hacendados y compañías extranjeras.
Para Ávila, la relevancia histórica de Zapata y su movimiento radica en que sin el zapatismo, la Revolución Mexicana habría terminado solo con un cambio presidencial.
Sin embargo, coinciden los expertos, este movimiento revolucionó completamente el modelo de país vigente y sentó las bases del México contemporáneo.
Lucha ancestral
¿Por qué «El Caudillo del Sur» es tan venerado en México?
Una razón fundamental es que la lucha que condujo se considera por muchos como la más genuina y antigua del territorio nacional.

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En la obra «Zapata. La lucha por la tierra, la justicia y libertad», el historiador Ávila subraya que el movimiento representa «la historia ancestral de los pueblos indígenas y campesinos en defensa de sus tierras, bosques, aguas y recursos naturales».
Esta resistencia se remonta a la época colonial y no fue completamente resuelta después de la Independencia en 1821.
Durante las décadas posteriores a la separación de España, México vivió casi de manera continua en guerras como la intervención francesa, la Guerra de Reforma, y la invasión estadounidense, entre otras.
Esta etapa se prolongó hasta 1876, cuando Porfirio Díaz asumió la presidencia e instauró un período de estabilidad política.
No obstante, no hubo avances para los campesinos que, en regiones como Oaxaca o Chiapas, enfrentaban condiciones de marginación severa.
Muchos debían trabajar como peones en grandes haciendas por no poseer tierras, mientras que los propietarios carecían de recursos para cultivarlas.
Frecuentemente, las comunidades indígenas eran despojadas de sus terrenos, bosques y manantiales, pese a contar con títulos de propiedad otorgados desde el Virreinato.
Esta situación se profundizó durante el Porfiriato. En Morelos, estado natal de Zapata en 1879, los hacendados y dueños de ingenios se apropiaron de miles de hectáreas de tierras comunales para la producción de caña de azúcar.
El inicio
Contrario a la creencia popular, Zapata no provenía de la pobreza.
Sus padres eran pequeños ganaderos y poseían varias hectáreas de tierra, a diferencia de muchos vecinos que trabajaban para las haciendas.

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Este estatus le permitió disfrutar de una vida sin carencias, incluso con ciertos placeres como asistir a corridas de toros o peleas de gallos, según relata el historiador Adalberto Santana.
Sin embargo, al igual que otros pequeños terratenientes, Zapata también soportó el hostigamiento de los grandes hacendados.
Fue elegido presidente de la Junta de Defensa de Anenecuilco, Morelos, su pueblo natal, y junto a otros propietarios apoyó a Francisco I. Madero en su campaña contra Porfirio Díaz.
A causa de la represión del gobierno contra los inconformes, el «Caudillo del Sur» decidió iniciar una lucha armada para recuperar las tierras confiscadas por los hacendados.
Cuando estalló la Revolución en 1910, más del 80% de los campesinos en México carecían de tierras propias.
El objetivo de Zapata era la restitución de estas tierras, por lo que en poco tiempo miles de personas se unieron al Ejército Libertador del Sur, nombre de su fuerza armada.
Plan de Ayala
El fundamento del movimiento quedó plasmado en el Plan de Ayala, firmado en 1911, que desconocía al gobierno de Francisco I. Madero.

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Los zapatistas denunciaron que Madero, el principal promotor de la Revolución, había incumplido su promesa de implementar una reforma agraria para la recuperación de tierras.
Especialistas como Felipe Ávila destacan que este documento también funcionó como un plan de nación.
El Plan de Ayala instauró en las zonas dominadas por el zapatismo –como Morelos, Guerrero y el sur de Ciudad de México– un sistema de gobierno basado en el poder comunitario.
Las comunidades que recuperaron sus tierras fueron un apoyo crucial durante el enfrentamiento del Ejército Libertador del Sur contra el gobierno.
El conflicto terminó el 10 de abril de 1919, cuando «El Caudillo del Sur» fue asesinado en Chinameca.
Zapata acudió a reunirse con el general Jesús Guajardo, quien le había prometido unirse en la lucha contra el gobierno de Venustiano Carranza.
Sin embargo, al llegar a la hacienda fue sorprendido y ultimado a tiros. Esta emboscada ha simbolizado históricamente la traición, fortaleciendo la leyenda del revolucionario.
«Zapata vive»
La lucha de Zapata se transformó en un emblema de resistencia dentro de México.
Por ejemplo, diversos movimientos sociales importantes desde los años 60 adoptaron la figura del «Caudillo del Sur» como símbolo.
En 1994 surgió el Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN).

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En las últimas décadas, el ejemplo de Zapata también ha inspirado la resistencia de pueblos y comunidades indígenas frente a proyectos extractivos, especialmente de compañías internacionales.
Asimismo, Emiliano Zapata se transformó en un ícono dentro de la cultura popular.
Se han escrito cientos de ensayos e investigaciones académicas sobre él y su lucha, y existen numerosas películas que retratan su vida.
La imagen del «Caudillo del Sur» es uno de los símbolos más recurrentes en diversas formas de expresión artística.
Algunos lo interpretan como representante de la masculinidad, mientras que también aparece frecuentemente en manifestaciones de la comunidad LGBTI.
En cualquier caso, ya sea en protestas campesinas o de activistas, en obras teatrales o conciertos, la consigna más popular en México continúa siendo: «Zapata vive, la lucha sigue».

