Tres décadas desde el ‘caso Maeso’: «Ingresé por un problema leve y salí con una situación crítica»

El anestesista Juan Maeso fue condenado a 1.933 años de prisión por infectar deliberadamente a 275 pacientes con hepatitis C. El juicio determinó que el médico se aplicaba parte de las sustancias que luego administraba a sus pacientes usando la misma aguja

Foto: Amparo González Caballero, en una foto realizada por una de sus hijas. (Cedida) EC EXCLUSIVO

«Para mí la primavera siempre fue especial; jamás imaginé que la de 1998 podría acabar con la vida mía y la de mis hijas». Así relata Amparo González Caballero cómo su existencia cambió repentinamente y de manera radical. Se considera víctima del caso Juan Maeso, anestesista que en 2007 fue sentenciado a 1.933 años de prisión en la Comunidad Valenciana por infectar con hepatitis C a 275 pacientes mediante agujas que él mismo reutilizaba, y quien falleció este lunes. Aunque Amparo abandonó el proceso judicial tras dos años, ha acompañado a los afectados a través de la Asociación Española de Hepatitis C. En una entrevista con El Confidencial narra su experiencia, la cual se ha plasmado recientemente en un libro que nació “más por necesidad que por un proyecto literario”.

Para entender el impacto de este suceso en su vida, es necesario remontarse al inicio, cuando tenía 29 años: en 1996, pocos meses después del nacimiento de su segunda hija, Amparo fue sometida a una intervención menor en un centro privado de Valencia. “Entré al hospital por un problema leve y salí con un problema de por vida”, sintetiza. Sin embargo, tuvo que esperar dos años para conocer la magnitud real de lo sucedido.

En la primavera de 1998, Amparo recibió una carta. En aquel abril, recuerda que era ama de casa y ayudaba a su marido en el negocio familiar. En la carta, el cirujano que la había operado dos años antes le recomendaba hacerse una prueba de marcadores de hepatitis C. Este mismo aviso llegó a muchas personas operadas con el anestesista Juan Maeso, considerado “uno de los mejores profesionales de Europa”.

Al principio, tras ver las noticias sobre un profesional sanitario que supuestamente había contagiado a cientos de pacientes y reconocer el nombre Maeso, decidió no abrir la carta, guardarla en un cajón y pensar “esto no me puede estar pasando a mí”. Sin embargo, la realidad fue diferente: dio positivo en los marcadores y está convencida de que la infección ocurrió durante la intervención de 1996, ya que semanas antes había dado a luz y sus registros médicos indicaban que no tenía la enfermedad.

“Recuerdo pasar meses muy duros, bajé mucho de peso y me sentía mal. Solo había sido intervenida por él. Para mí, sí me contagió. Busqué toda la información posible y encontré a un abogado que llevaba casos similares. Se llama Manolo Mata, un reconocido profesional del Derecho en Valencia y político posteriormente. Me reuní con él, juntó a tres afectados y propuso formar una asociación”, señala.

En septiembre de 1998 surgió la Asociación Española de Hepatitis C, que Amparo presidió durante muchos años. La hepatitis C es una inflamación hepática causada por este virus, pudiendo ser una infección aguda o crónica. Cuando es aguda, generalmente no presenta síntomas, según el Ministerio de Sanidad. Se transmite por sangre, por contacto con piel, mucosas o fluidos sanguíneos infectados. Los medios de contagio habituales incluyen inyección de drogas, transfusiones de sangre en algunos países, tatuajes o piercings en lugares no autorizados, y el uso inadecuado o la esterilización deficiente del material médico, como fue el caso aquí.

Hoy en día, la información es extensa y la infección activa afecta al 0,14% de la población. Pero hace 28 años, el desconocimiento era notable. La falta de información llegó al punto de que Amparo incluso utilizaba guantes de plástico para lavar el cabello de sus dos hijas pequeñas por temor a infectarlas.

Amparo González Caballero con su libro publicado a finales de 2025. (Cedida)

“Los primeros dos años tras el diagnóstico, mi vida dio un giro total porque el médico de cabecera me comunicó que probablemente me quedaban cinco años de vida. Mi rutina se centró en adelantar acontecimientos.Me distancié de mis hijas porque creía que dependían de mí y les transmití que no era indispensable y que debían asimilar que su madre podía faltar. Cuando comprendí que no iba a morir pronto y que seguiría viviendo, tuve que demostrar a todos que las personas afectadas podían recibir tratamiento”, rememora.

Paralelamente, su labor con la asociación se intensificó y su día a día giraba en torno a investigar y esclarecer la situación mediante reuniones con médicos, compañías farmacéuticas y la Consellería de Sanidad… hasta que en 2000 comenzó el proceso judicial. “Había prometido a los afectados estar a su lado y había obtenido acceso exclusivo a juzgados y la Consellería. Cada vez que alguien se desmayaba al enfrentar a Juan Maeso o veía que se burlaba, los acompañaba corriendo a una sala para atenderlos”, recuerda.

Dos años después, Amparo abandonó el proceso. “Mi sangre se analizó en Estados Unidos y otros lugares; existe un 0,007% de personas con anticuerpos que no desarrolló la enfermedad. No dispongo de la secuenciación y sin ella, no se pudo analizar la cepa [vinculada a los casos de hepatitis C relacionados con Maeso]”. Por eso, quedó fuera del juicio del caso Maeso, ya que no había suficiente virus para identificar la cepa. Otros pacientes también quedaron al margen porque habían intentado curarse antes de conocer el caso.

Finalmente, en septiembre de 2005 se inició el juicio por un contagio masivo en cuatro hospitales de Valencia —uno público y tres privados— que tuvo lugar entre 1988 y 1998. El primer caso relacionado data de diciembre de ese año, afectando a una niña de cinco años; el último, a un paciente de 51 años que fue intervenido por fractura de cadera en enero de 1998. La magnitud del caso, con un sumario de 22.000 folios, motivó la habilitación de una sala especial para más de 150 abogados y 114 procuradores.

La principal conclusión fue que el anestesista Maeso se inyectaba parte de las sustancias anestésicas que debía administrar a los pacientes utilizando siempre la misma aguja. Diecisiete meses después, en 2007, la Audiencia de Valencia le impuso una condena de 1.933 años de prisión y ordenó a la Generalitat pagar más de 20 millones de euros como responsable civil subsidiaria. En 2009, el Tribunal Supremo ratificó la condena.

Dos años después, en 2011, Amparo inició la redacción de un libro que relata su historia y la de otros afectados. Lo hizo basándose en los diarios que mantenía y motivada por una promesa a su padre, fallecido un año antes. Junto al abogado y escritor Duguid Char, culminó la obra en 2018, aunque la guardó en un cajón, igual que hizo con la carta recibida 20 años antes, debido a la emoción que le provocaba y para evitar reabrir heridas. Ese mismo año, también clausuró la asociación.

En 2025 publicó su libro

Finalmente, a finales de 2025 se publicó Caso Maeso. La sentencia sanitaria del siglo (Ediciones Algorfa), en el que personas importantes en la vida de Amparo participaron activamente: su abogado Manolo Mata escribió el prólogo; su hija mayor diseñó la portada; la mediana escribió el primer capítulo; y la pequeña —nacida durante el proceso judicial y considerada la “nieta” de todos los abuelos que integraban la asociación— se encargó de la foto de la solapa.

“Este libro no solo narra el caso Maeso y el desarrollo del juicio. También describe el trayecto de las víctimas, la creación de la asociación, la investigación que impulsamos y cómo logramos llevar a Juan Maeso a juicio y sentar jurisprudencia en el ámbito sanitario. Tras tantos años, sentí la responsabilidad de dejar este testimonio, no solo para las víctimas y sus familias, sino para que las nuevas generaciones conozcan lo sucedido y para recordar que del dolor pueden surgir la unión, la esperanza y la búsqueda de justicia. Ahora siento que he cerrado esa etapa”, concluye.

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