El recorrido global de la Monobloc: la silla blanca de plástico que se popularizó universalmente

Ricky Martin sentado en una silla Monobloc rodeado de vegetación en el concierto de Bud Bunny en el descanso de la Super Bowl.

Fuente de la imagen, Kevin Mazur/Getty Images for Roc Nation

    • Autor, Paula Rosas
    • Título del autor, BBC News
  • 37 minutos
  • Tiempo de lectura: 7 min

Puede que no conozcas su nombre, pero quizá estés leyendo esto mientras te apoyas en uno de estos iconos.

También es probable que asocies algún recuerdo con ella: aquella barbacoa en el jardín de amigos, donde siempre hay sitio para uno más porque las sillas están apiladas en un rincón; o aquella cerveza helada en un bar de playa, con los pies enterrados en la arena y los muslos sudando por el calor y el contacto con el plástico.

La Monobloc, esa sencilla silla blanca de plástico que seguro conoces y en la que tantas veces has descansado, es el mueble más utilizado a nivel global, un objeto tan extendido que ha traspasado todas las fronteras.

Económica, funcional, resistente a condiciones exteriores y ligera, la silla Monobloc o monobloque —fabricada en una sola pieza de plástico, generalmente polipropileno— se ha convertido en un icono del diseño industrial que genera tanto adoración como rechazo.

Sus críticos señalan que su presencia masiva la transforma en un símbolo de vulgaridad y mal gusto, además de ser un atentado contra la estética y un ejemplo claro de la cultura desechable, con sus consecuencias medioambientales negativas.

En su expresión más radical, esta silla fue vetada durante una década en los espacios públicos de Basilea, Suiza, con el objetivo de “embellecer” la ciudad.

Sin embargo, quienes la defienden resaltan su diseño accesible y las características esenciales que hicieron posible su éxito: apilable, ligera, muy económica y con una forma ergonómica que proporciona comodidad en la mayoría de los casos.

Su protagonismo en la portada del galardonado disco “Debí tirar más fotos”, del artista puertorriqueño Bud Bunny, refleja ese vínculo sentimental que muchas personas tienen con la Monobloc y las memorias asociadas a ella.

Una mujere sentada rodeada de sillas Monobloc.

Fuente de la imagen, Frank Bienewald/LightRocket via Getty Images

La silla se produce inyectando una resina plástica líquida en un molde a 220-230 grados, hasta que se enfría y solidifica, y está presente en todos lados.

“La Monobloc combina el deseo profundo entre diseñadores por crear la silla ideal producida industrialmente”, explica Paola Antonelli, comisaria del MoMA en Nueva York, en un video del museo que acompaña la exposición 2025 “Pirueta, puntos de inflexión en el diseño”.

Una historia de innovación

Los diseñadores comenzaron a probar la idea de fabricar una silla en una única pieza desde la década de los años 20.

Los primeros intentos usaron chapa metálica prensada o madera laminada curvada.

El avance del plástico como material duradero y flexible llevó en 1946 al arquitecto canadiense Douglas Colborne Simpson, junto al ingeniero James Donahue, a diseñar un prototipo de silla apilable hecha de plástico en una sola pieza.

Aunque podría considerarse la primera Monobloc, esa silla nunca pasó del prototipo.

En años posteriores, las mejoras en los termoplásticos permitieron producir este diseño a escala industrial.

Para ello se usaron pellets de plástico como polipropileno que, al calentarse, se funden y pueden inyectarse en moldes. Esta técnica posibilitó además fabricar mobiliario en colores vivos.

Gracias a esta innovación surgieron piezas icónicas del diseño industrial como la silla Panton, del danés Verner Panton (1958-1967); la Bofinger (1964-1967), del alemán Helmut Bätzner; la Selene (1961-1968), del italiano Vico Magistretti; y la Universale (1965), también italiana, creada por Joe Colombo.

Un hombre alquila sillas en una playa de Cartagena, en Colombia.

Fuente de la imagen, Jeffrey Greenberg/Universal Images Group via Getty Images

Hoy en día, estas sillas son objetos deseados por coleccionistas y aficionados al diseño, exhibiéndose en museos y en hogares selectos.

Entonces, ¿cómo se pasó de la Panton o la Bofinger a la sencilla silla plástica de sala de espera?

Aunque su producción ya era industrial, seguir fabricando estas piezas resultaba costoso. No fue sino hasta 1972 que el ingeniero francés Henry Massonet ideó la Fauteuil 300 (sillón 300), catalogada por el Vitra Design Museum como el modelo arquetípico de silla de plástico económica.

Al optimizar el proceso productivo, Massonet logró reducir el ciclo de fabricación a solo 2 minutos, comercializando la silla mediante su empresa STAMP.

Este modelo, con brazos y similar a las Monobloc actuales, no fue inicialmente popular, ya que coincidió con la primera crisis petrolera global.

Según señala el Vitra Design Museum, “aunque los muebles plásticos anunciaban el futuro, se asociaban cada vez más con aspectos negativos, no solo por el incremento en el costo de la materia prima, sino por el auge de la conciencia ambiental”.

Un hombre lleva una pila de sillas Monobloc.

Fuente de la imagen, Andrew Woodley/Education Images/Universal Images Group via Getty Images

Massonet, apunta Paola Antonelli, directora de Arquitectura y Diseño en el MoMA, nunca registró su patente, lo que permitió a numerosas empresas replicar y modificar repetidamente su diseño y métodos de producción.

En la década de los 80, la firma francesa Grosfillex fabricó sillas de jardín en resina a precios tan bajos que las lanzó al mercado a tarifas muy competitivas, multiplicando masivamente la popularidad de la Monobloc y consolidándola como producto de masas.

Una silla para toda la vida

Revisando álbumes fotográficos, como hizo Bad Bunny, seguramente esta icónica silla aparece repetidamente, ya sea en el hogar o en escapadas por destinos exóticos.

Puede encontrarse en la medina de Rabat, en mítines políticos en Marsella, en restaurantes callejeros de Pekín, tapizadas con tela durante bodas en Buenos Aires, o en las calles de pueblos mediterráneos donde las vecinas las sacan a la acera para conversar y disfrutar del ambiente.

Además, no son siempre blancas: estas sillas se producen en múltiples colores, con diferentes estilos, con o sin brazos y en varias calidades.

Mientras algunos modelos económicos sufren roturas de patas debido a usuarios robustos o que se balancean, otras resisten décadas; las de la casa de los padres de quien escribe siguen reuniendo a toda la familia cada verano desde hace más de 40 años.

Un hombre pasa delante de un café callejero en El Cairo, Egipto.

Fuente de la imagen, Stuart Freedman/In Pictures Ltd./Corbis via Getty Images

Se estima que su costo de fabricación es de unos 3 dólares estadounidenses; en muchas regiones se vende por alrededor de 10 dólares, contribuyendo a su omnipresencia.

Sin embargo, el valor de esos diez dólares varía mucho entre Accra y Berlín, y por eso, mientras en algunas sociedades desarrolladas se desechan apenas se dañan, en otras zonas se reparan y adaptan a las exigencias de sus usuarios.

En barrios modestos y áreas rurales de múltiples países, es común ver sillas blancas recosidas con alambre o reforzadas con tablillas.

Según Paola Antonelli, la silla Monobloc representa una paradoja:

“En ciertos países se produce en masas y se desecha rápido; en otros, se valora y repara, revelando distintas percepciones sobre su valor. Su carácter multifacético refleja la compleja cultura del consumo contemporánea”.

Una silla Monobloc rota.

Fuente de la imagen, Getty Images

El teórico social Ethan Zuckerman señala que ciertos objetos “han alcanzado tal grado de perfección en su diseño que no requieren adaptaciones para triunfar, tanto en África como en barrios residenciales de Estados Unidos”.

En su ensayo “Esas sillas blancas de plástico – El Monobloc y el objeto sin contexto”, Zuckerman, exdirector del Centro para Medios Cívicos del MIT, advierte sobre los críticos de objetos como esta silla popular.

“Menospreciarlos implica un riesgo: objetos independientes del contexto como la Monobloc han alcanzado una fama mundial que pocos humanos podrían siquiera imaginar”.

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