Entre murallas, iglesias derruidas y un castillo que aún domina el horizonte, este enclave de la provincia de Cuenca conserva la huella de un pasado tan poderoso como hoy silencioso
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En lo alto de un cerro de la provincia de Cuenca se encuentra un recinto despoblado que aún impresiona por la magnitud de sus defensas, su contorno pétreo y su pasado estratégico. Este pueblo medieval abandonado, vinculado a la Casa de Alba y nombrado por National Geographic como el «Manhattan medieval», llegó a albergar una significativa vida urbana entre murallas, templos y edificios civiles. En la actualidad, su silueta recortada contra el paisaje árido de la Serranía Baja continúa mostrando la dimensión de una villa que fue mucho más que un pequeño asentamiento rural.
Se trata de Moya, una antigua ciudad histórica ubicada al este de la provincia de Cuenca, cerca del límite con Valencia y Teruel. Su trazado urbano ocupó una extensión considerable sobre roca caliza y, durante su época de mayor auge, llegó a reunir alrededor de 1.200 habitantes. Dispuso de siete iglesias, dos conventos, dos hospitales, ayuntamiento, plaza mayor y un castillo con torre del homenaje, además de un sistema complejo de cinco recintos amurallados y varias puertas de acceso. Esta densidad de edificios y funciones justifica el apodo con el que esta reconocida publicación de viajes la identifica actualmente.
De «llave de reinos» a símbolo de la despoblación
La relevancia de Moya no solo se explica por su tamaño, sino también por su ubicación. Durante siglos, fue considerada «llave de reinos» por su posición entre Castilla, Aragón y Valencia, desempeñando un papel crucial en el control territorial y en el tránsito de mercancías. En la coracha, la estructura defensiva destinada a proteger el suministro de agua, se situaba la Torre de San Roque, conocida como ‘Puerto Seco’, donde se cobraba la lezda por el paso comercial entre reinos. Además, la villa fue la cabeza del Marquesado de Moya, otorgado en 1480 a Andrés Cabrera y Beatriz de Bobadilla.
A lo largo del tiempo, ese marquesado se integró en el patrimonio nobiliario de la Casa de Alba, por lo que el enclave quedó vinculado a la figura de la duquesa, quien lo visitó en vida. Sin embargo, ni su pasado señorial ni la solidez de sus murallas evitaron su declive. Desde el siglo XVIII inició un retroceso progresivo que se intensificó en el XIX, culminando en el abandono definitivo del cerro a mediados del siglo XX. Los habitantes se mudaron a los barrios bajos y muchas edificaciones fueron desmontadas o saqueadas. No obstante, el conjunto conserva un elevado valor histórico: está declarado Bien de Interés Cultural y continúa siendo una de las ruinas medievales más destacadas de Castilla-La Mancha.
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