El monumento vasco de hormigón con un pórtico de 36 metros que el Vaticano rechazó en España en los años 50 por su estilo brutalista

Aislado entre barrancos y edificado sobre la roca en pleno corazón del País Vasco, este santuario se transformó en uno de los proyectos más polémicos de la arquitectura religiosa del siglo XX debido a su propuesta radical

Foto: Levantado sobre la roca en pleno entorno agreste de Oñate, este santuario ha desafiado al tiempo tras sobrevivir a tres incendios. (Flickr/Mikel Martínez)
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El Santuario de Arantzazu, uno de los ejemplos más destacados del brutalismo en España, fue prohibido por el Vaticano en los años 50 debido a su ruptura con el arte sacro tradicional. Su estructura de hormigón, su pórtico de 36 metros y su profundo simbolismo lo hacen una obra singular.

Situado entre barrancos y asentado sobre la roca en la Sierra de Aitzgorri, este templo se erige en un ambiente natural particularmente severo. Sus formas angulosas, torres punzantes y su armoniosa integración con la montaña provocan una impresión de extrañeza que lo distingue de cualquier santuario común. Nada en su contorno remite a lo clásico.

Un proyecto adelantado a su época

Este es el Santuario de Arantzazu, ubicado a aproximadamente diez kilómetros de Oñati, en Guipúzcoa. Aunque sus orígenes datan del final del siglo XV, resulta de un concurso convocado en 1951 tras la destrucción del edificio anterior por varios incendios. A lo largo del tiempo, el santuario tuvo que ser reconstruido en tres ocasiones, tras los incendios ocurridos en 1553, 1622 y 1834.

El diseño ganador, firmado por los arquitectos Francisco Javier Sáenz de Oiza y Luis Laorga, apostó por una idea radicalmente original. El resultado fue un santuario de hormigón de aspecto robusto y salvaje, con un pórtico de 36 metros de largo y tres torres decoradas con elementos punzantes que reinterpretan el espino vinculado a la aparición de la Virgen, según la tradición popular.

El veto Vaticano y la controversia artística

La polémica no tardó en surgir. Durante el progreso de las obras, las propuestas artísticas —que involucraron a figuras como Jorge Oteiza, Eduardo Chillida, Néstor Basterretxea o Lucio Muñoz— entraron en conflicto con los cánones del arte sacro tradicional. La intervención más controvertida fue la de Oteiza, quien creó un conjunto escultórico con catorce figuras en lugar de las doce acostumbradas, desviándose así de la iconografía tradicional de los apóstoles.

Estas decisiones provocaron el rechazo de la jerarquía eclesiástica. En 1953, tras una inspección de los avances, el obispo de San Sebastián ordenó paralizar las obras, y en 1955 se cubrió parte del arte, incluyendo las pinturas de la cripta. La Santa Sede vetó el conjunto al considerar que sus propuestas no cumplían con las normas del arte religioso, lo que mantuvo el proyecto detenido durante varios años.

Tras el Concilio Vaticano II, el proyecto fue finalmente aprobado y la basílica pudo ser consagrada en 1969, momento en que se recuperaron las esculturas inicialmente rechazadas. La obra pasó de ser cuestionada a convertirse en un icono del arte religioso contemporáneo.

Actualmente, el Santuario de Arantzazu no solo funciona como un lugar de peregrinación, sino también como una de las manifestaciones más completas del arte vasco del siglo XX. Arquitectura, escultura y pintura conviven en un conjunto que, lejos de aminorar su personalidad, conserva intacta la fuerza que una vez lo convirtió en uno de los proyectos más controversiales de su época.

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