
Se vive en una época donde la Inteligencia Artificial parece expandirse a todos los ámbitos, y aunque en ciertas ocasiones puede traer consecuencias negativas, también muestra el potencial para transformar el mundo de manera positiva.
El ejemplo más reciente que lo demuestra llega desde Australia, donde un joven emprendedor tecnológico con más de 17 años de experiencia en el desarrollo de IA, llamado Paul Conyngham, ha alcanzado un logro que a los laboratorios científicos les toma años conseguir.
La historia comenzó cuando, tras varios meses de diagnósticos erróneos, los veterinarios finalmente confirmaron que su perra, Rosie, estaba afectada por cáncer y que debido a la gravedad de la enfermedad ya no era posible aplicar tratamientos convencionales.
Conyngham no se rindió y, aunque carecía de formación médica, utilizó sus conocimientos en machine learning y análisis de datos junto con el acceso a aplicaciones de IA como ChatGPT para investigar posibles alternativas durante meses.
Durante más de un año y medio, el especialista exploró «el vasto océano de la biología para encontrar un tratamiento», es decir, procesó millones de datos con estas plataformas de IA para identificar las secuencias genéticas necesarias para desarrollar una vacuna contra el cáncer de su perra.
Para llevar sus hallazgos a la práctica, formó una alianza con el profesor Páll Thordarson, director del Instituto de ARN en la Universidad de Nueva Gales del Sur (UNSW). Aunque inicialmente el profesor mostró escepticismo sobre el proyecto, tras revisar los descubrimientos quedó impresionado por la exactitud del trabajo y se encargaron de la parte química requerida para la elaboración de la vacuna.
«Él consiguió la secuencia necesaria para que fabricáramos la vacuna», destaca el profesor. Aunque la vacuna no logró curar el cáncer de Rosie, sí logró ralentizar el avance de la enfermedad, mejorando la calidad de vida mucho más de lo que se esperaba.

