Cátedra Gabriela Mistral

Gabriela Mistral, pública y secreta

Luis Yuseff Reyes/Holguín

06.06.05

Volodia Teitelboim ha demostrado, una vez más, ser un gran biógrafo. Conocemos su trabajo sobre Neruda y Jorge Luis Borges.

Hace casi tres décadas escribió Hijo del Salitre, una novela sobre Elías Lafferte, el candidato presidencial del Partido Comunista de Chile. Y más recientemente, ha publicado Gabriela Mistral, pública y secreta, en su edición cubana de Arte y Literatura. En El largo atardecer del caminante, Álvar Núñez Cabeza de Vaca, como Platón se da cuenta y advierte del peligro y de la fuerza de los Poetas, “esa gente que amenaza en todas las ciudades, pero que tal vez sean imprescindibles, como el gusano que estalla en mariposa y limpia —además— la carroña de los muertos”. Al parecer, Volodia Teitelboim, Premio Nacional de Literatura de Chile, su tierra natal, también ha advertido esas amenazas y el riesgo que supone aventurarse en la empresa de contar la vida de otros. Al menos si se quiere emprender sin visos sensacionalistas, tan socorridos en estos tiempos, y creo que en todos, con el propósito solo de ganar dinero, cuando —a decir del escritor— “una biografía no puede ser la glorificación de un personaje, ni tampoco una condena a priori. La biografía está obligada a destruir el pedestal de la estatua, para tratar de ahondar en el ser humano, en su misterio y su contradicción”. Volodia Teitelboim ha demostrado, una vez más, ser un gran biógrafo. Conocemos su trabajo sobre Neruda y Jorge Luis Borges. Hace casi tres décadas escribió Hijo del Salitre, una novela sobre Elías Lafferte, el candidato presidencial del Partido Comunista de Chile. Y más recientemente, ha publicado Gabriela Mistral, pública y secreta, en su edición cubana de Arte y Literatura. Por vez primera el antologador de la Nueva Poesía Chilena se presenta ante sus lectores estudiando a un personaje que no conoció bien y que, como él mismo dice, nadie conoció lo suficiente, a excepción de sus secretarias. Desde un comienzo, Teitelboim reconoce lo difícil de reconstruir la vida de Gabriela, desarrollar sus eventos más importantes. Sin embargo, ofrece una nueva perspectiva a todos aquellos que tradicionalmente la han visto como la “madre”, “la maestra poeta”. Por suerte, se ha intentado quebrar el estereotipo, no solo Teitelboim, que lo asume con dignidad y completo sentido de la responsabilidad. También han surgido otras tendencias, que pretenden entregar el perfil de una mujer “poliédrica, una humanidad en cuyo interior conviven las transfiguraciones, arden los antagonismos”. Recientemente, las agencias noticiosas del mundo han comentado el revuelo causado en Chile por el anuncio del rodaje de una cinta coproducida con México sobre la vida de la Premio Nobel de Literatura en 1945, pues develaría el supuesto lesbianismo de la escritora, y la relación con su secretaria estadounidense Doris Dana, además de poner en capilla ardiente la homosexualidad de su sobrino adoptivo, Yin Yin —según algunos era hijo de Gabriela—, quien se suicidó en Brasil en 1943. Supuestamente el guionista de este filme toma como punto de partida las páginas de Gabriela Mistral, pública y secreta, aunque el biógrafo asegura que en su libro no hace ninguna referencia al asunto “simplemente porque nunca he manejado antecedentes sobre el tema”, dice, y afirma que el proyecto “enloda la memoria de una gran mujer chilena y latinoamericana. Mi versión de Gabriela es la que doy en un libro de 800 páginas, fruto de años de investigación (…) Mi obra surge de un encuentro con ella y con su mundo. Un encuentro, sobre todo, con su poesía y sus ideas porque, para mí, la gran Gabriela es la creadora de una poesía dramática, profunda; es también la pensadora, la que meditó sobre Chile y América Latina, sobre la paz del mundo, sobre el drama humano”. Por esa razón no esperen que la biografía aporte luces o sombras al tema. Mucho se ha dicho sobre esta mujer que “guardó algunos secretos bajo el agua”. Les confieso que me apasiona la idea de desentrañar a esa Gabriela, pero tampoco creo que sea lo más importante en ella, como tampoco creo que lo sea en cada uno de nosotros. Por lo pronto, los cineastas son considerados personas non gratas en el Valle de Elqui, “donde son cien montañas o son más”, y en cuyos poblados agrestes la niña Lucila de María del Perpetuo Socorro Godoy Alcayaga nació y fue considerada al llegar a este mundo como una “creatura extraña”, cuando vio finalmente la luz después de una larga travesía de sus padres subiendo y bajando cerros; al parecer huían como aquellos del Nuevo Testamento, El Libro Padre, donde Gabriela Mistral encontró a sus mejores compañeros, no a la gente de su tiempo sino a David, Job, Raquel y María… Desde ya venía mal colocada la Lucila; la comadrona las vio negras antes de que consiguiera extraer ese ser amoratado de las entrañas de la parturienta. Después de cortar el cordón umbilical, les aseguró a los padres que la niña no sobreviviría. Por eso la tomaron inmediatamente en brazos y fueron con ella a la iglesia a fin de que la “creatura” no muriera morita y le pusieran el óleo y la crisma. Terminaba el 7 de abril de 1889. Bajo disímiles cielos, en ese mismo año y mes, nacían Adolfo Hitler y Anna Ajmátova. Algunos años después, más exactamente en 1905, una aldea chilena conocida como La Compañía fue visitada por la joven maestra Lucila Godoy. Fue aquí donde conoció a Romelio Urreta, el suicida; donde surgió la historia trágica del amor de Gabriela Mistral, sobrenombre con el que se daría a conocer luego de ganar en 1914 los Juegos Florales en Santiago, con Los sonetos de la muerte, un hecho capital en su biografía, a decir de Volodia Teitelboim. Estos han sido, posiblemente, sus versos más declamados en todas partes del mundo, al extremo que la escritora se aburrió de ellos por considerarlos “cursis y dulzones”. En todo caso, ella misma contribuyó al mito de sus amores truncos con aquel joven que “pertenecía a una buena familia”, aunque agotadas sus arcas terminó desfalcando la Caja del Ferrocarril donde trabajaba, al sustraer 1 501 pesos con 11 centavos, hecho que lo llevó al suicidio. Lejos de ayudar a esclarecer las cosas en su momento, Gabriela Mistral fue complicándolas más; a lo largo de su errante existencia, pues vivió en México, EE.UU., Italia, Brasil, y viajó por casi todo el planeta, fue dejando una estela de confusión y de confesiones que, al parecer, solo había hecho al amigo escogido en ese momento por considerarlo de “extrema confianza”. Y al parecer confió en muchos. Tanto Dulce María Loynaz, como Serafina Núñez, aseguran que la Mistral en estrecho marco le comentó que aquel no había sido el único hombre en su vida, otro había surgido después de la muerte de Urreta; su nombre: Manuel Magallanes, pero, por alguna razón, no quería volverlo a ver. Después de leer esta biografía uno se da cuenta que aquello, lejos de ser un secreto, era un mito soportado por unos cuantos, y “esos cuantos” también incluyen a nuestras excelsas figuras. Parte de lo que aquí he comentado es posible encontrarlo en las más de 300 páginas de Gabriela Mistral, pública y secreta, un libro donde se reconstruye la vida de esta mujer retraída y ajena a los ambientes e intrigas de los cenáculos literarios. Un libro donde se trazan pinceladas sobre sus viajes, “sin detalles porque, en realidad, muchos de los detalles son desconocidos”, su aparente despreocupación por su país y su pueblo, su lejanía constante de la patria y las pocas ganas que siempre tuvo de volver. Con especial cuidado se tratan las dudas respecto al suicidio de Yin-Yin; el proceso y los desencuentros que rodearon la entrega del Nobel y el Premio Nacional de Literatura varios años después, y su vida como maestra en Chile, ”preocupándose siempre el autor de mantener el contexto político de la época”. No hay que esperar que Volodia Teitelboim conteste todas las preguntas que, en un comienzo, formula respecto a los motivos y creencias que definieron la personalidad de Gabriela Mistral; el solo hecho de encontrar suficientes datos que lo conducen a plantearse esas preguntas ya es bastante para ofrecer una ayuda inestimable al lector que aún no ha desarrollado una perspectiva diferente a la que existe respecto a la escritora. Biografiar es devolver a la vida. Y después de leer este volumen recobramos a un ser humano con una personalidad mucho más interesante; “sobre las ruinas de la Gabriela maestra y escritora de rondas infantiles —paradigmas de un profundo humanismo— emerge una mujer mucho más poderosa, con una fuerza interior cautivante y unos motivos poéticos y sociales profundos”. Gabriela Mistral también es la mujer que desentrañó a Martí. La mujer que tuvo que pedir prestado atuendo para ir a recibir el Premio Sueco. El jueves 10 de enero de 1957, víctima de un ataque al páncreas, fallece en los EE.UU. la autora de Lagar. Después de su muerte la “sin cosméticos, la sin afeites, fue víctima de la cosmética del sistema”. Cuenta Volodia que la rociaron con desinfectantes y no vacilaron en desodorizar su cadáver. “Había que desvanecer los olores de su vida y de su muerte con esencias perfumadas. Gabriela fue lavada con detergentes. Siendo todo un símbolo de poesía para niños, debía exhalar aromas maternales”. Más adelante dice: “en esa mujer que en su vida hizo turnos de estados de ánimo, al instante de maravilla rápidamente le sucede el desastre. Como creatura de su América, tenía un determinado olor de piel y un inconfundible olor de alma. En ella la fragancia seductora o nauseabunda tuvo siempre una característica: su intensidad. Maquillaron su cadáver. Le pusieron otro rostro…”, concluye. En vida, Gabriela escribió un epitafio que no está en su tumba: “No callaré. No olvidaré. No perdonaré”. Espero que sus palabras solo hayan sido producto de la exaltación de un mal minuto. Que donde esté haya encontrado la paz que en vida necesitó, y que junto a Yin-Yin encuentre mejor reino. “Creo que mejor hago en abandonar las cosas como están”, escribió el muchacho poco antes de suicidarse. “No he podido vencer, espero que en el otro mundo exista más felicidad”. Y que allá, en ese reino inefable sea la Lucila reina de verdad, lejos del Valle de Elqui, donde son cien montañas o son más; donde crecen los árboles de fuego, y el árbol de pan; donde cantan las otras que vinieron y las que vienen cantarán:

En la tierra seremos reinas, y de verídico reinar, y siendo grandes nuestros reinos,

llegaremos todas al mar.

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