La revolución de los datos trasciende las fronteras internas de las empresas. Está transformando el comercio, las cadenas globales de suministro y el acceso al financiamiento
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Tribuna de Diego Balverde, especialista en Finanzas Climáticas y Economista del Banco Central Europeo
Durante muchos años, la economía consideró que podía explicarse principalmente mediante variables tradicionales: precios, salarios, empleo, tasas de interés, consumo e inversión. Otros factores quedaban en un segundo plano. La energía era vista simplemente como insumo. El agua, como una condición fija. Las emisiones, como una externalidad. La temperatura, como una variable secundaria. La percepción dominante sostenía que lo esencial se encontraba en los balances, en los mercados y en las estadísticas macroeconómicas. Esa era ha quedado atrás.
Actualmente, la economía ya no puede entenderse exclusivamente por sus ingresos, ventas o exportaciones. Es necesario también analizar cómo consume energía, utiliza el agua, cuánto desperdicia, qué emisiones genera, qué temperatura soportan sus procesos y cuál es el nivel de eficiencia real que mantiene en cada etapa operativa. Lo que antes se consideraba un costo oculto o un factor menor ahora se sitúa en el centro del análisis. Esto se debe a un motivo claro: ahora es posible medirlo.
La proliferación de sensores, plataformas digitales, sistemas de monitoreo y herramientas de trazabilidad ha hecho visible una dimensión física de la economía que durante largo tiempo estuvo fuera del radar decisorio. Ya no basta con saber cuánto produce una planta, sino cuánto consume para generar esa producción. No solo importa el volumen exportado, sino también la intensidad energética, hídrica y ambiental que conlleva. Resulta insuficiente observar únicamente el resultado financiero sin comprender simultáneamente el comportamiento material que lo sustenta.
No se trata de una moda tecnológica ni de un gasto exclusivo para grandes corporaciones. Es una transformación operacional profunda. La Agencia Internacional de la Energía ha señalado que la digitalización aplicada a procesos industriales puede reducir considerablemente el consumo energético. Simultáneamente, organismos multilaterales advierten que la carencia de métricas físicas fiables aumenta el costo del crédito, dificulta la planificación y disminuye la competitividad.
Medir ha dejado de ser un mero trámite administrativo. Es ahora una herramienta de poder económico. La información física ha ingresado al cuadro de mando, comenzando a ordenar las decisiones.

Medir para tomar mejores decisiones
Toda actividad productiva genera una huella tangible. Energía consumida. Agua utilizada. Residuos producidos. Temperatura operativa. Pérdidas por ineficiencia. Emisiones emitidas. Durante mucho tiempo, esa huella solo fue reconstruida de forma parcial, con retraso o fragmentada. Los datos llegaban tarde, se presentaban en promedios y no permitían modificar lo que sucedía en tiempo real. Eso también ha cambiado.
Hoy, una fábrica puede detectar en tiempo real cuándo aumenta el consumo eléctrico de una línea de producción. Una minera puede controlar su uso de agua y corregir desviaciones antes de que ocasionen costos adicionales. La cadena agroexportadora utiliza imágenes satelitales y sensores para verificar prácticas de riego, asegurar la trazabilidad y medir el rendimiento.
La diferencia entre observar después y medir durante el proceso ya no es técnica, sino económica. Medir en tiempo real permite actuar a tiempo. Actuar de forma oportuna facilita ahorros. Ahorrar sostenidamente mejora los márgenes, disminuye riesgos y afianza la competitividad.
Este cambio explica por qué muchas compañías han comenzado a invertir en sistemas de control físico con la misma dedicación con la que antes invertían en software contable o financiero. Han comprendido que no basta con registrar los resultados: es necesario actuar en el proceso que los genera. Y para actuar, primero es imprescindible observar. La medición convierte la intuición en decisión.
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, ha anunciado este miércoles en el Congreso su propósito de continuar acelerando el despliegue de la energía renovable en el país a través del decreto ley para mitigar las consecuencias económicas del conflicto en Irán (Congreso)
La nueva moneda de los mercados
La revolución de los datos trasciende las fronteras internas de las empresas. Está modificando el comercio, las cadenas globales de suministro y el acceso al financiamiento.
Cada vez más compradores solicitan trazabilidad, indicadores ambientales, informes de desempeño físico y pruebas sobre cómo se elabora lo que se comercializa. No basta ofrecer precio y cantidad. Los mercados exigen también pruebas.
En la Unión Europea, los mecanismos de ajuste por carbono y las normas recientes obligan a declarar con mayor exactitud la huella asociada a ciertos productos importados. Efectivamente, llegó el CBAM (Mecanismo de Ajuste en Frontera por Carbono), un arancel verde que ha elevado los estándares globales y fijado una referencia exigente en términos comerciales, financieros y climáticos.
En Asia, grandes distribuidores de alimentos y manufactura ya incorporan demandas de certificación y trazabilidad para mantener contratos a largo plazo. En Estados Unidos, el capital institucional presta atención creciente a la capacidad de las empresas para reportar riesgos climáticos, consumo de recursos y exposición operativa.
Esto genera una nueva y silenciosa jerarquía. El proveedor que mide compite mejor. El que no reporta pierde acceso. El que optimiza reduce costos y fortalece su poder de negociación. Los datos dejaron de ser un tema exclusivo interno. Se transformaron en una moneda comercial, un activo reputacional, operativo y financiero al mismo tiempo. Quien puede demostrar eficiencia gana credibilidad, y quien alcanza credibilidad mejora su ubicación en el mercado.

Tecnología que transforma información en ahorro
La digitalización aplicada a procesos físicos ya no es un experimento. Se está implementando en puertos, industrias, edificios, cadenas logísticas, sistemas de riego, redes eléctricas y parques industriales con velocidad creciente.
Plataformas integradas permiten medir la huella energética e hídrica junto con información contable. Sensores conectados controlan temperatura, presión, caudal y consumo. Modelos predictivos anticipan picos en la demanda o fallos operativos.
Los denominados gemelos digitales facilitan simular escenarios y decidir antes de realizar inversiones o cambios productivos. Lo importante no es la complejidad tecnológica en sí, sino que esta tecnología convierte datos en ahorro.
Una empresa textil que ajusta adecuadamente sus procesos de uso de agua y temperatura reduce costos operativos. Un operador portuario que supervisa su demanda energética disminuye el consumo de combustible y mejora la eficiencia logística. Un edificio inteligente que administra climatización e iluminación reduce la factura energética y extiende la vida útil de su infraestructura.
Durante largos años, muchas compañías consideraron la medición ambiental como una exigencia regulatoria externa o una carga adicional. Hoy se entiende con mayor claridad que, si se utiliza apropiadamente, puede ser una fuente directa de eficiencia económica. Medir no solo informa, sino que también ahorra.

Estados que gobiernan con base en evidencia
La transformación no afecta solo al sector privado. Cambia también la manera en la que los Estados planifican, distribuyen recursos y anticipan riesgos.
Las ciudades que miden la temperatura urbana pueden rediseñar áreas verdes, corredores de sombra y elegir materiales para las superficies. Los países que registran con precisión el consumo hídrico sectorial pueden priorizar con mayor eficacia sus inversiones. Las regiones que monitorean emisiones, demanda energética y exposición climática cuentan con más herramientas para diseñar transporte, infraestructura y políticas preventivas. Gobernar con datos no implica deshumanizar la política, sino minimizar la improvisación.
Cuando un municipio conoce sus áreas de mayor estrés térmico, puede actuar antes de que una ola de calor provoque una emergencia sanitaria. Cuando una red hídrica incorpora inteligencia para detectar fugas, ahorra recursos que después no necesita recuperar mediante mayores gastos. Cuando un Estado cruza datos climáticos con su infraestructura crítica, mejora su capacidad para anticipar interrupciones, daños y pérdidas financieras.
La evidencia disminuye errores costosos. Y en un contexto de presupuestos ajustados, esa diferencia es cada vez más relevante. Menos daños por eventos extremos. Menos cortes energéticos. Menor gasto en correcciones. Mayor capacidad de planificación. “Gobernar con datos reduce la improvisación”.

Un cambio más profundo de lo que aparenta
Lo que está sucediendo es más profundo que parece. La economía no solo ha incorporado nuevas herramientas, sino que está modificando su perspectiva sobre la realidad. La tecnología ha hecho visible lo que antes permanecía invisible. La información ha convertido en cuantificable lo que antes era difuso. Y la medición ha transformado en rentable lo que mucho tiempo se consideró un gasto secundario. Esta transformación altera la lógica del poder económico.
Durante décadas, quienes dominaban el mercado eran aquellos que controlaban el capital, la escala o la distribución. Aunque esos factores siguen siendo relevantes, ya no resultan suficientes. También gana poder quien administra mejor la información física de sus procesos, quien anticipa desviaciones, demuestra eficiencia y traduce la complejidad operativa en datos concretos. “El poder ha cambiado de forma. Ahora se expresa también en cifras que muestran cómo funciona una economía real, cuánto consume y cuánto puede mejorar”.
Que los datos hayan tomado el control no significa que las decisiones sean frías, sino que son más precisas, menos improvisadas y más orientadas a resultados. Las empresas que miden reducen riesgos y detectan oportunidades de ahorro. Los gobiernos que registran planifican mejor y corrigen con mayor anticipación. Las sociedades que comprenden su huella construyen mayor estabilidad.
La gran diferencia de esta etapa es que la información ya no escasea. Está disponible, circula, se integra, se cruza y se utiliza. Por eso, la transición que viene no se decidirá solo con discursos, intenciones o promesas, sino con la capacidad para medir, interpretar y actuar. “La economía del futuro no será la que más hable de eficiencia, sino la que pueda demostrarla”.
