Los padres de Sandra Peña frente a un crimen impactante y la lucha contra el acoso escolar

Fotos de Sandra Peña en una manifestación en su memoria en Sevilla.

Sandra Peña se quitó la vida tras soportar un acoso escolar prolongado con tintes homófobos en su escuela.

El centro educativo no implementó los protocolos antiacoso ni de prevención de autolisis, a pesar de las repetidas solicitudes de la familia.

Zara y José Manuel, padres de Sandra, luchan por justicia y buscan crear conciencia para evitar que una tragedia similar vuelva a ocurrir.

Tanto la familia como la comunidad resaltan la urgencia de una transformación social y educativa contra el acoso escolar.

Sandra Peña no se suicidó solo en sentido literal. Fue asesinada.

Desde que la otra vez, en los pasillos de la televisión, me encontré con sus padres y escuché el relato detallado de los hechos, no he dejado de darle vueltas a la situación.

La muerte de Sandra constituye un crimen.

Fue provocada por las compañeras que la sometían a un maltrato constante día tras día.

También es responsabilidad del colegio, que no puso en marcha los protocolos antiacoso ni los de prevención de autolisis, pese a las demandas de la familia. Los padres de las agresoras tampoco hicieron nada para impedirlo.

Hasta ahora, no han ofrecido disculpas, ni los progenitores ni las hijas.

Esta terminología no es usada por Zara y José Manuel, quienes narran el fallecimiento de su hija con una precisión y calma dignas de un Olimpo.

No albergan rencor ni ansias de revancha, pero han asumido, sin pretensiones mesiánicas, una misión: lograr justicia para que no vuelva a repetirse.

Que ningún adolescente ponga fin a su vida tras sufrir bullying prolongado.

Por eso estaban presentes, Zara y José Manuel, en la televisión, el lugar menos deseado cuando se ha perdido la vida de una hija. Así se lo dijo Sonsoles, conmovida por el esfuerzo que habían demostrado en el plató.

Sandra tenía la costumbre de interrumpir sus deberes para acercarse a su padre y madre, darles un beso y decir «te amo». Lo hacía también con sus amigas y su hermano.

Esa rutina desapareció porque ese ángel ya no está.

Entonces, estar en un plató, soportar ese recuerdo y dedicar tiempo a no dejarse consumir por él, se convierte en un acto casi imposible, como levantar un edificio con las manos.

Esa era la luz de Sandra, la de los niños que crecen, esos seres fascinantes donde se mezclan la inocencia y el realismo en un cóctel de energía y afán de vivir.

En el croma del plató aparecían las luces de Sandra, silenciándonos a todos. Perturbándonos con el silencio, la rabia y el dolor.

Otra razón que lleva a estos padres a enfrentar las pruebas de Hércules es su otro hijo, el hermano mayor de Sandra, quien ha perdido a su mejor amiga y, según comentaban Zara y José Manuel, necesita ver cómo sus padres se levantan cada día, luchan y continúan adelante.

Comienzo por el final, la escena que dejó sin aliento a los periodistas tras conversar con Zara y José Manuel después de la entrevista: Sandra escribió su carta de despedida en la clase de Matemáticas, ante los ojos de todos. Y a la vez, de nadie.

Más tarde, llegó a casa y se quitó la vida.

Si el colegio, como aseguró, hubiera implementado el protocolo de autolisis, Sandra habría recibido un seguimiento cercano y discreto esa mañana. No habría podido escribir ni despedirse.

Esa negligencia representa solo la punta del iceberg.

Esta tragedia no es inevitable. Aunque algunos suicidios derivados de acoso ocurren tras pocas señales de alarma, en el caso de Sandra las alertas se activaron con indignación y preocupación. Sus padres tomaron medidas.

Un día, Sandra se vino abajo y le confesó a su madre, Zara, que estaba sufriendo mucho por las burlas. Esto explicaba su apatía, tristeza y bajo rendimiento académico.

Los padres reaccionaron. Contrataron a una psicóloga, que pronto identificó un acoso grave, constante y despiadado, con un marcado carácter homófobo: se burlaban de Sandra por su orientación sexual y porque destacaba jugando al fútbol.

La psicóloga redactó un informe que la madre entregó al colegio. Solicitó ayuda y acción. Le prometieron que se aprobarían los dos protocolos, el de acoso y el de autolisis.

Según Zara, ninguno de los dos fue aplicado.

El acoso siguió desarrollándose con absoluta normalidad. Días antes del fallecimiento de Sandra, las agresoras compartieron excursión con ella y continuaron atacándola.

Zara y José Manuel realizan un esfuerzo sobrehumano cada vez que detallan las negligencias sucesivas del instituto donde estudiaba Sandra, logrando dejar una huella de fortaleza, luz y dignidad.

La Justicia, como siempre, avanzará lentamente. Pero algo debe acelerarse: los medios, las radios, las televisiones. Y luego, en efecto dominó, las conversaciones entre amigos, la educación y la conciencia de padres e hijos.

Un aviso contundente dirigido a tantas conciencias.

No se sabe cuánta fuerza les queda o hasta dónde podrán llegar, pues tienen derecho a su duelo, a apoyarse en los recuerdos que les dejó Sandra, a anotarlos para no olvidarlos.

Pero esas palabras que pronuncian Zara y José Manuel, expresadas en televisión y en colegios, frente a padres, hijos y profesores, podrían desatar una revolución. Y si no, será necesario difundir su testimonio entre todos los que nos encontremos con él.

Ha llegado el momento de la revolución.

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