Estuvo en un campo de concentración nazi donde perdió 25 kilos en tres meses

Paul Petit nació el 28 de octubre de 1921 cerca de Saint-Dizier, en la región francesa de Haute-Mame (al este del país). Tras terminar la escuela primaria, comenzó a trabajar a los doce años junto a su padre en una fábrica metalúrgica. “No conocía otra vida que el trabajo duro”, rememora. Desde muy joven, su día a día estuvo definido por extensas jornadas laborales en la industria y por una disciplina que le acompañó durante toda su existencia.
La Segunda Guerra Mundial dejó cicatrices profundas en su juventud. En 1942, como integrante de la Resistencia francesa, enfrentó hambre y escasez. “Menos mal que podíamos cultivar un huerto”, relata con ironía, “eso sí me quitó las ganas de volver a comer espinacas”. Su compromiso con la libertad lo llevó a participar activamente en acciones de resistencia, hasta que, en agosto de 1944, una bala de los nazis casi le arrebata la vida. Poco después fue capturado por el ejército alemán y trasladado en condiciones extremas al campo de trabajo de Núremberg-Langwasser.
El traslado duró cuatro días sin alimento, y la vida en el campo fue muy dura. “Perdí 25 kilos en tres meses”, confesó en el medio Le Progrès. Finalmente, las fuerzas estadounidenses lo liberaron y brindaron apoyo para su recuperación física y mental. Le prometieron la Cruz de la Guerra, un honor que nunca le fue concedido, aunque Paul siempre reconoce que la fortuna estuvo de su lado.

Un despido inesperado y un infarto
Después de la guerra, Petit reconstruyó su existencia. Se casó, tuvo dos hijos y en 1957 la familia se estableció en Champagnoles, en el departamento del Jura, casi en la frontera con Suiza. En 1975, cuando la fábrica estaba a punto de cerrar y quedaban solo cinco meses para su jubilación, fue notificado de su despido. “Ahí también tuve suerte. Pude cobrar la indemnización y alcanzar sin inconvenientes el momento de recibir la pensión”, reconoce.
Desde entonces, disfrutó de más de cincuenta años de jubilación, algo excepcional que siempre valora como una bendición.
La buena fortuna volvió a acompañarlo en 1995, cuando sufrió un infarto. Gracias a la rápida reacción de su hijo, que le lanzó un cubo de agua fría, logró sobrevivir. “Fue como una descarga eléctrica. Eso me salvó la vida”, relata Paul.
La ministra de Inclusión, Seguridad Social y Migraciones, Elma Saiz, ha asegurado en el Congreso de los Diputados que el Gobierno va a dar una respuesta "lo antes posible" sobre la jubilación anticipada de personas cuidadoras de grandes dependientes que han compatibilizado trabajo y cuidados. (Fuente: Congreso)
Su vida en la actualidad
Actualmente, Paul Petit vive solo en Ney, una localidad cercana a Champagnole, donde es el residente de mayor edad. A pesar de ello, conserva una rutina activa: cocina a diario, realiza crucigramas y se mantiene informado de las noticias. Cada jueves acompaña a su hijo al mercado, y recibe visitas frecuentes de vecinos y del alcalde.
Con 104 años, Paul no se considera un hombre fuera de lo común, pero sí agradecido. “He tenido mucha suerte toda mi vida”, repite con serenidad. Aunque reconoce que llegar a los cien años exige esfuerzo y perseverancia, recuerda los momentos difíciles con humor y sin rencores. Entre guerras, despidos y un infarto casi fatal, Paul Petit ha vivido más de un siglo lleno de vivencias.

