El antiguo futbolista del CA Osasuna comentó que, en los últimos momentos de su trayectoria deportiva, optó por una inversión muy concreta y tangible.
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Oier Sanjurjo se destacó durante más de diez años como una de las caras más emblemáticas de Osasuna, equipo con el que acumuló 356 encuentros oficiales y donde alcanzó el capitanato antes de finalizar su carrera profesional tras una etapa final en el AEK Larnaca de Chipre y anunciar su retirada a los 37 años.
Crecido en Tajonar, con experiencia previa en el filial y un préstamo en el Celta de Vigo, representó el perfil del futbolista de club, discreto y confiable, muy ligado a Pamplona y a su Estella natal, donde finalmente estableció parte de su patrimonio inmobiliario.
Durante su participación en el podcast Los Fulanos, el exjugador comentó que, ya en la fase final de su carrera, optó por una inversión sólida: «Entre una cosa y otra, la construcción fue costosa y algo lenta, pero estábamos satisfechos: una casita en Estella, una vivienda… bueno, un apartamento en el centro de Pamplona y nada más», resumió.
El navarro aclaró que no había construido un imperio inmobiliario, sino que poseía dos propiedades bien seleccionadas, vinculadas a su entorno cercano, que servían como un anclaje tanto vital como económico.
A continuación, el excapitán rojillo relató cómo gestionaba sus ahorros más allá del sector inmobiliario, destacando la relevancia de los asesores que lo acompañaron durante su etapa activa. «Tuve la fortuna de rodearme de personas que me aconsejaron, apoyaron y protegieron en ese ámbito; en diferentes campos tuve profesionales competentes a mi lado que creo que me guiaron bien», señaló.
Oier Sanjurjo.
El plan no involucraba cifras elevadas, como él mismo reconoció con naturalidad: «Hoy, tras haberme retirado, un poco de dinero queda; no son las fortunas que la gente imagina. Al final, jugamos en Osasuna en tiempos en los que el club tenía sus limitaciones y el fútbol entonces ofrecía lo que podía».
Sanjurjo detalló que el pilar de su estrategia financiera era una asesoría que gestionaba su patrimonio mediante varias carteras y productos de inversión, procurando obtener rentabilidad constante.
Explicó que, hace ya varios años, le plantearon: «Vamos a diseñar un plan estratégico de ahorro», y desde entonces, esos gestores «gestionan diversas carteras y productos, mueven ese capital generando beneficios, y ahora una rentabilidad mensual sale de todo ese conjunto».
Su estrategia en las inversiones
Ese ingreso se transformaba en una especie de salario diferido, una manera de «invertir» sin necesidad de seguir cada día el mercado ni asumir personalmente el estrés de decidir dónde colocar cada euro.
En ese marco también incluyó un plan de pensiones, contratado mayormente con fines fiscales, además de algunas inversiones puntuales en activos como el bitcoin, siempre desde una perspectiva conservadora.
Aunque admitió que a veces se sentía «perdido» con la terminología de los fondos y las empresas que conformaban su cartera, remarcó que la clave residía en confiar en profesionales con quienes se sintiera cómodo y cuya filosofía de inversión se alineara con su ética.
«Siempre consideraban mi perfil, y por ejemplo, en cuestiones como la armamentística y ciertas áreas, yo insistía: en esos temas no quiero ni colaborar ni invertir», aclaró.
Su acercamiento al mundo de la planificación financiera llegó por medio de su representante, quien le planteó la necesidad de pensar a medio y largo plazo mientras aún estaba en activo. «Lo conocí a mitad de mi carrera; él me dijo: con esto hay que organizarse, tienes que tener un plan de ahorro, saber que hay que cuidar ese dinero», recordó.
El propio Oier reconoció que, a pesar de alargar su carrera hasta los 37, podría haberla terminado a los 33 con «un dinero decente» que, no obstante, «tampoco era suficiente para vivir toda la vida».
De ahí surgió la importancia de delegar: «Esto hay que cuidarlo y hay que confiar a alguien de confianza su gestión, aunque en el mundo financiero esa confianza…», deslizó, antes de citar una frase que escuchaba con frecuencia: «La confianza mató al gato y embarazó a la mujer».
Con el tiempo, esa delegación se convirtió en un método para preservar la tranquilidad mental. Sanjurjo defendió que externalizar la gestión le permitía no obsesionarse con cada fluctuación del mercado y mantener esa «pata» de su vida protegida para que no interferiera en su descanso.
Paralelamente, trasladó a las finanzas una idea que guía su actual trabajo como instructor respiratorio: la relevancia de contar con especialistas y construir una red de colaboradores en diversas áreas, desde el otorrino al osteópata o el odontólogo funcional.
Al igual que en la salud, en el ámbito económico aprendió a establecer límites, delegar cuando era necesario y aceptar que para culminar un buen trabajo era imprescindible confiar en otros.

