Testimonio exclusivo del único agente que confirmó la participación del Cesid en el 23-F

Juan Rando llevaba un año en el Cesid y tres meses apartado por sus superiores cuando, esa misma tarde, otro agente llamado Rafael Monge le confesó que habían guiado a Tejero hasta el Congreso. Los documentos ahora desclasificados ratifican su versión después de 45 años.

Juan Rando Parra, agente de la unidad del Cesid que participó en el golpe del 23-F, en su despacho de abogado penalista en Madrid, esta semana.

La letra «P.» del ‘Informe Jáudenes’ sobre la implicación del Cesid en el 23-F, desclasificado el pasado miércoles por Moncloa, se sentó frente a EL MUNDO un día después en una oficina en Chamberí. Juan Rando Parra —de ahí la P.— tiene hoy 75 años, es un reconocido abogado penalista y llevaba décadas esperando este reconocimiento de la Historia.

En dicho informe, «P.» es el único agente que sostiene, solo semanas tras el golpe, que el Centro Superior de Información de la Defensa tuvo un papel clave en la insurrección.

Rando, quien luego desarrolló una extensa carrera en el servicio secreto español con Emilio Alonso Manglano, afirma desde hace 45 años que el Cesid «claro que participó en la organización y ejecución del golpe, y estuvo involucrado porque yo lo supe y quisieron asesinarme por intentar desactivar su estructura«.

Fue el único que se atrevió a declararlo durante la investigación filtrada y manipulada del propio Cesid, aunque «todo quedó encubierto». También expone sus reservas sobre el papel del Rey, ya que, según relata, «recibía al jefe de la Agrupación Operativa de Misiones Especiales [AOME] varias veces por semana antes del golpe».

Cortina, su superior, fue juzgado y absuelto. El único condenado dentro de la AOME fue Vicente Gómez Iglesias, y se determinó que los servicios de inteligencia no tuvieron participación en el golpe. Un nuevo informe revelado ahora confirma la versión de Rando. «Me alegra que se empiece a demostrar que es falso: mis compañeros fueron quienes guiaron a Tejero hasta las Cortes, porque así me lo contaron«, afirma. Rechaza la hipótesis de un golpe blando controlado por el Cesid hasta su fracaso: «Eran extremistas, nunca sabremos qué habría pasado si Tejero no hubiera expulsado a patadas a Armada del Congreso».

¿Cómo llegó usted al Cesid?Tenía 31 años y un currículum militar destacado. Estaba diplomado para el Mando de Unidades de Operaciones Especiales, era buceador de Combate de la Armada y especialista en Activación y Desactivación de Explosivos. Tras 10 años en unidades especiales, acepté una oferta en la empresa privada. Un comandante, antiguo jefe y persona a quien respetaba, me invitó a un café en la Cafetería Riofrío [Madrid]. Aunque ganaba cinco veces más en el sector privado, me dijo: «Estamos a dos o tres atentados de ETA o Frap cada semana, la patria te necesita: recuerda tu juramento a la bandera». Soy militar y no pude negarme. Al presentar mi renuncia, el empresario ya había hablado con él. Después, en el Hotel Eurobuilding, estuve dos días realizando pruebas hasta que ingresé en el Cesid.

¿Qué se encontró allí?Gente muy aguerrida y decidida, como se suele decir, muy ‘echada palante’. Nuestra unidad de Operaciones Especiales actuaba como continuación de las investigaciones que no avanzaban en Inteligencia. Era nuestro deber asegurar la continuidad. Realizábamos controles exhaustivos: vigilábamos contactos y registrábamos oficinas o domicilios para obtener documentos, y siempre dejábamos todo intacto para que el ‘pepe’, como llamábamos al objetivo, no notara nada. Cuando interveníamos líneas telefónicas, nunca se escuchaba ruido alguno. Me resulta gracioso que aún haya gente que diga: ‘Oigo un clic, alguien escucha’. Precisamente cuando interveníamos los teléfonos funcionaban mejor.

¿Cuál era el contexto de la época?Esto es fundamental. Mucha gente hoy no comprende lo que se vivía entonces, especialmente en la unidad de acción del servicio de inteligencia. Estábamos desbordados por ETA, Grapo, Frap; además enfrentábamos terrorismo de Oriente Medio (Al Fatah, FPLP…), servicios rusos (KGB y GRU), agentes de Alemania Oriental, albaneses, búlgaros y el Mossad. En ese tiempo los enfrentamientos violentos en la calle eran frecuentes y podían costar vidas. Estos grupos disparaban con pistola o ametralladora ante la mínima provocación. A menudo los objetivos detectaban las seguimientos y sabíamos que podía haber violencia. En esos casos interveníamos la Sección Especial de Agentes [SEA], una unidad dentro de Operaciones Especiales bajo mi mando. Eran muy competentes, aunque a veces mentales ‘pasados’: sin miedo a avanzar a cualquier coste. La SEA surgió cuando llegué; les formé en técnicas de combate, que era mi especialidad.

¿Cuándo entró en el Cesid?Un año y algo antes del golpe, en 1980. Tras la formación completa con mi equipo y trabajando bajo órdenes, empecé a recibir asignaciones que realmente no alineaban con nuestra función. Me separaron del equipo que, según superiores, tenía otras tareas. Yo pensé: «Bien, ningún problema».

¿Qué hacía el 23-F?Estaba en la base central de mando, un chalet en Herrera Oria. Me sentaba cerca de Miguel Sales [agente vinculado al golpe según documentos desclasificados]. Lo vi escuchando radio y pensé: ‘Qué raro escuchar la radio en horas de trabajo’. Mi jefe me había ordenado acudir a la base llamada «Paris» esa tarde, a la espera de instrucciones. Consulté a Sales: ‘¿Qué escuchas, Miguel?’. Respondió: ‘Cosas mías’. De repente se quitó los cascos y subió a la planta de mandos, diciendo: ‘Han tomado el Congreso, han tomado el Congreso’. Bajó con [Francisco] García-Almenta [jefe de Rando y subordinado de José Luis Cortina], y, para mi asombro, comenzaron a sacar botellas de cava y bandejas con pasteles. Pensé: ‘¿Qué está pasando?’. Evidentemente no me había enterado de nada. Quedé paralizado; lo último que haría era brindar por un golpe de Estado.

¿No percibió esa división ideológica en el Cesid que luego se mencionó en el ‘Informe Jáudenes’?Me consideraba un militar profesional, al igual que algunos compañeros recién incorporados y procedentes de Unidades de Operaciones Especiales. Puede sonar arrogante, pero estábamos para cumplir órdenes con competencia, no como cruzados políticos. Sin embargo, comprendí que allí había bastantes cruzados políticos. Después supe que ellos sí notaron que no era uno de los suyos, pero yo no les tenía en consideración.

¿Qué ocurrió después?Poco después llegó mi segundo, el cabo Rafael Monge, pero en lugar de informarme se dirigió directamente a García-Almenta. Bajaron juntos y Almenta me pidió que lo llevara a la Escuela para que cogiera un coche. Monge temblaba, estaba nervioso pero obedecía con determinación. Cuando íbamos en el coche, no pude evitar preguntar qué le ocurría. Me confesó: «Llevamos a los guardias civiles y a los autobuses al Congreso. Los guiamos, abrimos el tráfico para que los tres autobuses llegaran juntos, y dentro se escuchó un gran tiroteo, parecía una masacre, no esperábamos ese nivel de violencia». Contó que se habían dejado dos coches dentro del perímetro de seguridad del Congreso y que Almenta le ordenó recuperarlos para eliminar pruebas de nuestra participación en el golpe.

Monge estaba asustado y me relató todo.Escuché: «Almenta me dijo que, pese al anillo de seguridad, debía sacar los coches a toda costa y que todo el equipo se retirara sin dejar rastro». Me comentó que usaron tres coches con matrículas falsas y equipos de radio de la Escuela. En aquel entonces empleábamos un lenguaje codificado muy complejo para evitar ser entendidos en caso de intercepción, pero sospechábamos que el G2 cubano había descifrado parte de ese código, motivo por el que se retiraron ciertos vehículos y radios que no usaron en operaciones anteriores. Era evidente que querían evitar filtraciones.

¿Le contó Monge qué habían hecho en esos meses previos?Sí, me admitió que esos tres meses separados del equipo fueron para preparar exclusivamente esa misión. Yo no sabía que ellos ya desconfiaban de mí.

¿Detalló la misión?Sí, y era complicada. El objetivo era que los tres autobuses con guardias civiles golpistas llegaran simultáneamente al Congreso desde diferentes puntos: carretera de Andalucía, Parque Móvil de la Guardia Civil [Príncipe de Vergara, norte de Madrid] y carretera de La Coruña. La sincronización era clave: si llegaba uno tarde, la fuerza se reducía a dos tercios y podría fracasar la toma del Congreso.

Este Madrid no es el actual, con atascos constantes y móviles para coordinarse.No, entonces había tráfico pesado y la operación era compleja. Supongo que ensayaron mucho y abrieron paso para que coincidieran. Una acción de precisión.

¿Con los autobuses que había comprado Tejero?Exacto. Además, era lunes, a las seis de la tarde y llovía, asegurando el atasco. Aun así, lo hicieron con eficiencia.

¿Cuántos agentes estuvieron involucrados?El informe habla de seis.

Monge me dijo que eran todos mis hombres de la Sección Especial de Agentes, seis o siete. Le pregunté quién había ordenado la operación, respondió: «Almenta, don Pancho». Demoré el viaje a la Escuela para sacarle toda la información posible y lo dejé allí. Estaba asustado y yo sorprendido.

¿Volvió usted a la base después?Sí. Mientras el Congreso estaba tomado, Almenta me pidió que diera una vuelta por El Pardo, para ver la situación. Buscaban alejarme del centro de acción. Al regresar, informé que el regimiento de la Guardia Real estaba activado pero tranquilo. Luego me dijo que fuera a la Dirección General de la Guardia Civil, en Guzmán El Bueno. Me presenté como militar y entré sin problema; todo era un caos absoluto. Llegué a entrar en el despacho del director general, repleto de generales. Un follón total.

¿Qué hizo con esa información?Al día siguiente hablé con Diego Camacho, otro agente de Operaciones Especiales con quien no me llevaba bien, pero sabía que era profesional. Le conté: «Estamos metidos hasta el cuello en esto». Él se mostró sorprendido. Lo habían relegado a administrativo por no ser de los suyos.

Camacho fue uno de los que investigó lo ocurrido según libros de Historia.Esa noche fue con otro compañero de Operaciones Especiales al Congreso, identificándose como militares y cumpliendo órdenes, para verificar la situación. Camacho habló con otro agente que no estaría involucrado, quien a su vez tenía un hermano en el staff de Javier Calderón, secretario general y hombre fuerte del Cesid. Camacho pidió a Guerrero que gestionara una entrevista con Calderón para relatar lo que le conté. Creo que lo vio a los dos días.

¿Sin que usted lo supiera?No, no me lo comentó. Calderón recibió a Camacho y negó la implicación, llamándole a apartarse y no preocuparse por rumores. Por lo que supe luego, Calderón estaba involucrado. Le aseguró un gran futuro y carrera. Media hora después de esa reunión, empecé a recibir llamadas insistentes de Cortina en casa.

¿Se dio cuenta entonces?Por supuesto. No atendí el teléfono, mi mujer lo hizo varias veces pero decía que no estaba. Sabía que contar todo a Camacho había desatado problemas, pero debía actuar. El golpe había fracasado, pero si el Cesid estaba implicado, y tenía pruebas – aportadas por Monge -, eso no podía quedar así.

Cortina llamaba sin parar.Así era, hasta que contesté. Me citó en el Parque de Berlín [Prosperidad, Madrid] a la 1:30 de la madrugada. Acepté, pero sabía que si iba no saldría vivo.

¿Pensaba que le matarían?Sí, y tampoco iba a exponer a mi compañero, un guardia sevillano, séptimo dan de karate y protector, que también se llamaba Rafael. Llamé a Camacho para decirle que no iría. Sabíamos que Cortina dio las órdenes a Almenta, no hay duda luego de 45 años. Pregunté si Camacho lo había contado a alguien. Me dijo que a Guerrero y ambos a Calderón. Decidí que desaparecería, y él también.

¿Llegó a ese extremo?Por supuesto. Mi ex dormía con mi hija pequeña y un revólver al lado, mientras yo vigilaba en otra habitación. Vivíamos en Móstoles. Días después, un vecino me avisó de movimientos extraños. Observé varios coches y gente rara y supe que preparaban un secuestro.

¿Por qué no subieron?Sería un tiroteo, yo no abriría ni me dejaría capturar. Eran del GOSSI, grupo especial de la Guardia Civil. Mi edificio lindaba con otros dos. Tomé una pistola, subí a la azotea y crucé a los edificios colindantes. Luego bajé al sótano, salí por ventanas traseras y me fui. Estuve varios días fuera de casa.

¿Dónde estuvo?En casa de un compañero militar que iba a protegerme. Tenía varias personas así. No podía volver al servicio; aquellas semanas fueron de desconcierto y cualquier cosa podía pasar. Días después, Cortina llamó a mi casa; mi mujer me avisó. Quería verme y dejaba que eligiera lugar y hora. Accedí, sabiendo que tenía que actuar. Quedamos en desayunar en una cafetería de un hotel frente al Bernabéu. Le dije: «Imagino que vendrá solo». Y así fue.

¿Cómo fue el encuentro?Me saludó con cordialidad y me invitó a regresar al servicio, asegurando un futuro prometedor y buenos ingresos. Respondí que, por supuesto, era un hombre de Infantería y fiel.

¿Le sugirió sin decirlo que guardara silencio?Esa era la intención. Sabía que tenía pruebas directas de Monge. Pero yo también sabía que todo seguiría, ya que los militares planean varios escenarios. Mantener esa estructura intacta era un riesgo enorme. Se oía, una y otra vez, que el fallo del primer golpe fue que Tejero no eliminó a Carrillo. De haberse dado, no habría vuelta atrás.

¿Qué hizo luego?Contacté a Camacho y le conté lo ocurrido con Cortina. Éramos tres los que sabíamos la verdad en el Cesid. Decidimos acudir al jefe de Involución del Cesid.

¿Involución?Sí, un departamento supuestamente encargado de controlar a adeptos del régimen post-franquista. El problema era que todo llegaba a Calderón y Cortina, quienes ya estaban señalados. Entonces propuse acudir a la prensa, pero la española era controlable. Buscamos sacar la historia fuera, por ejemplo, en ‘Le Monde’. Eran tiempos de dictaduras en Argentina y Chile entre Videla, Pinochet… y sabíamos que los primos…

¿Se refiere a los yanquis?Sí, quienes estuvieron muy pendientes del 23-F [en documentos ahora desclasificados se mencionan encuentros de Cortina con el embajador de EEUU en España, «Mr. Toduman»]. No era tarea fácil. Cortina era solo una parte. Había muchos involucrados y, semanas antes, Cortina acudía a Zarzuela varias veces por semana… ¿A dónde cree que iba?

¿Ve implicación de Zarzuela?Sí. Me pregunto por qué tardó tanto en difundirse el discurso del Rey esa noche. Se difundió solo cuando Armada confirmó el fracaso del golpe. Armada fue al Congreso para explicar a Tejero el Gobierno que iban a implantar en la Solución De Gaulle, incluyendo a Felipe González, Enrique Múgica y Jordi Solé Tura del Partido Comunista…

¿Y Tejero?Lo echó con violencia. «¿Para esto montamos todo esto? ¿Para que gobierne el Partido Comunista? No he venido aquí para esto». Armada respondió: «Usted vino a cumplir órdenes». Tejero replicó: «No, mi general, no he venido para esto», y lo sacó a empujones. El Rey ya sabía entonces que el golpe había fracasado.

Eran solo unos guardias civiles que pronto tendrían que salir del Congreso.Exacto, porque nadie podía ya convencer a Tejero para proponer un Gobierno de concentración. Por eso el Rey pudo salir en TVE y expresar su apoyo a la Constitución.

Pero esta es su interpretación, señor Rando.No, se trata de hechos y testimonios. Nosotros supimos por el chófer retirado de Cortina, ex guardia civil, que en meses previos al golpe lo llevaba tres o cuatro veces por semana a Zarzuela. Contó afecto y camaradería entre el Rey y Cortina.

¿Cómo declaró en el ‘Informe Jáudenes’?Hablé con Santiago Bastos, jefe de Involución, y le dije que estábamos implicados hasta el cuello en el golpe. Ya habían pasado semanas y comenzaban a surgir pruebas. Días después sufrí un accidente leve de moto: al moverla se cayó. Resultó que tenían serrados seis o siete radios de la rueda delantera del mismo lado. Si llego a 120 km/h unos minutos después, no estaría aquí.

¿Descarta la teoría del golpe blando previsto para fracasar?Lo que se proponía era la solución De Gaulle. Años después me crucé con Tejero en Guzmán El Bueno. Nos reconocimos, me dijo: «Los dos hicimos un trabajo, pero no sé cuál fue el mío».

Lo mismo que declaró en el juicio: «Alguien tendrá que explicarme qué fue el 23-F».Sí. Fue un aborto y nadie sabe qué habría salido, pero habría nacido un monstruo, seguro.

Pero salió justo lo contrario, ¿no?Sí, un Gobierno socialista, y de repente todo el mundo se convirtió en constitucionalista, pero…

Me refiero a que aquello acabó con el guerracivilismo en España, quizás hasta hace poco. ¿No podría haber sido un fracaso planeado para protegerse de amenazas mayores?Para nada. Lo que vi fue que Cortina, un hombre con mucho poder, estaba cegado por la ambición, Almenta era un desenfrenado… Y el golpe fue abortado por quien lo lanzó. Nadie podía prever que Tejero se rebelaría. Nadie podía controlar aquello; era jugar con fuego. Si hubiesen matado a Carrillo, la situación se habría desatado totalmente y nadie lo habría levantado después.

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