Un fantasma recorre el mundo; el fantasma de la guerra del fútbol. Tras los partidos eliminatorios del Mundial de Sudáfrica 2010, en los cuales Egipto e Irlanda perdieron su clasificación, los egipcios arremetieron contra la embajada argelina en El Cairo y los irlandeses agredieron la francesa en Dublín; los gobiernos de los países respectivos intercambiaron insultos y amenazas.
Apenas hace un año otro fantasma, el de la crisis financiera, visitó el mundo y oscureció las perspectivas luminosas de la economía que los neoliberales pregonaban desde hace tres décadas.
Puede que se trate del mismo espectro.
El término “la guerra de fútbol” fue popularizado por el reportero y escritor polaco Ryszard Kapuściński; originalmente se trataba del título de una crónica sobre el conflicto entre El Salvador y Honduras en 1969, que estalló durante las eliminatorias del Mundial 70 en México y que luego se convirtió en el título de un libro que reunía varios de sus reportajes.
El mismo idioma del fútbol, que resulta útil para describir y explicar casi la totalidad de acontecimientos imaginables en la vida humana, derrotas, victorias, amores y desamores, está bañado en un lenguaje bélico. El fútbol es en sí una gran alegoría de la batalla y un partido es una guerra; cualesquiera dos países, en una prolongación de los históricos enfrentamientos, luchan en la cancha: Inglaterra derrota a Francia, Alemania a Polonia, etc.
Pero el título que puso Kapuściński atiza aún más la imaginación: suponía una guerra verdadera, dónde un país manda su ejército contra el otro supuestamente para borrar la afrenta del marcador. Pero el autor nunca dijo que haya sido así: a parte de subrayar el problema de la tierra, Kapuściński subrayó la manipulación de la oligarquía salvadoreña y la hondureña para resolver sus crisis internas. Sin embargo, la noción adquirió una propia vida, haciéndose una figura retórica de múltiples publicistas. A juzgar por los titulares en la prensa este año, sigue en boga.
Los mismos hondureños obligaron que el término fuese nuevamente retomado: las condiciones en que se dio el golpe de estado en junio de este año, y el papel protagónico de la oligarquía nacional recordaron aquél conflicto del 1969. Igual como hace 40 años los golpistas con el patriotismo futbolero buscaron distraer a la gente y apostaron a legitimarse con la posibilidad de obtener el pase al Mundial; y lo lograron. La calificación de los catrachos ayudó sin duda alguna a consolidar el golpe; un boleto a la Copa del Mundo valía mucho más que todas las boletas electorales con las cuales luego decidieron lavarlo.
Aunque no faltaron amenazas a los vecinos, en especial a El Salvador, el último partido en San Salvador, con el cual Honduras selló su pase, se llevó a cabo en una relativa tranquilidad.
Disturbios en cambio acompañaron los duelos entre Egipto y Argelia, países con, igual, una larga historia de hostilidad que desemboca en el fútbol; tanto en El Cairo, Argel o en Jartun, Sudán, dónde se jugó el desempate, los hinchas de ambos países chocaron violentamente.
El presidente Hosni Mubarak insistió que Egipto no permitiría que se le humillara. Aunque normalmente reprime cualquier manifestación, esta vez accedió a que la muchedumbre descargara su rabia; desesperadamente necesitaba redirigir la ira del pueblo provocada por la gran transformación y destrucción neoliberal a un campo seguro y neutralizarla.
A principios de 2008 la combinación de la disminución del salario real, el aumento del desempleo –procesos en curso desde hace unos años– y la repentina alza de precio de los alimentos, puso a Egipto al borde de un estallido social: en la ciudad de Mahallah Al-Kubra, importante centro industrial, 30 mil obreros se rebelaron por la escasez de pan subvencionado.
Las reacciones de políticos e hinchas irlandeses han sido mucho más prudentes, aunque éstos tenían más razones para sentirse humillados: Francia logró su calificación gracias a una polémica mano de Thierry Henry; pero el contexto fue muy parecido.
Irlanda fue un ejemplo de una exitosa transformación neoliberal; pero con la crisis, la economía del “tigre celta” en cuestión de meses se hundió en una profunda recesión que abarca todo el sistema productivo y financiero. En un país donde casi no había desempleo, hoy crecen las filas afuera de la oficinas de la social welfare. El primer ministro irlandés Brian Cowen, ex-ministro de finanzas que antes sólo miraba el colapso económico, ahora se envolvió en la bandera futbolera, exigiendo a Nicolas Sarkozy que se repita el partido.
En los tiempos de crisis a los gobiernos deslegitimados, que ni siquiera pueden dar el pane, no les queda de otra sino ofrecer los circenses.
Hoy en día sabemos que el potencial revolucionario (el fantasma del comunismo que recorría Europa…) o la inevitable victoria del proletariado, vaticinados por Marx y Engels en el Manifiesto Comunista (1848) se quedaron cortos; pero como subraya David Harvey, geógrafo y marxista inglés, autor del prólogo de una nueva reedición del Manifesto, editada para el 160 aniversario, su análisis del potencial destructivo del capitalismo es a la luz de la crisis en curso más actual que nunca. Según Harvey aún no llegamos al fin del neoliberalismo (y menos del capitalismo), pero uno de los efectos de esta crisis financiera es la crisis de su legitimidad: ya no se podrá seguir mintiendo a la gente que está sufriendo las consecuencias del colapso que el neoliberalismo, siendo en realidad un proyecto de restauración de poder de la clase dominante, es sobre democracia y libertades individuales.
En este sentido, los tambores de la guerra de fútbol no son sólo muestras de la crisis de los respectivos gobiernos, sino las voces de la crisis de la legitimidad del sistema en su conjunto.
¿No es que el fútbol lo explica todo?
