Pedro Sánchez empleó la ironía y lanzó ataques personales contra Feijóo durante la sesión de control en el Congreso, lo que desató las risas en la bancada de la izquierda.
Feijóo solicitó a Sánchez la desclasificación de documentos recientes relacionados con la corrupción, pero obtuvo respuestas ofensivas y burlonas en lugar de argumentos sólidos.
El clima en el Congreso fue especialmente tenso, con gritos y gestos entre diputados del PP y el Gobierno, incluso con estudiantes de instituto presentes.
El artículo denuncia que tanto Sánchez como algunos miembros del PP recurren al populismo y a ataques personales, alejándose del debate político constructivo.
Quizás en esta ocasión, esta mañana, a las 9:10, algo haya cambiado. En el escaño, al padre Feijóo se le dibujó una sonrisa poco habitual, poco compatible con su estilo jesuítico. Sonrió como quien planea comprar una pistola.
Desde hace tiempo, Sánchez, en sus primeras etapas de aparente institucionalidad, ha seguido una táctica de humillación hacia su oponente para defenderse de las acusaciones por corrupción. Era casi un acoso escolar, basado en los defectos irreparables del ser humano.
En el caso de Feijóo, ese defecto se manifiesta en un lapsus que lleva impregnado hasta la médula y que, para un adversario normal y formado en la Transición, sería motivo casi de simpatía.
Los lapsus de Rajoy eran objeto de la ironía de Pablo Iglesias, más que de maldad.
Hace tiempo que Sánchez lo emplea como una puñalada trapera, como quien roba bocadillos.
Mientras Feijóo hablaba, pidiendo a Sánchez desclasificar documentos actuales vinculados con la atmosfera oscura de Moncloa y no de hace 45 años, Sánchez respondió con un golpe bajo.
“¡Si eso ya lo tenía escrito usted! Lo imagino frente al espejo ensayando esa sarta de mentiras. ¡Para lo único que tiene que hacer a la semana, que es la sesión de control! Viene aquí y se pone a leerme un conjunto de falsedades”.
Este reproche fue acompañado por las carcajadas de toda la bancada de la izquierda, no sólo del PSOE. Feijóo contestó que revelará todo al llegar al poder, asegurando que no habrá secretos sobre el sanchismo. Pero debería evitar convertirse en el Vinicius que es Sánchez.
Un motivo: junto a la tribuna de prensa estaba presente esta mañana una clase de estudiantes de instituto, quienes no rieron ante el acoso de Sánchez; supuestamente, alguno de ellos podría ser de izquierda. No celebraron la broma del agresor.
Además, Sánchez actuó con una desventaja añadida: minutos después, durante su diálogo con Miriam Nogueras (Junts) y Mertxe Aizpurua (Bildu), él mismo leyó los papeles preparados por su gabinete, generando sorpresa en la oposición.
¡Moncloa ha consumido medio Amazonas en papeles que redactan sin descanso para el presidente! Solo hay una diferencia en esto entre Sánchez y Feijóo: ambos reciben frases prefabricadas, pero Sánchez las memoriza.
“Señor Feijóo: en vez de política madura, política para ultras”. Eso solo lo escribe un fontanero… y malo.
Feijóo debería limitar su sonrisa matutina a la idea de levantar alfombras, y no corresponder con la misma moneda a Sánchez. Esta es la divisa que, en muchas ocasiones, usan los diputados del PP, aquellos que golpean los escaños, animan e interrumpen a sus rivales.
Al sanchismo no debe enfrentársele con sanchismo.
Un ejemplo revelador: Esther Muñoz, figura relevante hoy en Génova, afirmó: “Cuando salgo a la calle, me avergonzaría que alguien pensara que soy de izquierdas”. Ridiculizando así a la mitad de los españoles y asociando engañosamente la izquierda con el sanchismo, olvidando que un partido de Estado debe gobernar para todos, no solo para los suyos.
Por ahora, el padre Feijóo se presenta como una isla en medio de los suyos, que inexplicablemente adoptan la ruta del populismo, con golpes en los escaños, gestos y desbordes generalizados, como en el caso de Tellado, incapaz de evitar los gritos y comentarios hacia cualquier discurso del Gobierno.
Su intercambio de gestos y gritos, bancada tras bancada, con María Jesús Montero, fue tan obsceno esta mañana que resultaba difícil mirar a los estudiantes de instituto sentados cerca de la tribuna de prensa.
El Congreso está sumido en la abducción. La vicepresidenta Aagesen, independiente, responde ya con argumentos que incluyen a Mazón, el 11-M y lo que le indique su gabinete ante cualquier pregunta sobre su gestión; en esta ocasión, sobre el apagón.
Por supuesto, los sucesos en el Parlamento provocan risas; esas risas que apenas cubren el llanto. Mertxe Aizpurua, conocida por sus editoriales que justificaban a ETA, pide al Gobierno la desclasificación de documentos sobre el GAL en lugar de exigir a sus gudaris colaborar en la resolución de 379 crímenes.
Miriam Nogueras, enviada de Puigdemont, aseguró, y juramos que así fue, que existe una “españolización de las carreteras catalanas”, como si las carreteras tuvieran raza o nacionalidad.
Y ellas dos son las que, con sus votos, sostienen a Sánchez.
Pero toda esa crítica puede transmitirse con una contundencia que no equipare al emisor con el criticado. Porque golpear los escaños como un energúmeno o gritar en el Parlamento como en una manifestación te acerca a Vox, y en esa asociación, los votos realmente se los lleva —y está llevándose— Vox.
El próximo miércoles debería alquilarse una avioneta para sobrevolar la bancada del PP arrojar ejemplares de «La derecha desnortada», el libro recién publicado coordinado por el colaborador de este periódico, Armando Zerolo.
Sánchez ya juega la última etapa de la legislatura sin ninguna máscara, y esto, sin duda, le pasará factura. De igual modo le ocurrirá a Feijóo si pretende derrotar a Sánchez adoptando su misma máscara.

